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Alguien habla y la piel reacciona, como si las palabras fueran dedos, acariciándote la parte más sensible de tu rebeldía. ¿Te ocurrió eso alguna vez? Se te abren los poros, como para recibir el agua, y dejas que la persona te hable por dentro, dejas que te encuentre. A mí me pasó el otro día. No la escuché por los oídos, sino por la piel. Pero primero te cuento.

Una mujer. Ciudad de Guatemala. 8 PM. La policía nos avisa con desgana que hay una mujer asesinada en una zona roja de la ciudad. En la patrulla están comiendo ceviche y esperan a terminarlo. Con un gesto de molestia se levantan. Les acompañamos para un reportaje sobre la violencia en Guatemala. Al llegar, dejan que el fotógrafo entre. Pisotea todo, lo toca todo, y no le dicen nada. No importa que se borren las huellas. Es como si pensaran “no es nadie”. Porque “alguien” significa que pertenecía a buena familia. Decenas de mujeres, como ella, terminan en el depósito de cadáveres sin ser identificadas, sin nadie que las reclame. No es que las desconozcan, es que muchas veces la gente tiene miedo de verse involucrada ante las preguntas de un cuerpo muerto. Está tendida a la entrada de un viejo cuarto. ¿Volvía entonces del trabajo o buscaba refugio cuando los balazos le tumbaron en el umbral?
700 mujeres asesinadas el año pasado. Ningún caso resuelto. El 92% de los crímenes en Guatemala quedan en la impunidad. Una vergüenza. Habría que comparar con los otros países de Centroamérica para asustarse. Qué ocurrirá en Nicaragua, por ejemplo.

Otra mujer. Ciudad de Guatemala. 9 AM. Se llama Helen Mack y está ardientemente viva. La cita es en su despacho. No hace falta dar la dirección a los taxistas, sólo decir “vamos a la fundación Myrna Mack”. Todo mundo la conoce. Todo mundo la respeta. Algunos han querido matarla, desaparecerla, pero no se han atrevido. Fue la primera mujer que llevó al banco de los acusados a un oficial del ejército por un crimen político, el que cometieron contra su hermana en 1990. El caso no fue resulto hasta 2004, después de todas las atrocidades cometidas por el ejército guatemalteco durante los años ochenta. Y ahora les digo lo que siento, hablando con ella. Tiene que ver con la piel.

Helen tiene los mismos rasgos chinos que su hermana, que está detrás de nosotros en un cuadro colgado en la sala de reuniones, y también en el aire. Se llamaba Myrna y la asesinaron cuando se encontraba realizando una investigación en las comunidades rurales de desplazados. Era un tiempo peligroso para una mujer que se metiera a investigar aquellas cosas. Un tiempo tan peligroso como el de ahora en Guatemala. Convertir los motivos políticos en arrebatos de pasión es de lo más normal para que los auténticos culpables, los autores intelectuales queden impunes. Es lo que trataron de hacer con su hermana: insinuar que si un amante; que si un accidente... Pero Helen no cayó en el juego.

Helen Mack habla con grandísimos esfuerzos para contenerse, porque en cuanto nombra la palabra “militar”, se le salen insultos como resortes, una rabia dominada para seguir trabajando, para ser efectiva. Su misma historia es tremenda. Hija de una familia acomodada; dedicada a la administración de empresas; pertenecía al Opus Dei; sus amistades eran las hijas de otros militares; es decir, el prototipo de una niña bien de derechas. Adoraba a su hermana mayor. No se involucraba en lo que hacía, pero el mismo día que la mataron, ella abrió los ojos. Lo hizo cuando apoyó su frente sobre la de su hermana y le pidió que le pasara toda la fuerza que ella tenía. Ya no volvió a ser la misma. ¿Se imaginan el tacto de la piel caliente sobre la fría? Helen buscó apoyo después en algunos jesuitas, y después en la gente, toda la gente de Guatemala que acudía a las marchas en contra de la violencia y la impunidad que ella protagonizaba. A su hermana la mató el mismo ejército que masacró a miles de campesinos, al obispo Gerardi, a tantos otros; el mismo poder, el mismo grupo de empresarios enriquecidos que Helen trató de desenmascarar recientemente como autores de una trama de adopciones ilegales que existe en Centroamérica. Otro negocio escandaloso. La mujer del presidente quiso saber quiénes estaban detrás y cuando
Helen le dio los nombres de quienes sospecha, las investigaciones cesaron misteriosamente.

Ella aún llora. Cuántas veces no habrá contado su historia, la de su hermana. Yo me confundo con sus nombres. A ella le llamo Myrna, como la fundación y como su hermana. Pero se llama Helen, aunque no le importa mi confusión, y me dice: “la muerte de mi hermana no hubiera tenido sentido sin la vida le dediqué después; y que vida no hubiera tenido sentido sin la muerte de ella”. Ahora no está sola. Helen es la suma de dos mujeres unidas por el crimen, y la pasión por la lucha de lo que es justo, aquello que da sentido a vivir y morir. Una mujer, dos mujeres, muchas mujeres seguirán cayendo en Guatemala, mientras no haya una respuesta, primero de protección, luego, judicial y más tarde, estructural comenzando por la Educación. Pero también habrá una mujer o dos mujeres como Helen Mack y su hermana Myrna.

Helen, a pesar de haber dejado el opus dei, sigue acordándose de una frase del cuestionado fundador de ese grupo conservador católico, que en otras palabras dijo que para la muerte hay que estar preparado donde ella quiera, como ella quiera, cuando ella quiera.

Y con respecto a mi piel, les juro que me dio escalofríos, no porque habláramos tanto de la muerte, ni porque imaginase la hermana invisible por el aire de aquel despacho. Sentí escalofríos por la vida; por el impulso de formar un instante al lado de los que luchan, aunque a veces pierdan. Una mujer, dos mujeres como ella, y muchas cosas vuelven a tener sentido. Y te olvidas de los recelos, las razones, las lecturas. Porque te vuelves todo de piel, y con la piel escuchas, y crees; y con la piel te encuentras.


franciscosancho@hotmail.com