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La teoría sintética de la evolución neodarwinista defendida por el Sr. Ricardo Cuadra G. (El Nuevo Diario-18-09-2009) está basada en el azar, genética, paleontología y la selección natural, y Jacques Monod (premio Nobel de Medicina por sus estudios sobre regulación genética) refiere que el azar es fundamental en la explicación darwinista, porque es la única fuente de variabilidad que hace o no adaptados y sobrevivientes a los seres vivos.

Ahora bien, las mutaciones son alteraciones al azar en la composición química de los genes (DNA) que por su complejidad, cualquier cambio tiende inevitablemente a deteriorarlos. Para mejorarlas, tendrían que ser capaces de aumentar ese orden, pero el azar (por definición) no puede ni mejorar ni crear orden. Por esto es que el 99% de los cientos de miles de mutaciones estudiadas han sido dañinas, perjudiciales o letales, hecho corroborado desde 1940 por Goldschmidt y un gran número de científicos a nivel mundial. El neodarwinismo se limita a constatar que las variaciones de los seres vivos se producen en su estado germinal, cuando el verdadero problema es cuando y porque se producen las variaciones en la información genética y las condiciones de su desarrollo efectivo (“crisis en la ciencia”). ¿Es el genoma un objeto inerte que se limita a cometer errores? No y la fe en el azar no es una buena guía para descubrirlos. Pero en base a esta afirmación, ¿qué necesita la hipótesis evolucionista para crear seres transicionales completos de mutaciones favorables? ¡transmutaciones ¡ y esto es pura fantasía, irracional y anticientífica y si esto significa que las mutaciones son incapaces de producir un órgano nuevo, qué decir de lo que más distingue a un ser humano del resto de los animales, como la fe o el creer en lo sobrenatural, esto es, en Dios.

Darwin argumentaba que existe una continuidad entre la mente del hombre y otros animales, y esto en la actualidad es un paradigma sostenido por los eruditos, pero la creciente evidencia actual indica que, de hecho, existe un gran abismo que nos separa de “nuestros compañeros de evolución”¿Es el origen del pensamiento religioso un remanente genético? ¿Es acaso la fe un vestigio mutacional del cerebro, como “la muela del juicio”, el cóccix o el apéndice vermiforme? ¿Explica la evolución la naturaleza humana? No, solo en parte.

Marc Hauser, eminente psicobiólogo y antropólogo evolucionista de Harvard y discípulo de Noam Chomsky, publicó un estudio ( Scientific American-Septiembre 2009) sobre el origen de la mente y determinó que lo que nos hace únicos a los seres humanos (“humaniqueness”) son cuatro características significativas con masivas diferencias mentales: Cálculo creador, combinación promiscua de ideas, simbología mental y pensamiento abstracto. Este último nos permite contemplar cosas mas allá de lo que podemos percibir con nuestros sentidos, sin embargo, las evidencias arqueológicas han mantenido silencio sobre los orígenes y la presión selectiva que podrían haber llevado a poseer estas características cerebrales especiales a la raza humana. Según Chomsky las raíces de nuestras habilidades cognitivas han quedado en el desconocimiento y confirma que basado en la neurogenética moderna, el hombre debió hablar desde el principio.

Hoy sabemos que sin cerebro no hay conciencia, pero la conciencia no puede reducirse al cerebro, incluso se ha inventado el término “neuroteología” para comprender la relación entre biología del cerebro y religión (experiencias religiosas), aunque no parece tenga algo que ver con la teología. Basado en estudios realizados por Newberg, neurofisiólogo de la Universidad de Pensilvania, estimulando la región parietal cerebral en una zona de baja intensidad llamada zona de asociación de la orientación (AAO) se trató de localizar el “circuito de la espiritualidad”, concluyéndose que el cerebro humano esta calibrado para la espiritualidad y la meditación profunda, pero lo que no demostraron es si ésta espiritualidad es creada por el propio cerebro o se trata de una realidad exterior a la mente humana que es percibida por esta bajo determinadas circunstancias. La existencia de Dios es algo que está fuera del alcance de la neurobiología. El hecho que la actividad neuronal varíe en los lóbulos temporales cuando la persona ora o medita, nada dice acerca de la realidad sobrenatural. ¿Crean las conexiones cerebrales la idea de Dios o fue Dios quien creó esas conexiones para que pudiéramos comunicarnos con Él? La ciencia no puede ocuparse de lo sobrenatural o inmaterial. Al confundir fe en el Creador y espiritualidad con religión se pierde de vista que hacer la voluntad de Dios significa mucho más que orar, meditar o tener una experiencia mística.

En la fe cristiana el amor al prójimo y su práctica a través de Cristo, que es el eslabón perdido entre Dios y el hombre, tienen siempre prioridad sobre las experiencias individuales de carácter espiritual, algo que los apóstoles de Darwin no podrán ver en La Meca del darwinismo o Centro Darwin, pero con seguridad observarán las “quimeras transicionales” o ¿mutacionales? como la salamandra tiktaalik en evolución infográfica, el gen “espiritual” VMAT2 (localizado, pero no aislado) de Dean Hamer y quien fracasó en “descubrir” el gen Xq28 de la homosexualidad al ser descartada su existencia y también aunque lo nieguen: la relación nihilista de Nietszche y lucha por la existencia- nazismo-darwinismo que inspiró a Hitler, Stalin y a Jeffrey Dahmer (“el carnicero de Milwaukee”), quien canibalizó a sus víctimas, y justificó sus crímenes invocando su ateísmo, la evolución y la lucha por la existencia de Darwin.

Quizás por esta razón José Saramago ha dicho hace pocos días, que en temas de creencias y de la fe él no se inmiscuye y las respeta porque pertenecen a otro dominio. “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” Hebreos 11:1.


*Médico Cirujano.