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La lógica del poder autoritario de Daniel Ortega es un reto a todo criterio razonable, porque concibe y ejecuta acciones políticas sin pensar en sus responsabilidades de gobernante, sino en imponer su dimensión política primaria de actor político corriente, haciéndose pasar como figura histórica destinada a redimir al país y a los “pobres”. Lo ilógico de las actitudes de nuestro presidente se debe a que superpone sus intereses particulares –entre los cuales están los de sus adláteres y de su familia—, por encima de los intereses nacionales y de todo lo que involucra una gestión gubernamental responsable.

Siendo que lo recomendado por la lógica elemental es tratar de ser gobernante responsable, Ortega toma medidas “correctivas” contra quienes denuncian y que, por ende, se oponen a su continuidad en el gobierno en busca de un orden social estable y justo. En cambio, deja en libertad de acción a los autores y actores de la ineficiencia y de los abusos en las instituciones del Estado y de su partido. Además de que nada se ve lógico en esta su actuación como gobierno, menos razonables aún son los métodos e instrumentos de los cuales se vale para convencer de que los medios de comunicación y los opositores son responsables de querer desestabilizarlo.

Si las piedras hablaran, no dirían nada parecido a una justificación de su uso como instrumento para gobernar, menos para buscarles soluciones a los problemas nacionales. Y aunque esta “política” parezca lo que realmente es, una demostración de incapacidad de gobernar, no lo es en el sentido de ignorar cómo hacerlo, sino en el sentido de no poder hacerlo al margen de sus ambiciones.

No hay manera de justificar el hecho de que un gobernante secuestre la colaboración internacional –sea que ésta cauce o no una deuda pública—, menos si es por su incapacidad de sobreponerse a sus propios vicios y sus propias debilidades por la riqueza y el poder. Los problemas del orteguismo, parecen haberse desplazado de lo político ideológico hacia problemas de personalidad.

La pasión y la inclinación enfermiza por los recursos que emanan del mal uso del poder político le fortalecen la tendencia a defender lo obtenido por esta vía, con todos los recursos del poder, en especial la violencia y la ilegalidad. A su vez, a medida que se profundiza esa su inclinación por el dinero y el poder, le causó una derechización en su conducta política, pero expresada hacia el exterior con la cobertura del viejo lenguaje revolucionario. De esta forma, luce un completo anacronismo, porque el viejo discurso ya no se corresponde con sus condiciones de vida y sus actuaciones actuales.

Eso marca y caracteriza al orteguismo en su derechización. En tanto, las derechas políticas se caracterizan por ser parte de una tendencia ideológica tradicional nacida, integrada y practicada entre elementos de la clase dominante, dueños del poder económico, de grandes propietarios, que son cultores del amor por la gran propiedad privada; practicantes y divulgadores de la cultura individualista, la cual expresan a través de su pasión por poseer bienes materiales cada vez en mayor cantidad.

Y de ahí surge la gran contradicción: ningún bien material privado y de grandes dimensiones, es producto del trabajo individual. ¿Es necesario detallar los ejemplos harto conocidos? No. Para el objetivo de este comentario, basta referir que la burguesía comenzó como una clase revolucionaria ante el poder de las monarquías, y su derechización se produjo –hasta convertirse en una clase contrarrevolucionaria—, cuando se hizo del poder y se volvió una clase enriquecida en extremos ignorados en la historia de la humanidad.

En pequeña dimensión, eso caracterizó el proceso de derechización de los líderes del actual Frente Sandinista, al cual Daniel Ortega le ha transmitido mucho de su propia personalidad en ese proceso de cambio ideológico, según iba acelerando su enriquecimiento personal y familiar. Y no hay nada más propio para un individuo en proceso de derechización, que la asimilación de la psicología del capitalista o gran propietario, consistente en idealizar la gran propiedad privada como máxima expresión de la libertad.

Sin embargo, el nuevo rico que tiene el poder político como su mayor fuente de ingresos también sabe aportar sus personales concepciones, prácticas y justificaciones de su enriquecimiento, muy diferentes a los de cualquier gran capitalista. Ese su aporte, se fundamentó en su sacrificio personal en la lucha por la liberación de la dictadura de los Somoza. En algunos momentos de la defensa de su nuevo estatus económico, pregonan por todos los medios posibles sus hazañas, sus sacrificios y su entrega a la lucha, y aunque no lo dicen francamente como si eso fuera su pasaporte hacia el bienestar personal y familiar, su pregón no tiene más objetivo que justificar el cobro por sus servicios prestados a la liberación de la patria y a los pobres de las injusticias. (*)

Y lo hacen también con doble interés: justificarse personalmente y de paso justificar el uso de todos los mecanismos del poder –y hasta fuera del poder institucional, como el pandillerismo—, para mantenerse en el control del Estado. Con ese objetivo, creen que vale todo, desde la represión hasta la manipulación de las instituciones, sea cortando libertades o sea cometiendo fraude electoral y de imponer la reelección.

Tras la consecución de tal propósito, es cuando los revolucionarios de ayer y contrarrevolucionarios de hoy se identifican aún más con los fundamentos ideológicos de la derecha tradicional: defienden el poder como un derecho natural; recurren al individualismo, con la exaltación de la personalidad del caudillo; se asocian con cualquiera, con el fin de lograr ventajas políticas (los pactos); hacen suyos y se refugian en los preceptos y ritos religiosos, como la fórmula tradicional de conseguir la aceptación y la obediencia de la masa de los creyentes; en fin, copian y se adaptan los fundamentos ideológicos de la derecha tradicional, sin abandonar el discurso con el cual alguna vez se acreditaron como revolucionarios.

Este último recurso es para el orteguismo su más nueva y mejor acreditación ante los gobiernos de los países del Alba, más propiamente, de Venezuela. Ya se sabe cuánto beneficio le ha proporcionado desde su retorno a la presidencia, tanto, que sin su colaboración ni siquiera estuviera pensando en reelección, porque no tendría con qué hacerlo, pues en estos tiempos de crisis económica mundial, el Estado de un país en quiebra como el nuestro, no daría ni para la propaganda con que Daniel Ortega promociona su imagen.