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En 1989 fui seleccionado para integrar una delegación nicaragüense que iría a la República Democrática Alemana (RDA), con la que el Ministerio de Educación tenía un convenio de cooperación técnica, entonces trabajaba como asesor de educación general básica y pre-universitaria. La delegación estuvo compuesta por 28 directores de los centros educativos de secundaria con mayor población estudiantil en el país, y dos profesionales del nivel central, entre los cuales debo decir que logramos excelentes relaciones interpersonales y una solidaridad como convenía a coterráneos en otro país.

Podría decir que disfrutamos de la hospitalidad de los profesores alemanes, en especial de nuestro guía, el siempre amable, bien informado y brillante Doctor Ross, a quien con cariño llamábamos el tío Ross; aunque también algunos experimentaron discriminación en algunas tiendas, donde les mostraron cierto desprecio, esto nos hacía ver que las barreras no eran solamente ideológicas entre socialistas y capitalistas, sino que la estigmatización racial se mantenía fuerte todavía.

Evidentemente, el muro era un mito al que había que desentrañarle su significado, lo cual era un tema recurrente en las clases y en conversaciones informales. Nuestra relación con el muro comenzó desde el primer día que llegamos a Potsdam, una bella ciudad de palacios, parques y lagunas, que fuera residencia de la familia real prusiana y centro del auge intelectual del siglo XIX; sede del Palacio de Cecilienhof, donde se firmaron en 1945 los famosos acuerdos del fin de la Segunda Guerra mundial. Pero en 1989 con claras señales de la destrucción de los bombardeos durante la segunda guerra mundial, principalmente por muchos edificios no restaurados que nos recordaban en cierta forma la coexistencia con una vieja Managua.

La ciudad de Potsdam quedó aislada cuando se construyó el muro, por lo que desde entonces y aún hoy día es considerada una pequeña ciudad en las afueras de Berlín. Nuestros apartamentos eran nuestro centro de operaciones, y desde allí nos desplazábamos a pie diariamente a la Universidad Pedagógica, con abrigos por unos caminos cuyas orillas mostraban los restos de la nieve, y transpirando el vapor helado, mientras platicábamos observando parques y lagunas. Después de clases, por las tardes, cuando no teníamos muchas tareas académicas pendientes, íbamos en grupos a algún lugar de comidas, compras o entretenimiento, para lo cual tomábamos un tren que generalmente transitaba a orillas del muro.

Desde nuestros asientos claramente podíamos ver a ambos lados del muro, distinguiendo los tipos de edificios, estilos y colores de las casas; en el este, por ejemplo, podíamos ver todavía una ciudad llena de antenas de televisión mientras en el oeste no se observaban entre las modernas casas, edificios y carreteras. Esa situación nos traía muchas reflexiones y preguntas, ya que en el fondo la mirábamos ilógica y siempre coincidíamos en la necesidad de un acuerdo de integración entre ambas naciones. Las respuestas de los profesores a estos planteamientos siempre iban a defender la separación y la sola posibilidad de un acuerdo de convivencia pacífica entre dos países que pensaban diferente. ¡Vaya mundo!, decíamos nosotros.

Pero las cosas se pusieron intensas a partir del 7 de octubre con la celebración del 40 aniversario de la RDA, ya que después de la acostumbrada concurrida manifestación y el imponente desfile militar, con la presencia de Mijail Gorbachov y el entonces presidente Henrich Honnecker, comenzaron las protestas públicas en diferentes ciudades pidiendo libertad de movilización. En Potsdam mirábamos con frecuencia manifestaciones en las calles, con pancartas y megáfonos, todas en frente de la policía y ninguna reprimida, lo cual no dejaba de sorprendernos, a pesar de la siempre amable explicación que recibíamos de que esto era expresión de la libertad de expresión de grupos con ideologías pequeño burguesas en vías de extinción.

Cuando supimos de la concentración de Berlín el 4 de noviembre con casi un millón de personas, recordamos que habíamos estado en Berlín un mes antes, habíamos pasado por la puerta de Brandeburgo, que estaba en el centro de Berlín y era una especie de tránsito técnico entre los dos lados, habíamos observado los dos lados desde una altura de más de 250 metros en el restaurante rotatorio de la antena de televisión, y habíamos recorrido la lujosa Alexanderplatz. Imaginamos cómo fue aquella manifestación, y definitivamente sabíamos que estábamos ante un inevitable giro de la historia, cuyo desenlace y trascendencia ninguno de la delegación lograba descifrar.

Sabemos lo que pasó el 9 de noviembre por la noche; pero nosotros no nos percatamos en ese momento, pues fuimos a acostarnos relativamente temprano, ya que el 10 íbamos a un tour precisamente a Berlín, justamente a encontrarnos en las primeras horas de la mañana con las multitudes de personas que invadieron los dos lados de Berlín.

Al llegar a la parte oriental de la Alexanderplatz, en el centro de Berlín, como a las 7 am del 10 de noviembre, las principales arterias estaban intransitables y las multitudes en las calles se notaban eufóricas, muchos caminaban abrazados y celebraban con jarras y vasos de cervezas. Increíblemente, aún en ese momento nuestros guías pretendieron que lo que estaba sucediendo no tenía trascendencia, y buscaron la forma de hacernos llegar a uno de los museos, donde apreciamos preciosas pinturas por un rato, hasta que finalmente nos reunieron para explicarnos que el muro había caído. Entonces decidimos ir con ellos a un restaurante para celebrar.

Hoy, veinte años después, considero que haber estado en Berlín justamente el día del encuentro de tantas familias separadas, el haber experimentado esa alegría tan simbólica de la libertad, del disfrute del derecho y la verdadera esperanza que todos los pueblos del mundo tenemos de vivir en unidad y en paz, es una de las mejores cosas que me han pasado. Lo que ha venido después con la historia, las inequidades en la unificación, producto de la no aceptación de que diferentes visiones del mundo deben integrarse también para que precisamente se preserven la paz y la unidad, ya es otra historia. Pero lo que representa la caída del muro de Berlín es un hito y una señal más de que Dios construye su historia, una señal que nos invita y persuade a no seguir levantando muros que impidan la justicia y la paz.