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1.- Estrenando cargo. Mi traslado al Ministerio del Interior coincidió con el traspaso de la Dirección de Medios de Comunicación del Ministerio de Cultura hacia esta institución. Cuando ocurrió el acto del primer ascenso en grados presidido por Sergio Ramírez, Luis Carrión y Hugo Torres, la tarde del 27 de diciembre de 1980, frente a la casa de Chema Castillo en residencial Los Robles, ya había sido nombrado como su jefe de prensa. Ese día Tomás Borge impuso los grados de Comandantes de Brigada a José Valdivia, Lenín Cerna Juárez y René Vivas Lugo. Al concluir la actividad la gente se aglomeró para saludarle. Tomás era la figura más destacada del directorio revolucionario. El único que alcanzaba iguales resonancias era Edén Pastora.

Borge se encargó de presentarme a las personas que trabajaban en relaciones públicas en el tercer piso del Edificio Silvio Mayorga. Como Guillermo Genie se encontraba de vacaciones en Ciudad México, consideré una impertinencia introducirme en un sitio que todavía no había desocupado como su antiguo jefe. Mi primera iniciativa en el Ministerio del Interior consistió en elaborar un plan de trabajo y asignar tareas a los divulgadores de acuerdo a las especialidades del Mint. La atención a los periodistas era en el primer piso. William Montiel, Yadira Báez y Michelle Castellón conformaban el equipo, junto con el experimentado fotógrafo Américo González. Después llevé conmigo al joven periodista Juan Ramón Huerta. En estos laboratorios se inició como fotógrafa Aleyda Flores.

Contrario a lo que ocurría en el Ejército Popular Sandinista, el trabajo que desarrollaba el Mint, lo mantenían en la primera línea de contención. Esta circunstancia exigía especial atención con el periodismo nacional e internacional. Asumí directamente la atención al Ministro Borge. Llovían las solicitudes de entrevistas de la prensa extranjera. Todos querían hablar con el guerrillero de toda una vida. Las mayores demandas informativas estaban ligadas con el trabajo que desarrollaba la Policía Sandinista. Logré que sus mandos comenzaran a responder las solicitudes de los periodistas. El aprendizaje que había tenido en la Dirección de Medios de Comunicación rendía frutos. Nada que debiera saberse tenía que ocultarse. A muchos resultaba incómodo lidiar con los periodistas. Sus reticencias eran enormes.

El apoyo decidido del Comandante Borge evitaba que eludieran el bulto como querían muchos de sus cuadros dirigentes. Las tareas con la prensa se facilitaban mediante una escrupulosa división del trabajo. Cada periodista tenía asignada como fuente las direcciones de Tránsito Nacional, Policía de Managua, Delegaciones Regionales, Migración y Extranjería, Seguridad del Estado, Bomberos, etc. Todas las mañanas se requería información para trasladarla a los periodistas. No esperaba que la solicitaran, la generaba a diario. Una de las decisiones adoptadas en el Ministerio de Cultura era reunirme una vez al mes con los dueños y directores de medios, con la finalidad de conocer sus inquietudes y limar asperezas. Trataba de quitar presión a la olla y lo conseguía. El trato directo con las personas brinda enormes réditos.

2.- Con uniforme, sin barba, sin pistolas. En las mañanas bajaba al primer piso a platicar con los periodistas. Trataba de tomar el pulso a la situación. Esos intercambios servían para mejorar el trabajo. Una de las tantas lecciones aprendidas de parte de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, durante los años que trabajé en el diario La Prensa, era la enorme riqueza que surgía en las pláticas sostenidas entre los miembros del equipo de redacción. Chamorro Cardenal nunca se cansó de decir que el periódico sería mucho más ameno si los periodistas incorporasen los matices, aristas y enfoques surgidos al calor de estas conversaciones. Un aprendizaje que he hecho mío hasta el resto de mi vida. En la UCA siempre recurrí a la plática informal con estudiantes y profesores, para enterarme de todo lo que acontecía a mí alrededor. Todos los días platicaba con ellos.

Una mañana ante el grupo de periodistas que cubría el Mint, el periodista de Barricada Juan José Lacayo, me preguntó por qué no andaba empistolado, saqué mi lapicero y se lo mostré. Esa misma pregunta me hizo cuatro después Daniel Flakoll Alegría y le respondí lo mismo. El periodista Eduardo Marenco en una larga entrevista que publicó el diario La Prensa el 23 de febrero de 2003, quiso saber las razones por las cuales nunca ceñí una pistola. Con sinceridad le respondí que si no había tenido el valor de hacerlo durante los años duros de la lucha clandestina hubiera sido una inmoralidad portarla después.

