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...Nosotros, al trazarnos seguir la lucha revolucionaria, nos guiamos por los principios más avanzados, por la ideología marxista (…) Somos conscientes de que el socialismo es la única perspectiva que tienen los pueblos para lograr un cambio profundo en sus condiciones de vida (...) Nuestro magno objetivo es la revolución socialista (...) Se trata no de lograr un simple cambio de hombres en el poder, sino un cambio de sistema: el derrocamiento de las clases explotadoras y la victoria de las clases explotadas.

…El enemigo tratará de penetrar la organización, nuestras filas mismas, a través de personas que pueden hacerse pasar por sandinistas, para más adelante provocar escisiones mediante grupos de sandinistas “democráticos”. Carlos Fonseca.

Hay quienes acusan al FSLN de querer cambiar el sistema sin tener los votos para hacerlo (como si eso estuviera reglamentado en alguna ley o como si el respaldo de los ciudadanos a un partido pudiera quedar congelado en el momento de la votación), y otros lo acusan de no quererlo cambiar y por tanto, traicionar a los que dieron su vida por hacerlo. Pero ambos grupos acusadores (los primeros presentándose como lo que son, de derecha; los segundos presentándose como si fueran de izquierda) andan juntos en las mismas marchas raquíticas, participan en la misma campaña mediática y cuando se refieren a cosas concretas, terminan acusando al FSLN de lo mismo, que se puede resumir en atentar contra la sacrosanta institucionalidad democrática representativa, occidental, libero-conservadora y burguesa-oligárquica.

Los que acusan al FSLN de querer cambiar el sistema, además de ser consecuentes con la defensa del mismo por responder éste a sus intereses, no pueden soportar que el FSLN esté tratando de hacer ese cambio manejando con mayor habilidad y éxito que ellos, las reglas del juego por ellos mismos creadas al ser propias de este su sistema que efectivamente, el FSLN quiere, debe y va a cambiar; los que acusan al FSLN de no querer cambiarlo, son los mismos que se negaron a hacerlo cuando se presentó la mejor oportunidad para ello, en los años ochenta cuando ocupaban los más importantes espacios de poder en nombre de la revolución; como también se niegan ahora, porque defienden lo mismo que los otros: el sistema que según ellos, el FSLN no quiere cambiar y que si no fuera por ellos, ya habría sido cambiado hace tiempo; y si fuera por ellos ahora, tampoco lo cambiarían de igual forma que impidieron hacerlo cuando hubo mejores condiciones que ahora para alcanzar tal objetivo.

Ellos son a los que Carlos Fonseca llamaba con ironía y desprecio, sandinistas “democráticos” que ya no importa si son o no, si fueron o no infiltrados por los enemigos históricos del sandinismo tal como temía el Jefe de la Revolución que sucediera, porque de todas formas están actuando como lo habría hecho el mejor de los espías. Esto no es, como puede verse, una acusación; sino el señalamiento de un hecho evidente.

El único comunista bueno – dice una famosa frase fascista – es el comunista muerto. Esta es la lógica con que actúan quienes dicen hablar en nombre de revolucionarios que si estuvieran vivos, estarían siendo atacados por ellos mismos con la misma virulencia que muestran cuando atacan a otros revolucionarios que si estuvieran muertos, serían defendidos también por ellos con la misma vehemencia que hipócritamente muestran cuando defienden a los que ya no pueden exigirles tener el decoro de no hacerlo.

Qué fácil le resulta al demagogo hablar en nombre de quien no puede defenderse de sus manipulaciones. Hablar en nombre de mi padre (a quien conocí perfectamente, con quien conviví cuatro años y medio en Cuba, y de quien guardo innumerables recuerdos con la mayor nitidez) es algo que no acostumbro hacer, porque siempre me ha parecido un abuso en caso de no haber necesidad; pero hacerlo manipuladoramente es el mayor irrespeto que puede hacerse a su memoria, como va siendo ya costumbre cada vez con mayor descaro, de esos sandinistas “democráticos” contra los que él mismo nos alertó de manera extraordinariamente visionaria.

