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Del 7 al 18 de diciembre 2009 tendrá lugar en Copenhague la 15va. Conferencia de las Partes (COP15), donde se reunirán los países signatarios de la Convención Mundial sobre el Cambio Climático (Unfcc). Se espera que los líderes mundiales adopten un acuerdo efectivo para proteger a la humanidad y al planeta de los impactos del cambio climático. La expectativa es que en Copenhague se pueda alcanzar lo que no se logró en la reciente conferencia mundial de Naciones Unidas realizada en septiembre, en Nueva York… Pero, ¿no será Copenhague un nuevo espejismo?

Si por la víspera suele preverse cómo será la fiesta, después de Nueva York tuvo lugar otra conferencia en Bangkok (Tailandia, 28 de septiembre al 9 de octubre 2009), donde se reunió el Grupo de Trabajo Especial para el Protocolo de Kyoto (GTE-PK); y la primera semana de noviembre (2 al 6) tuvo lugar en Barcelona la última reunión preparatoria. En Bangkok las discusiones se centraron en los denominados “número agregados e individuales”, tema que siguió copando la agenda en España y seguramente lo hará también en Copenhague.

Traducido al lenguaje de los comunes mortales, el denominador común de estos números sigue siendo cuánto tiene que reducir sus emisiones cada país para cumplir con las metas propuestas en el Protocolo de Kyoto, primero para el período 2008-2012 y después para el año 2020 con respecto al nivel de emisiones del año 1990.

De acuerdo con los resultados de un extenso trabajo de investigación sobre el Protocolo de Kyoto realizado por el autor del presente artículo (presentado en la UNAN Managua en septiembre 2009), los firmantes del Protocolo de Kyoto en 1997 se propusieron una meta de reducción del 5,2% en las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) para el período 2008-2012, con respecto al año 1990.

Esa meta propuesta significa reducir a 13 564 317 Mton CO2e (millones de toneladas de bióxido de carbono equivalente) las 14 351 308 Mton CO2e emitidas el año de referencia. No obstante, el nivel real de emisiones esperado para el período fijado por Kyoto es de 17 129 345 Mton CO2e o lo que es lo mismo, mientras las emisiones serían reducidas en un 5,2% el nivel de emisiones sería de 19%. Es decir, que aun y cuando todas las partes cumplieran en un ciento por ciento con la meta del 5,2% de reducciones, habría un crecimiento neto del 13,8% con respecto a 1990.

De acuerdo con los resultados de la reunión del GTE-PK en Bangkok, son pocos los países Anexo I (países desarrollados firmantes del PK) que realmente están dispuestos a asumir compromisos serios para no quedarse en el limbo de las metas mínimas. Destacó en Bangkok la propuesta de Noruega, de reducir en 40% su nivel de emisiones para el año 2020 con respecto a las de 1990, mientras la mayoría de los países se pronunciaron por un rango comprendido entre 15% y 23%.

Lamentablemente la autoimpuesta meta de Noruega no tendría un gran impacto global, como el que sí podrían lograr los más grandes emisores de GEI: Estados Unidos y China, los cuales –mala señal-- tampoco asumieron compromisos concretos en Barcelona.

Una elemental aritmética nos revela que para no agudizar los ya muy preocupantes problemas generados por el cambio climático global y los que están en ciernes (la salud, la economía y la ecología), para el año 2020 todos los países deberían reducir sus emisiones en 100% con respecto a 1990 para lograr un nivel cero. Pero técnicamente es una meta imposible por ahora, porque eso implicaría una parálisis total de la economía, aunque no es imposible de alcanzar en el mediano plazo. De ahí que una meta realista tomada como referencia en Barcelona fue una reducción de entre 50 y 85% para mediados del presente siglo.

En tanto se pone en práctica de manera más decidida los avances y logros de la tecnología, es necesario ir definiendo y ajustando metas realistas para la mitigación y la adaptación al cambio climático, con responsabilidades compartidas. De parte de los países que son grandes emisores, se impone no sólo la reducción sustancial en los niveles de emisión, sino financiar la adaptación de los países más vulnerables, los No Anexo I con muy bajos niveles de emisión, como es el caso de Nicaragua. En la conferencia de Barcelona la Unión Europea refirió la necesidad de 100 mil millones de Euros por año a partir del año 2020. Los movimientos ecologistas como Action AID estiman 132 mil millones de Euros anuales.

Por supuesto, países como el nuestro tienen también la responsabilidad ante la comunidad internacional de hacer valer sus derechos y potenciar sus capacidades para coadyuvar a enfrentar el cambio climático, echando a andar un programa nacional para involucrarse de lleno en el mercado del secuestro de carbono como medida transitoria mientras se pone en práctica lo que habrán de ser las Resoluciones de Copenhague. En un mercado mundial con una gran brecha entre oferta y demanda en la compra de certificados de carbono, Nicaragua tiene por ahora y mientras esté vigente el Protocolo de Kyoto (hasta el año 2012), un enorme potencial no sólo para contribuir a este esfuerzo global, sino para oxigenar su economía.

De acuerdo con estudios de la FAO, Nicaragua cuenta con 4 846 592 hectáreas de potenciales Tierras Kyoto, de las cuales, 1 367 416 hectáreas podrían clasificar para proyectos MDL. Según los resultados del estudio al que se hacía referencia al inicio (Juárez 2009:151), eso representaría un potencial de captura efectiva de 47 005 538 toneladas de carbono producidas adicionalmente a la línea de base y descontando las fugas, en el período 2003-2012. Esta cantidad corresponde a 172 040 269,1 ton de CO2e (1 ton C es igual 3.66 ton CO2e). Puesta en el mercado de carbono, esa capacidad podría representar ingresos por US $ 1 321 269 267 dólares en un lapso de 12 años, sin incluir los beneficios adicionales que se obtendrían por la cosecha de árboles y la venta de madera y leña.

Así pues, Copenhague, tras su última fase preparatoria en Barcelona, no debería ser vista por el Gobierno de Nicaragua como un simple evento burocrático al cual hay que asistir nada más para ocupar una silla. Copenhague no debería dejarse pasar como un espejismo. Copenhague debería verse como parte de las grandes oportunidades a ser asumidas con la seriedad y la responsabilidad pertinentes. Grandes oportunidades para un país tan pobre, tan vulnerable y tan necesitado, que requiere demostrar su inteligencia y habilidad, cualidades de las que nos estamos tan huérfanos desde hace rato.

Darwinjj2007@gmail.com