Llegó la orden de que los miembros del EPS y el Mint debían mocharse los pelos. Desde 1976 me había dejado crecer la pera. Con cierto disgusto cumplí el mandato, pero al mes comencé a dejarla crecer de nuevo. Empecé a llegar vestido de civil. La razón eran mis clases por las tardes en la UCA, puesto que no cometí el error que cometieron muchos de mis compañeros de abandonar la cátedra para siempre. Estaba consciente que mi estadía en el Mint sería transitoria. Jamás albergué dudas de que mi pasión más profunda, junto con la lectura y escritura, era la enseñanza. Además tuve el cuidado de decirle a Borge que un año bastaba para cumplir su deseo de estructurar debidamente la Dirección de Relaciones Públicas.

3.- Sin uniforme, con barba y sin pistolas. La Universidad de Puebla otorgó un Doctorado Honoris Causa al Comandante Borge. En esa ocasión indicó que diera a hacer mi uniforme de gala. No me costó mucho convencerle que dada la naturaleza de mi cargo lo mejor era que vistiese de saco y corbata. Una de sus cualidades era la laxitud con que juzgaba mi vestimenta. El viaje a México lo hizo acompañado del Ministro de Cultura, poeta Ernesto Cardenal. El estudiante de medicina Stanley Atha hizo las gestiones para que la Universidad de Puebla le confiera su más alta distinción. A mi regreso me sentí habilitado de alternar el uniforme con mi vestimenta civil.

Como mi conducta resultaba extraña, en una ocasión que subía presuroso por las gradas que llevaban al quinto piso donde despachaba el ministro, uno de mis compañeros al ver como andaba vestido, me pregunto en tono malicioso:
-- ¿Rothschuh andas franco?
-- ¿Acaso es el uniforme el que trabaja?, pregunté.

Jamás se me ocurrió ir a dar clases a la UCA uniformado. Muchos compañeros llegaban incluso con su pistola de reglamento colgada al cinto. Me parecía una exageración; hice saber al Comandante Borge las razones por las cuales disentía de este comportamiento. No solo estuvo de acuerdo, prohibió que asistieran armados. El viceministro René Vivas era el único que siempre insistía en preguntarme: “¿Cuál es el problema con el uniforme, poeta?”. Ninguna, le respondía. Ninguna. A la pregunta que me hizo Miguel Ángel Berrios, Yoyavoy, en entrevista publicada en La Semana Cómica, dirigida por Róger Sánchez Flores, respondí que el uniforme tenía el defecto de “amarrar las ideas”.

Las quejas llegaban al despacho del ministro. Los médicos del Hospital Carlos Roberto Huembes con justa razón preguntaban qué corona tenía para dejarme crecer la barba. Creo que la diferencia radical era que ellos gustaban andar de uniforme, pero no querían estar sujetos a las demás ordenanzas militares. Como el ordeno era para las fuerzas armadas cuando se objetó que el Comandante Bayardo Arce no se quitaba la suya, todos respondieron en coro que ser Comandante de la Revolución era una distinción simbólica, honorífica. Su barba estaba a salvo del complejo de Dalila.

4.- Mi absolución definitiva. Una tarde que había reunión de mandos en el quinto piso a mi regreso de una negociación a la que había sido enviado por el ministro, me acerqué al escritorio de su secretaria, Guísele Morales, para dar a conocer a Borge los resultados de mi entrevista. Me coloqué a su izquierda y comenzamos a platicar. Mientras leía unos documentos, Enrique Schmidt me sobó la barba y cuestionó en voz alta:
--¡Mírenlo! ¡Le gusta libretearse!
A lo que el Comandante respondió: Yo le dije que ande así.

Borge jamás reclamó por mi vestimenta. Él me dijo que mejor fuese vestido de civil a esa reunión. A partir de ese momento nadie volvió a decirme nada. No les importó si andaba vestido de militar o de civil. Solo una vez a la salida al parqueo del ministerio, alguien me dijo: ¿Rothschuh y tu uniforme? Para salir del apuro no me quedó más que recordarle la frase de Sandino: “Nosotros no somos militares, somos ciudadanos armados”. Mi única arma ha sido siempre la pluma. Como expresé en uno de los tantos versos dedicados a Patricia, “Más potente que el filo de las armas, el filo de las letras”.

Jamás podría conciliar con ningún uniforme. Borge fue generoso conmigo. Desde siempre supo que no servía para la vida militar. Después Enrique Schmidt se dejó crecer también su barba y tras la derrota del FSLN en las elecciones de 1990, el Jefe de la Policía Sandinista, Comandante René Vivas, solía andar más de civil que enfundado en su traje militar. ¡No alcanzo a comprender cómo algunas personas afirman que en algún momento de mi vida me han visto empistolado!