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Lo conocí en la década de 1950. Me lo presentó un masatepino como yo, Pedro Rafael Gutiérrez Núñez, un extraordinario periodista, cuando ellos eran redactores del diario Flecha de don Hernán Robleto. Sin embargo, la primera referencia que tengo de Ignacio Briones Torres es de agosto de 1946, cuando junto con Luis Cortés organizó un festival dedicado a Tino López Guerra, realizado en el Victory Club, uno de los centros sociales de la vieja Managua.

Tomando como referencia esa actividad, año 1946 y fallece en 2009, concluimos que Nacho ejerció el periodismo por más de 60 años. Sin embargo, cuando lo oíamos hablar y lo veíamos actuar, daba la impresión de que fue amamantado con tinta de imprenta y que su primer juguete fue un viejo linotipo, donde se distraía haciendo letras. A veces me parecía que solo le faltaba contar que él había cubierto para un diario imaginario, la entrevista entre Nicarao y Gil González, en San Jorge, Rivas, donde llegó, desde Managua, luego de un mes de recorrido hasta Granada y luego en un bote de vela a San Jorge. Así era Nacho.

Soy poco para ver muertos a quienes quise y estimé en vida. Pero la noche de su fallecimiento no resistí entrar a verlo. Me parecía difícil que hubiera muerto. Todavía en la mañana de ese viernes, en el Banco Central, en la asamblea de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, habíamos comentado que Nacho estaba muy grave. Pero cuando supe que había muerto y me lo confirmó Irma, llegué a la casa y quise verlo, por primera vez callado, sin hacer apasionados ademanes, como queriendo confirmar con el gesto sus palabras. Me resultó difícil creer que estaba allí inmóvil, recordé entonces una vez que estábamos en una reunión y propusimos que descansáramos, el respondió que no, que algún día descansaríamos para siempre.

Y esa fue una de las características de Nacho. Vivir en forma incansable, apasionada, equivocado o no, consecuente con sus actos, responsable de los mismos, sin negar su autoría, aún en momentos de crítica y cuestionamiento. Nunca rehuyó su participación en escritos y acciones, no importaba el lado del cual estuviera, Nacho siempre supo dejar claro aquello de que “Esta boca es mía”. Por eso, el viernes por la noche, después que lo vi silencioso, descansando para siempre, me sumí en las reflexiones propias de las circunstancias. Es difícil establecer las luces y las sombras de Nacho Briones. Por ahora que nos quede a los periodistas el ejemplo y recuerdo de uno de los periodistas que con mayor pasión y entrega ejerció el periodismo, en períodos en que la profesión costaba la cárcel, la tortura, el exilio y hasta la muerte. Nacho pasó por casi todo. Impacto no solo fue un periódico que combatió la dictadura somocista, fue más allá, formó conciencia en el pueblo para luchar contra la tiranía dinástica.

De saco y corbata, pues esa era la vestimenta de los periodistas en aquella época, Nacho Briones no se limitó a escribir, a cubrir la fuente informativa, como se dice ahora, Nacho vivía la crónica, en su relación con los protagonistas. A veces le hacíamos bromas cuando decía: “Rigoberto me dijo antes de irse a León”, “El Che me enseñó la carta”, “En la discusión con Luis (Somoza Debayle)”. Y era cierto, tuvo una profunda relación, no siempre favorable y cordial, con quienes hicieron la historia. Su archivo llegó a contener valiosos documentos. Sería injusto recordar a Nacho sólo por su labor de periodista. Nacho tuvo un concepto militante de la solidaridad y el de compartir, como pocos he conocido. Los maestros de Nicaragua, en su lucha a finales de la década de 1960, tuvieron en Nacho un eficaz colaborador. Qué decir de los actos que contribuyó a organizar cuando vino el equipo de béisbol de Cuba en 1972. Ya no digamos en la fundación de la UPN y de otros organismos gremiales. Nacho llegaba a cubrir una información, y se convertía en protagonista, organizador, conspirador y ejecutor. No resistía el solo escribir, vivió la época en que el periodismo y los periodistas, tenían una gran incidencia en la vida nacional.

Qué decir de todas las distinciones que recibió. Pero la más importante distinción fue la del cariño y del aprecio. En medio de las contradicciones, Nacho fue siempre Nacho para nosotros, la amistad estuvo por encima de los desacuerdos. Para las nuevas generaciones de periodistas, Nacho deja el ejemplo de su acuciosidad, su pasión por la lectura, la investigación, la información de primera mano, su habilidad para relacionarse con los políticos, su capacidad para gestionar una entrevista, no ser conformista, ni mediocre. Frecuentemente citaba como su mentor al ilustre tío, don Edelberto Torres.

Sería injusto si hablara de Nacho sin mencionar a Irma, su viuda. Sin menoscabo de Nacho, me pregunto qué hubiera sido de Nacho sin Irma. En una época, la de Santa Clara, me tocó compartir frecuentemente con ambos, horas de horas alrededor de una mesa de tragos, aquellas inolvidables ocasiones en el ron-ron, frente al estadio nacional, Irma sin echarse un trago, dejando escapar de cuando en cuando un bostezo. Nacho nos enseño a querer a Irma, me consta que Nacho, a su modo, la quiso y amó profundamente agradecido.

Recordar a Nacho en vida, me trae también recuerdos de mi bisabuela de Masatepe, María Josefa Guerrero de Pérez, quien, cuando nos quejábamos de alguien que nos molestaba, nos decía que: al único árbol que le vuelan piedras y palos es al que da frutos, como el mango. Espero que sepamos disfrutar los frutos que dio el árbol fecundo de Nacho Briones. Para mí, el más importante fruto, es su apasionada entrega al periodismo, vivirlo no al margen de la información, sino sumergido en los hechos y personajes, en la lectura, la investigación. Ya Nacho debe estar integrado a la tertulia, con todos los periodistas que ya se han marchado. Me saludas a todos los amigos, en especial a Manuel Díaz y Sotelo, a Pedro Rafael Gutiérrez, a mi compadre Manuel Eugarrios. Salud Nacho.


Fundador de la UPN.