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Alejandro Serrano Caldera no deja de sorprendernos con su polifacetismo. En su reciente libro Todo tiempo futuro fue mejor, nos muestra su vena humorística y ligera, haciéndonos dar un agradable paseo por el paisaje filosófico de diversas épocas.

El recrea el ambiente y la idiosincrasia de diversos filósofos célebres, y nos permite asistir a sus conversaciones privadas como unos testigos privilegiados e indiscretos.

Él crea deliberadamente incongruencias y asombros, surgidos del anacronismo, que dan lugar a necesarias explicaciones en las cuales es el lector quien sale beneficiado, empapándose de nuevos conocimientos.

Un espíritu lúdico preside esta obra, cuyo formato pequeño no debe llamarnos a engaño. En este minúsculo libro puede encontrarse acaso una vía regia o privilegiada para la enseñanza de la filosofía de una manera agradable. Y bien sabemos que ésa es una urgente necesidad, ya que los textos filosóficos al uso en nuestras instituciones pedagógicas no sobresalen precisamente por su amenidad. Es más, muchos estudiantes se ven alejados para siempre y con horror de la filosofía debido a que se les obliga a leer abstrusos textos sobre metafísica. Puedo citar como ejemplo mi propio caso. Mi profesora de filosofía en el quinto año de secundaria se empeñó en que conociéramos por encima de todo las escuelas filosóficas conocidas como la Patrística y la Escolástica, las cuales sobresalen por su aridez y obsolescencia.

Eso hizo que yo cobrara una aversión invencible a la filosofía, de la cual me tomó muchos años reponerme. ¡Lástima que, en aquellos aciagos días, no se contaba con libros como este que ahora nos ofrece Serrano, en una segunda edición corregida y aumentada!
Me sorprende que los prologuistas de este libro no advirtieran el potencial pedagógico de la obra, desde el punto de vista metodológico, y lo pasaran por alto, considerándola más que nada un ejercicio de imaginación.

Serrano Caldera hace conversar a Einstein con Kant, pero también podría haberlo hecho conversar con Mach, con igual o mayor provecho. Serrano ha escogido sólo figuras célebres de la filosofía pero igual podría haber seleccionado filósofos más oscuros pero con ideas provocadoras susceptibles de ser aplicadas en nuestro (lamentable) contexto. Otro tema que se presta muy bien al tratamiento que le imprime Serrano es la filosofía existencialista, ya que ésta se ocupa de asuntos que son más cercanos a los problemas de la existencia cotidiana. Imaginemos, por ejemplo a Jean Paul Sartre conversando con San Agustín y explicándole su concepto de “lo viscoso”. O pensemos en lo que, revivido por Serrano, podría decir sobre la represión a la libertad de pensamiento Abelardo, el filósofo que fue cruelmente castrado por su amor a Eloísa.

Contrario a lo que muchas personas creen, la filosofía no es un lujo. Pero yo iría incluso más lejos y me atrevería a decir que un pensamiento afilosófico es un pensamiento bárbaro y sin valor. Y como bien decía Deleuze, la filosofía tiene necesidad de los no filósofos (pensemos, sobre todo, en nuestros calamitosos mandatarios, que carecen de una indispensable visión holística de las realidades que desgobiernan). Existe una acuciante necesidad de hacer la filosofía accesible a las masas, y, por lo tanto, todos los mecanismos que sean efectivos para enseñarla son bienvenidos, incluyendo, por supuesto, el chiste, el juego, la adivinanza, la fotonovela o la historieta. A propósito de esto, hay que decir lo siguiente: la enseñanza de la filosofía está pidiendo a gritos el auxilio de la imagen. Y esa es quizás la omisión más enorme que pudo cometer, en su “Pedagogía del oprimido” ese gran maestro que se llamó Paulo Freire.

Serrano Caldera no teoriza sobre la nueva paidea o propedéutica filosófica que pregona, sino que nos la muestra a través de aplicaciones concretas de la misma, en estos sabrosos mini-relatos en los que prevalece la perplejidad, el retruécano y la agudeza.

Serrano convierte la paradoja filosófica en una base o pretexto para crear dramatizaciones literarias, recreando concepciones filosóficas diversas presentadas en un interesante contrapunto y aderezadas con elementos de ciencia-ficción.

Al igual que Platón, Serrano Caldera se apoya en el diálogo, pero sus diálogos están caracterizados por un tono diferente, más familiar y anecdótico. Asimismo recurrió al diálogo Schopenhauer, en su “Parerga y Paralipómena”, tal como lo había hecho antes Hume en sus escépticos y radicales “Diálogos sobre la religión natural”.

También empleó el diálogo Sade en su obra “Diálogo entre un sacerdote y un moribundo”, el cual es de naturaleza teológico-filosófica, pero ha sido excluido de la historia de la filosofía por una especie de “argumentun ad hominem”, es decir, un prejuicio contra Sade, por ser considerado un irredento libertino.

Hace falta ahora únicamente trasladar esas agradables y polémicas especulaciones a un contexto más afín al nuestro. Intentar abarcar algunos temas y problemas característicos de nuestro medio subdesarrollado, empleando personajes de nuestro continente. Y esa es una tarea para la cual Serrano Caldera, quien es devoto lector y estudioso de Leopoldo Zea, el pensador de la historia y la identidad latinoamericana, se encuentra particularmente calificado.