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En estos días se volvió a poner sobre el tapete la muerte de Alexis Arguello. Unos dicen que lo asesinaron y otros, al igual que la policía, sostienen que se suicidó. Me inclino por esta última hipótesis. Cuando murió, escribí que cuando peleaba Alexis lo hacía un “caballero del ring” como con justicia lo llamaron en su tiempo; un flaco que se convertía en una máquina demoledora haciendo historia; un excepcional y magistral boxeador que peleaba limpio, sin cabezazos ni golpes bajos, como los que, incluso hasta el momento de su muerte, recibió durante su corta existencia. Para nadie es un secreto que dos dictadores quisieron convertir esa gloria nacional en un trofeo de buitres. Fue su persona usada y abusada por políticos iguales a los que “embrocaron” a Sandino. Pero hay algo de él que quedó incólume a pesar de la bala que se propinó en el pecho: Su inocencia. Porque que se haya derramado la sangre de ese inocente, tiene otros culpables. Hasta ahí los conceptos que vertí en aquella ocasión, a los cuales quiero hoy agregar algunas reflexiones complementarias que implican al ser humano en su complejidad, tal como la fragilidad de Alexis conocida por quienes indujeron su suicidio, lo cual en términos morales, aunque no jurídicos, se llama asesinato.

Estoy diciendo que es una perfidia engañar a un ser humano habiéndolo utilizado como mercancía. Porque Alexis creyó que realmente había “ganado” la Alcaldía de Managua cuando, como antaño al momento de ir obteniendo una por una sus tres coronas, levantó triunfante su brazo. Pero no, su persona acababa de ser derrotada porque ahora se encontraba en el centro de la movediza arena de la política, y sus correligionarios ya se repartían las vestiduras de su triunfo, lo dejaban desnudo, y le colocaban la cuarta corona, esta vez de espinas. Este crimen fue cometido con premeditación, alevosía y ventaja. Al ir despojándolo paulatinamente de la autoridad que creía haber ganado en justa lid, sus correligionarios evitaban así enfrentarse a sus puños, y se aprovechaban de la ingenuidad de un hombre puro e inocente. El inmortal campeón yacía en la lona, porque la pelea –que él ni siquiera vislumbró como pelea- había sido sucia, llena de interminables golpes bajos, y fue en el momento de irse incorporando que se dio cuenta de que no había ganado ninguna lid, que todo había sido una farsa, y que desde las alturas de su partido le estaban haciendo sentir que él había sido el atractivo principal del combo, en las fraudulentas elecciones municipales. La hora de la verdad decía que él no era Alcalde, sino tan solo monigote. Pero una cosa es ser ingenuo, y otra carente de dignidad. En medio de aquella putrefacción venció su nebulosa y se levantó decepcionado pero invicto a evitar el knock out. Suicidio inducido. ¿Será decisión dividida la de los jueces? Desde mi esquina, yo solo lo veo levantarse sin vida pero inmortal. Un campeón digno.

No ocurre así con otros que no son engañados sino que se autoengañan, lo cual es peor. Pretenden tener algún cargo directivo de importancia en su partido, y son descalificados públicamente por la reina, cuando considera inapropiadas las opiniones de su supuesto superior partidario. A la larga aprenden la lección y se vuelven lisonjeros. Es mejor. Están solícitos a preocuparse por la semántica, para decir que ésta no es una dictadura que reprime “a sangre y fuego”. No entienden que peor que reprimir “a sangre y fuego” es reprimir en base “a mezquindad y cinismo” ¿O sería menos grave en base a “alevosía y perfidia” como en el caso de Alexis? Claro, estamos hablando en términos éticos y morales que no se pueden callar.

Tampoco se puede callar ante la injusticia reinante, como la enfermiza persecución, desde en tiempos en que existía el Ministerio de Cultura, pasando por la congelación de sus cuentas bancarias, de los monarcas contra Ernesto Cardenal y todo lo que con él tenga que ver, como Solentiname, esa comunidad que terminó participando en el proceso de liberación “a sangre y fuego”. El mundo entero sabe que Ernesto fue su fundador y mentor. Ojalá que quien cuando éste poeta y sacerdote cumplió sesenta años, escribió de su puño y letra : “Hay que querer y respetar a Ernesto como si hubiera muerto y hubiera resucitado. Hay que quererlo aquí y ahora.”, no lo irrespete, aquí y ahora, acomodando sus opiniones hasta donde lo han conducido los vaivenes políticos. Ojalá que no diga nada y calle si Ernesto muere primero. Me refiero a esa muerte física a la que se quiere llevar a Ernesto, a punto de cumplir sus ochenta y cinco años, con tanta infamia, injusticias y arbitrariedades. No creo que Ernesto comparta conmigo el que esa pócima de brujerías pueda ser causa de su muerte. El ya superó la dictadura de los Somoza. ¿Por qué no también ésta? Lo que quiero dejar claro es que ésta dictadura que ha puesto de moda los venenos espirituales y el suicidio inducido, ahora ensaya peligrosamente con el asesinato por muerte natural.


luisrochaurtecho@yahoo.com