Por eso levanto hoy mi mano en su nombre, como hijo suyo que conoció perfectamente su forma de ser, de pensar, de sentir y de actuar en su vida cotidiana, que es donde el ser humano muestra lo que verdaderamente es; como revolucionario que ha estudiado su pensamiento, identificado plenamente con él y empeñado en actuar consecuentemente con ello; y por todo eso, seguidor (sí, no me preocupa decirlo así; seguidor consciente y a mucha honra) de quien ha demostrado ser el continuador de su lucha y defensor de sus ideas, nuestro líder el Comandante Daniel Ortega; quien sin duda de ninguna índole, pasará a la historia como la más relevante personalidad de la revolución nicaragüense después de Sandino y de Carlos Fonseca, que dicho sea de paso, en su momento también fueron vilmente atacados y calumniados, tanto por la derecha sin disfraz como por la que se disfraza de izquierda y que hoy en nombre de ellos, ataca al FSLN y a su principal dirigente. Algo parecido sucedió con Bolívar: los herederos de quienes lo atacaron en vida, después de su muerte pretendieron actuar en su nombre y atacar luego a sus seguidores, hasta que se les cayó la máscara y terminaron quitando hasta su retrato del Palacio de Miraflores cuando creyeron haber triunfado en el infructuoso Golpe de Estado que diera la oligarquía en Venezuela con apoyo norteamericano, en contra del gobierno mil veces legítimo de Hugo Chávez, continuador de la lucha del Libertador.

En todas las épocas y circunstancias históricas desde Lenin hasta Chávez, los que hacen la revolución son atacados con saña por quienes dicen que esa no es una verdadera revolución o que no es el momento de hacerla, pero quienes así actúan en nombre de las más refinadas teorías académicas y hasta de la pureza química de la revolución, cuando se pronuncian contra el voluntarismo, el extremismo, el autoritarismo, la intolerancia o también de la moderación, lo hacen de la forma más voluntarista, extremista, autoritaria e intolerante imaginable, y si llegan al poder lo que hacen cuando asumen el papel de la línea dura es todo lo contrario a lo que predicaban: se entregan al enemigo con todo y cartuchera, echando por tierra el proceso revolucionario; en todos los casos, encarcelan o asesinan a sus ex compañeros, como sucedió en Argelia con la reclusión casi de por vida a que fue sometido Ahmed Ben Bella en aras de la moderación, como aconteció en Grenada con el asesinato de Maurice Bishop en aras de la “línea dura”, como ocurrió en Burkina Faso donde Thomas Sankara corrió la misma suerte otra vez en nombre de la moderación, como pensaban hacerlo (en nombre de la moderación unos, de la “línea dura” otros) en la Unión Soviética los que fueron descubiertos a tiempo y condenados en los vilipendiados procesos de Moscú, quienes planificaron el asesinato de buena parte de la dirigencia de aquel país, así como sabotajes a la economía y demás acciones de ese tipo (y a los posibles escandalizados con esto, antes de que rasguen sus vestiduras sepan de dónde obtuve por vez primera esta información histórica: unos cuadernos de estudio inéditos de mi padre, que algún día saldrán a la luz); y esos mojigatos y chapulines colorados casi siempre tienen como otra gran característica común, que nunca hacen ni pretenden dejar hacer la revolución.

El más reciente espécimen célebre de ese tipo – un moderado que prometió fortalecer el socialismo superando errores mal identificados y por tanto, haciendo todo lo contrario de lo que se debía y que como consecuencia sólo logró la debacle (a pesar de las advertencias del Che, un cuarto de siglo atrás) – está en este mismo instante en la puerta de Brandenburgo, celebrando con la crema y nata de la derecha mundial el derrumbe del primer modelo socialista de la historia, que con sus luces y sombras demostró su superioridad frente al capitalismo para resolver los problemas de la humanidad; como con mucha más razón y contundencia está llamado a hacerlo el nuevo socialismo, el del siglo XXI que de forma similar al primero, es descalificado tanto por la derecha (la capitalista salvaje y la reformista) que no cree en lo que Fidel Castro llama la capacidad del ser humano para construir un mundo a la altura de su inteligencia, como por esa izquierda que de tan extremista se termina uniendo a la derecha.