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Invitado por Moisés Ávalos, Presidente de la Asociación de Cronistas Deportivos de Nicaragua, participé el pasado 22 de octubre en un seminario con motivo del inicio de la Quinta Edición de la Liga Profesional Nicaragüense. El título de este artículo fue el tema de mi charla, la cual inicié afirmando que mi entusiasmo por la historia del beis nica y su significación como fenómeno cultural no es reciente. En 1975 escribí un ensayo —“El beisbol y nuestra nacionalidad”— donde sostuve que el beisbol aportaba el componente épico imaginario nacional. Presente en la memoria colectiva como un pasado glorioso, otorga un sentido de orgullo nacionalista y de identidad mítica, generado por peloteros vivos y muertos, activos y retirados. Por tanto, nuestra “comunidad imaginaria” —varias generaciones que, sin conocerse, creen compartir un conjunto de valores y costumbres— el beisbol es uno de sus pilares. Y agregaba: “se ha arraigado en nuestra vida cotidiana y en nuestra conciencia colectiva, hasta el grado que la alegoría de Nicaragua en el cine-periódico centroamericano Nicolly de los años 50 correspondía a la imagen de un bateador. El grito de ¡Viva el Boer!... ha llegado a ser, en los estadios, apéndice del himno nacional; y la incidencia del beisbol en el habla popular es más que notoria”.

Incidencia en el habla

A continuación ejemplificaba dicha incidencia en el habla popular con más de veinte unidades fraseológicas —en sentido metafórico— actualmente en uso. Por ejemplo: se voló la cerca —se dice de alguien que supera lo normal; está calentando la banca —del que permanece sin trabajo, y botó la gorra —del que se altera. Hay movimiento en el bullpen —aclara una persona cuando está ocupada; y ando en pisa y corre, cuando va apresurado. Estamos rayando el cuadro —afirman quienes planean algo, por ejemplo, tomar tragos. Me cogió la seña —confirma cualquiera que se entiende con otro. Todo tiro a jon —quien se arriesga a cualquier cosa. Lo puse en tres y dos —declara al que coloca a otro en una posición difícil. Me cogieron movido o fuera de base —expresa uno de alguien cuando es sorprendido; y estás out, al que se anula o descalifica.

Cuidado nos dejan en jon —es decir, sin nada— teme la señora al ver abierta la puerta de su casa, pensando en los ladrones. Cachame tal cosa, equivale a que alguien la reciba; pichámela, a pedirla. Ni picha, ni cacha, ni deja batear —se aplica al que fastidia y no colabora en nada. Dámela suave, significa solicitar algo fácil; dame una cochada: una ayuda; o un arrancamonte: algo difícil. Y entre estudiantes, al que aplacan le dicen que lo poncharon; y al que hace buen examen escrito, que le dio en la mera costura.

Años más tarde, Julio Ycaza Tigerino y Róger Matus Lazo las ampliarían en trabajos sistemáticos. Por eso el beisbol, tan vivo como la pasión política, es mucho más que el deporte preferido en Nicaragua. Como ningún otro, se adaptó a la psicología de nuestro pueblo que lo adoptaría en la última década del siglo XIX, introducido por jóvenes que estudiaban en Nueva York. Por tanto, su inicio —contrariamente a lo que se ha supuesto— data mucho antes de la primera intervención militar estadounidense en septiembre de 1912. Es cierto que también se impuso o se acogió como principal actividad deportiva en países de la Cuenca del Caribe (Cuba, República Dominicana, Puerto Rico, Panamá y México), relacionados fuertemente con el Imperio del Norte. Pero no basta ese fenómeno para explicar su fascinación e impacto entre nosotros.

Causas de su arraigo

En uno de los capítulos que enriquecieron las ediciones de su libro de El Nicaragüense, Pablo Antonio Cuadra argumentó nuestra afinidad con el beisbol, atribuyéndole tres causas: un posible residuo cultural relacionado con el Norte prehispano del continente, el clima (menos agitado y tensional que el fútbol, el béisbol exige menos gasto de calorías) y la tendencia individualista del “nica”. Éste, como es proverbial, no es dado a trabajar en equipo, admira demasiado la hazaña personal y rinde “culto a la personalidad”. Realmente, existe una correlación entre el caudillismo político y el carisma lúdico de los grandes peloteros.

En su interpretación, Cuadra fue más allá: observó en los jugadores a un Ulises (que, según él, lleva todo “nica”) saliendo del hogar (el “home” o jon), tras una carrera por el mundo —llena de dificultades sin cuento— y retornando a ella. “Cada vez que el héroe sale de casa, el nicaragüense siente repetirse su éxodo y tentación de aventura”. Y resulta más convincente al sostener que el beisbol es “el juego más juego. Es una ficción, aunque esa ficción lo que juega y representa es una guerra; pero su metáfora es más inteligente o más poética”. Se corresponde, pues, con nuestra vigorosa imaginación creadora.

