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Hace poco me llegó un mensaje curioso por e-mail. Comienza como una nota de prensa cualquiera, La Haya/Vaticano/AP y dice: “El Consejo de Seguridad de la ONU recomienda la persecución legal ante la Corte Penal Internacional (ICC) en La Haya/Holanda, por complicidad e incitación de genocidio, cometidos en África desde abril 2005 por parte del individuo Joseph Alois Ratzinger, de nacionalidad Alemana, nacido en Marktl am Inn, Bavaria. La Organización Mundial de Salud vincula aproximadamente 2.1 millones de muertos anuales directamente a infecciones de VIH-SIDA, una gran parte de éstos siendo la población católica de África subsahariana. La acusación es tan sencilla como resulta bárbaro el crimen: se fundamenta en la prohibición rotunda del uso de preservativos, declarada por el acusado como autoridad moral máxima sobre este grupo de creyentes. Por otro lado, la acusación se basa en el mandato de la Corte ICC de procesar, según sus estatutos, crímenes contra la humanidad de gran escala, cometidos en países que son incapaces de procesar legalmente y juzgar a estos por sí mismos”.

Por su improbabilidad y tono exagerado supuse que la nota era una farsa, y ya la había borrado de mi bandeja de entrada. La sencillez de la propuesta, sin embargo, me dejó con una espina: ¿y por qué no? El conductor negligente de un bus accidentado, el médico flojo, el asesino de masas --fueran cuales fueran sus intenciones-- responden por sus actos ante la ley. Pero el Papa, el inmenso Papa de todos, mensajero de Dios en la tierra, ¿puede él ser responsable por algo? ¿Aplica a él la categoría justicia?

En la filosofía del derecho, a una persona sin distinción de género, religión y raza se adscribe responsabilidad por algo si cuatro condiciones mínimas están dadas: (1) se causó un daño a una cosa o persona, (2) lo hizo alguien (y no un relámpago). (3) Este alguien lo hizo conscientemente, y (4) lo hizo por propia voluntad. Si alguna de estas condiciones no está dada, la persona queda exenta (parcialmente o plenamente) de culpa: o nadie fue perjudicado, o el daño fue causado por algún fenómeno natural, un terremoto, relámpago, etc., o el acusado no sabía de las consecuencias de sus actos, por ejemplo un niño o un loco, o la persona actuó bajo coerción, contra su voluntad, por ordenanzas mayores, como p.ej. en la guerra.

Aplicar estas cuatro condiciones al caso Ratzinger parece pan comido para cualquier fiscal público provinciano: Uno, el daño y sufrimiento causados en África tienen dimensiones que fácilmente hacen parecer enanos a Napoleón, Saddam Hussein o Slobodan Milošević (otros que sacrificaron la vida humana en masa por algún supuesto bien mayor). Dos, el vínculo entre la prohibición de preservativos e infecciones del virus está documentado como pocas otras correlaciones en la salud pública en el continente africano; y tres, el pleno conocimiento de los hechos por parte del acusado está fuera de duda. La única pregunta restará: ¿Actuó Ratzinger bajo órdenes mayores?

Sería irónico, por supuesto, pedir condiciones atenuantes para Herrn Ratzinger señalando la presencia de una suerte de coerción celestial en sus decisiones, y de hecho sería poco probable que algún defensor papal recurriera a esta figura jurídica. La excusa de coerción no aplica a un sujeto autónomo, adulto, culto, catedrático eméritus, en posesión de su pleno juicio, uno de los líderes espirituales máximos sobre la faz de la tierra que cuenta con suficiente poder y espacio de decisión para impulsar una renovación dogmatica dentro de su iglesia.

Si entonces todas las condiciones jurídicas mínimas de ser responsable aplican al caso Ratzinger, ¿cómo es posible que nos traguemos semejante barbaridad –o peor, por qué ni siquiera la percibimos? Una respuesta se puede buscar en las actuales constelaciones normalizadas del poder sobre la moral, y radica en la lógica de cualquier dogma: que no permite contradicción. Y aunque no es nada novedoso señalar la tiesura dogmatica del catolicismo, me parece llamativo que esta rigidez se acopla con un característico opuesto, inherente en la santa escritura misma: su vaguedad, o mejor dicho, su impresionante fecundidad interpretativa. Desde un punto de vista de crítica literaria, es extraordinario el hecho que un sólo corpus de texto se haya anidado en aproximadamente mil millones de mentes humanas y haya inspirado la formación de más de 30,000 diferentes denominaciones cristianas existentes en el mundo, cada una de ellas refiriéndose a éste mismo corpus como texto base, amparando a la vez una interpretación propia y distintiva de todos los demás.

En nuestro caso particular, la diversidad interpretativa es relevante ya que muchas congregaciones cristianas (incluyendo partes de la misma iglesia católica) no derivan ningún tabú sobre el uso de preservativos, sino lo consideran la medida más eficiente disponible para evitar el sufrimiento masivo y la muerte de millones de humanos causados por el virus VIH-SIDA. Para el Señor Ratzinger en cambio, la diversidad interpretativa de la biblia significa… nada. El estancamiento del argumento queda evidenciado: En la lógica del acusado, su interpretación es la vinculante, ya que él se define mensajero y vínculo directo con Dios, y por ello es él quien constituye el poder de la definición. Mientras que bajo una lógica no-católica, laica o no, su posición es un punto de vista al lado de otros puntos de vista de miles de líderes espirituales: un punto de vista expuesto a la discusión, valoración, y expuesto también al juicio.

Nótese cómo el caso legal sobre una tragedia humana se convierte en una disputa exegética, la cual a su vez depende de quién posee el poder de definición sobre un texto; y termina en una contienda metafísica sin juez. Los griegos clásicos llamaron estos estancamientos argumentativos “no-fructíferos” (aporéticos), y Wittgenstein propone que se disuelven semejantes empates. En el espíritu de ambos quisiera proponer que se otorgue al individuo alemán Ratzinger y a la institución que éste representa, la Santa Iglesia Católica, el Premio Nobel, aquel máximo galardón del capital simbólico que confiere el mundo secularizado.

En este punto muchos se preguntarán ¿¡Por diosito... pero por qué!? La pregunta resulta difícil de responder, y no por ausencia de razones u opciones, sino al contrario porque más que una pareciera merecedora. Sin duda ninguna, en la coyuntura actual de las buenas intenciones, Ratzinger sería el candidato espléndido para el próximo Premio de la Paz, ya que posiblemente ninguna institución ha proclamada más la paz que la Iglesia Católica; pero igualmente en Medicina Ratzinger tuviera buenas cartas (o bien su peón nicaragüense) por haber descubierto y puesto en práctica los vínculos provechosos entre el aborto y la razón política; El premio Nobel de Física sería ya un poco más difícil de argumentar, aunque también en cuanto a la explicación de los orígenes cósmicos más fundamentales se han demostrado esfuerzos insistentes durante siglos y contra toda marea.

Tan tentadores que fuesen estas opciones, la categoría más prometedora nos parece el Nobel de Literatura: para valorar la Biblia como uno de los textos literarios más complejos, potentes e influyente de la historia de la humanidad, obra que nunca ha sido valorada debidamente por esta calidad, como ya lo instigó José Luis Borge, elogiando a este texto fulminante como la mejor literatura fantástica hecha por distintos hombres en distintas épocas; Pero primero y principal optamos por el Nobel de Literatura para mitigar futuros daños a la humanidad, en África y en otros lados.