•  |
  •  |
  • END

Pasaron las presiones, las sorpresas y quedaron las esperanzas respecto al resultado de la marcha opositora del 21 de noviembre/2009, pero la idea del diálogo político lanzada por las organizaciones sociales aún no es discutida. También ha hecho falta precisar si el diálogo lo desean hacer con el gobierno. Las motivaciones para el diálogo están explícitas en el documento leído al final de la marcha, no así cómo se montaría ese “diálogo respetuoso y franco con el liderazgo político, para avanzar en el cumplimiento (del) compromiso con la democracia en Nicaragua.”

Todo invita a suponer que el diálogo deberá ser con el “liderazgo político” de los partidos opositores interesados en “revertir la dictadura y rescatar la democracia”, porque no tendría sentido pensar que se refiere al liderazgo político del orteguismo, de cuyas manos se deberá rescatar la democracia. Es importante definirlo, debido a que los diálogos que en nuestro país se han efectuado, no han dejado los mejores frutos, porque han sido entre los gobiernos y las oposiciones tras ventajas partidarias y hasta personales. No sería positivo dejar que el diálogo propuesto sea confundido por la opinión pública con los desprestigiados diálogos anteriores.

Según el documento de las organizaciones sociales, y por los objetivos que se proponen alcanzar, se deduce que no será con el gobierno que se pueda dialogar sobre el rescate de la credibilidad del sistema electoral, por ejemplo, porque el origen de la falta de credibilidad del CSE está en el fraude y la obsecuencia de sus magistrados con los intereses de Ortega. Y éste tiene depositado en el CSE su carta de “triunfo” a través de un nuevo fraude.

Los diálogos se han justificado por las crisis políticas, y si es verdad que la crisis actual no es radicalmente distinta a las del pasado, tiene causas y características particulares, comenzando con el fraude de 2008, la violación constitucional para dar paso a la reelección y otras relacionadas con la política internacional en la cual se maneja el orteguismo con su remedo de revolución.

Lo que ocurrió el 21 de noviembre hay que verlo con realismo. Reconocer que no ha modificado en nada el proyecto autoritario del gobierno. Pero también admitir que la movilización popular no pudo ser contenida con tácticas atemorizantes. Y esta fue la causa del éxito opositor sobre la táctica del gobierno.

Sin embargo, pienso que se ha creado demasiado optimismo respecto a la tolerancia del gobierno. No debe olvidarse que el orteguismo creyó que su “trabajo” atemorizante había persuadido a la gente de no asistir a la marcha opositora; por ello, cambió la hora de su marcha y no ordenó agresión alguna, para por la tarde, en su mitin, alardear de que sus “enemigos” habían fracasado, pese a que hubo libertad de movilización, porque no tienen capacidad de convocatoria. Confiando en el éxito de su plan, por la mañana del 21, en sus radios se burlaban por adelantado de “los cuatro gatos, chanchos, perros y ratas” que habían “llegado” a la marcha opositora.

Y el hecho de que Ortega hablara por la tarde de “unidad” y “entendimiento” –sin precisar nada al respecto y que su discurso fuera menos agresivo que de costumbre, sin ser muy diferente en cuanto a la manipulación religiosa y los ejes propagandísticos de su “revolución”—, fue una expresión del éxito de la marcha opositora por la mañana.

Ese resultado no significa que las organizaciones sociales que convocaron la marcha y los partidos políticos participantes deban creer que será suficiente para frenar la reelección. Tampoco reducir toda la lucha a actividades similares. Pero les sacarían mayor provecho si al mismo tiempo tuvieran otra actitud política, pues en esta nueva situación no encaja ya el estrecho discurso antisandinista para enfrentar el autoritarismo.

Con el ascenso del orteguismo al gobierno, surgieron factores que le han servido de caballito de batalla para justificar sus ataques indiscriminados contra la oposición, como son los programas sociales. Aunque, en verdad, no son sólo suyos, pues la mayor parte corre a cargo de la colaboración cubana y venezolana; Ortega los utiliza para mantener ilusionados a los sectores que les favorecen: la Operación milagro, que ha devuelto la salud visual a centenares de personas marginadas social y geográficamente; la alfabetización; la atención de la salud en ramas de la medicina, como la discapacidad, nunca atendida en el país, etcétera.

Ante eso, la actitud de la oposición ha sido negativa: ataca por igual la colaboración cubana-venezolana, y la falta de transparencia del orteguismo. Les disparan con la misma vehemencia clasista y sus conservadores ideas políticas. Con ello –¿hace falta decirlo?— refuerzan y le dan credibilidad al discurso orteguista ante los sectores populares; justifican a Ortega ante la opinión latinoamericana que lucha por cambios sociales; dan pie a la campaña de Ortega por su continuismo; le ayudan a presentarse como indispensable para el avance de la justicia social; y le justifican el secuestro de los ingresos que emanan del petróleo venezolano.

No es menor el favor que recibe Ortega de la crítica de algunos sectores derechistas, para reforzar sus ataques contra la oposición en general, porque aprovecha para convencer –al “pueblo” dice él—, que todos los opositores son “oligarcas” enemigos de los programas sociales. Su ataque es indiscriminado, atribuye a todos los opositores –sean de izquierda, de centro o sin partido— los puntos de vista de la extrema derecha.

Ni esa derecha ni Ortega cambiarán sus posiciones extrema y sus objetivos políticos en un diálogo. Pero es lógico pensar que la oposición democrática y progresista se beneficiaría si adoptara una visión y una acción consecuentes ante los nuevos factores sociales. Además de asumir los planteamientos que las organizaciones sociales hicieron al concluir la marcha, la oposición podría mejorar su imagen y su lucha contra el continuismo autoritario, aclarando al pueblo:

1. La falsedad de que Ortega busca reelegirse sólo para garantizar la continuidad de los programas sociales.

2. Su posición respecto a la unidad y la cooperación latinoamericana, aunque no tenga coincidencia política-ideológica con sus líderes ni deba dejar de ser crítica cuando sea necesaria.

3. Que la lucha por el respeto a los derechos democráticos, a la Constitución y a las leyes, no es contraria a los programas sociales, sino complementaria.

4. Su disposición a integrar programas sociales a sus proyectos políticos.

5. Que con la oposición de ultraderecha tiene coincidencias limitadas a la lucha contra la reelección y por el respeto a las leyes.

6. Que no comparte con esa derecha su obsecuencia ante las políticas del gobierno de los Estados Unidos.

7. Que no tiene interés en rehabilitar las políticas de ningún gobierno del pasado lejano ni reciente.

Si, como se admite, las organizaciones sociales son progresistas, no encontrará contradicción entre esos puntos y lo planteado en su documento del 21 de noviembre/2009. Lo que sí, sería contradictorio, es ser progresista y parecer sujeta a las posiciones tradicionales de la derecha.