Más aún: superó a las recreaciones precedentes comenzando por las carreras de caballos, juegos de gallos y corridas de toro —de procedencia colonial o española— y siguiendo con las fiestas patronales, los conciertos en las plazas o parques y, posteriormente, el cine. Surgido al final de la estable y transformadora segunda etapa de los “Treinta Años” (1876-1893), el beisbol constituyó una novedosa proyección de la cultura de los Estados Unidos. Como actividad recreativa de la sociedad nicaragüense, lo introdujo primero en Bluefields un comerciante extranjero, y lo establecieron en Managua y Granada hijos del país, mejor dicho: nueve egresados de un collage neoyorquino (siete granadinos y dos managüenses) más uno (también de Managua, graduado en otro de Pensilvania).

No obstante su origen elitista en la región del Pacífico, pronto se convirtió en ritual laico —distinto de las ceremonias religiosas y de las efemérides tradicionales— capaz de convocar a personas de diferentes clases. A principios del siglo XX lo jugaban elementos populares. Durante los años diez, recibió la impronta gringa, que incentivaría el nacionalismo. Fue mejor organizado con patrocinios oficiales, ligas, árbitros de la marinería interventora, campos cercados, apuestas, cobros de entradas, dividendos entre los jugadores, premios en metálico a los más sobresalientes, scores, expansión en otros departamentos (Rivas, Boaco) y proyecciones en la prensa.

El pueblo, asimismo, lo transformó en un nuevo festival, asimilándolo como entidad propia ritual y localista, sustituto de la guerra civil. Fue el caso de la fanaticada del Masaya que en 1916 inició la costumbre —conservada hasta 1924— de soltar en el terreno un garrobo, adornado con cintas de papel, antes del inicio de cada juego, para traer mala suerte al equipo visitante. Los granadinos usaban igual procedimiento y al garrobo, bien cuidado, lo conducían a otras localidades bien como mascota. Los masayas enterraban al garrobo en una de las bases. Esto dio origen al dicho que se aplicara por largo tiempo a quien padecía de tuerce: “tiene su garrobo enterrado”. Aún es usado por algunos cronistas deportivos como Enrique Armas.

De los años diez acaso lo más importante haya sido la asimilación popular del béisbol que contribuía a realizar el ideal igualitario, inherente a los fanáticos de este deporte. No otra cosa evidencia, por ejemplo, los apodos que tenían un inconfundible sello campechano. Prácticamente casi no había jugador sin que le identificaran con su apodo: Chapuliche, Crema, El Gorrita, El Conejo, La Loca, Mono blanco, Quimizú, El Salvaje, El Trompudo, Tabirica y Venado Chingo. Esta onomástica se mantendría por lo menos hasta los años cuarenta, pero tuvo su inicio en esa década.

“¡Calma Jolea!” y “¡Sangre Carmen Quinto!”

Ello explica que a uno de los tres más notables peloteros de entonces se le denominara con su apodo: Jolea (Alfonso Vega), pitcher del Boer. Cuando surgía una situación difícil en el box, Vega se alteraba, dando origen a la locución “¡Calma Jolea”, que también trascendió en el tiempo y significaba: fuerza, paciencia, coraje para vencer. De igual significado “¡Sangre Carmen Quinto!”, en alusión a otro lanzador de la época. Ambas expresiones manifestaba el pueblo en situaciones cotidianas, independientemente de su contexto beisbolero.

Desde luego, ya nadie tiene presente la existencia de ambos peloteros y muy pocos de los dos grandes ases entre 1918 y 1932: Paco Soriano y “El Zurdo Argüello”. Tampoco se recuerda al “Caballero del deporte”, el granadino Pedro José Oviedo, elegido como “el mejor jugador de base-ball en Nicaragua, sobrepasando en 1,471 votos al mimado del Bóer Paco Soriano. Oviedo obtuvo 2,903 votos contra 1,432 de Soriano y 300 del admirable lanzador José Ángel ‘Chino’ Meléndez”. La estrella del baloncesto femenil, Margarita Pertz colocó en el pecho del lanzador sultaneco una medalla de oro. Granada entera se hizo presente en dicho acto en el field “El Retiro” la mañana del domingo 23 de julio de 1932.

Pero de todos los grandes jugadores nicaragüenses anteriores a 1950, los más sobresalientes y míticos fueron el “Caballo de Hierro” Stanley Cayasso (1906-1986) y de José Ángel “Chino” Meléndez (1908-1985). Tales fueron, entre otras muchas, nuestras glorias beisboleras que siempre han unido a los nicaragüenses. De ahí que nuestro verdadero concepto de gloria sólo se identifica con las deportivas, especialmente con las del beisbol. Porque las otras nos desunen.

Más aún, nuestras glorias beisboleras son más importantes que las bélicas y las políticas. Porque el beisbol (además de que funge como catarsis para liberar, energías, tensiones y frustraciones) es la actividad social que más cohesiona a los nicas, al margen de diferencias regionales (el Caribe y el Pacífico), de clases, religión, credo político y género. Por cierto, una fanática leonesa opinó: “El beisbol es emocionante, maravilloso y divertido. Aquí todos somos iguales.”