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Mi experiencia en el Ministerio del Interior como jefe de prensa y relacionista público, convalidó algunas premisas a partir de las cuales el ejercicio del cargo puede resultar exitosa o fallida. En 1981 la popularidad de Tomás Borge no tenía parangón. La dimensión de su liderazgo fue evidente cuando se produjo la deserción de Edén Pastora y José Valdivia, ambos con rangos de viceministros en las fuerzas armadas sandinistas. Para amortiguar el impacto de la salida intempestiva de Pastora, la dirigencia revolucionaria encargó a Borge señalar las debilidades revolucionarias del Comandante Cero. De manera premonitoria durante un acto masivo, con esa propensión que Borge tenía de interrogar a los presentes, preguntó: ¿Edén por cuánto venderías tu carnet?

1.- La prueba de fuego.
Una de mis primeras pruebas ocurrió durante un viaje del Comandante Borge a Libia. El día anterior a su partida me indicó que invitara a los periodistas al Salón de Protocolo del Aeropuerto Augusto C. Sandino. En la tarde hice mi propio balance de su visita a la Jamahería Libia. La ofensiva contrarrevolucionaria había asomado sus colmillos. Estados Unidos se había indispuesto no sólo con Libia, también agredía diplomática y militarmente a la recién triunfante revolución nicaragüense. El Coronel Maummar Kadhafi había sido acusado de terrorista por los yanquis. La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) cuestionaba el comportamiento de la revolución en el terreno de los medios. Estas circunstancias me convencieron que lo mejor era que Borge partiera a Libia sin ninguna estridencia.

A la mañana siguiente llegaron a despedirlo el Comandante Daniel Ortega, en su calidad de miembro de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional. Igualmente los comandantes René Vivas Lugo y Lenin Cerna Juárez. Las pláticas se desarrollaban en un ambiente animoso. El tiempo acababa. El Comandante Borge me llamó aparte y me preguntó: ¿Y los periodistas? No van a venir, respondí. ¿Por qué no? Creo que tratándose de un viaje a Libia consideré que mejor no vinieran, agregué. Me quedó viendo y con la mayor serenidad del mundo me dijo: Yo te doy las órdenes para que las cumplas no para que deliberes.

2.- Cero y van dos.

El 13 de noviembre se produjo un ataque armado contra el puesto fronterizo del Guasuale. Borge consideró una obligación visitar el sitio. Las razones eran obvias. Se necesitaba enviar un mensaje claro a la nación. Una de las cualidades de los dirigentes sandinistas es haber ganado su credibilidad a base de avalar sus palabras con hechos. A diferencia de otras expresiones políticas, por defender sus ideales eran capaces de ofrendar sus vidas.

El sandinismo cautivó la mente y los corazones de los nicaragüenses debido a su terquedad histórica. Como expresó en versos inmortales el poeta Leonel Rugama: “No decían que luchaban por la patria, sino que morían”. Ante tanta doblez su moral seducía a los jóvenes. Mientras liberales y conservadores se repartían los cargos públicos, en pactos y componendas políticas, los sandinistas se inmolaban en las catacumbas. Esa actitud les diferenciaba de todas las demás fuerzas políticas. No se parecían a nadie. Luchaban porque Nicaragua dejara de ser una hacienda y el Estado un botín. El somocismo se había enriquecido comprando bienes y conciencias. Controlaba todos los poderes del Estado. Los sandinistas eran su antítesis.

El día anterior al viaje al Guasaule convenimos invitar a los periodistas para que constataran que el ataque provenía de territorio catracho. Una mala señal. Todo presagiaba que los militares hondureños se habían echado en brazos de la Central de Inteligencia Americana (CIA). El ascenso de Ronald Reagan, el halcón fiero, intensificaba el involucramiento de los Estados Unidos en las acciones emprendidas contra Nicaragua. La invitación la hice extensiva a la prensa internacional. Se requería demostrar al mundo que la revolución recibía ataques desde todos sus flancos.

La cita con los periodistas fue en la sede de la Policía Sandinista en Chinandega. A Borge lo acompañaban los Comandantes René Vivas, Manuel Salvatierra, Jefe II Región Militar del EPS; Sergio Mendoza, Jefe de la II Región del Ministerio del Interior; Walter Ferreti, Jefe de Operaciones de la Seguridad del Estado; Capitán José Figueroa Aguilar, Asistente del Ministro Borge. En la improvisada rueda de prensa Borge señaló que se trataba de una provocación que ponía en riesgo las relaciones entre Honduras y Nicaragua. Se refirió a que nada ni nadie detendrían los procesos de cambios emprendidos por la revolución.

Entre los periodistas estaba un uruguayo que quiso saber qué criterios le merecía la Sociedad Interamericanas de Prensa. ¿Comandante que piensa usted de la SIP? Formularle una pregunta a Borge de esta manera, era como desafiar a un bateador de trescientos puntos con una bola franca por el centro del plato. Con una sonrisa maliciosa se empinó para coger fuerza e impulsar más lejos la pelota. La SIP... empezó a decir entusiasmado, cuando corté a tajo su entusiasmo. En relación a esta pregunta puedo decirles que una delegación de este organismo se reunió en la Casa de Gobierno con el doctor Sergio Ramírez y de ahí saldrá la posición oficial del gobierno nicaragüense, expresé.

A renglón seguido Borge agregó: La SIP... la SIP... la SIP... El recién fallecido periodista Luís Mora Sánchez, con quien tuve una relación muy profesional durante mi estadía en el Mint, reprodujo esta expresión en el diario La Prensa el día martes 16 de noviembre.

3.- La tercera no siempre es la vencida.

En mi carácter de jefe de prensa acompañé a Borge en varias ocasiones a México, Venezuela y Panamá. A comienzos de los ochenta el liderazgo mexicano en América Latina era ostensible. Su apoyo a la revolución nicaragüense, firme y decidida, era en distintos órdenes; también abrió un paraguas en la defensa de la revolución. El dispositivo fue la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina (COPPAL). México le daba vida, la mantenía y ocupaba por derecho propio su presidencia. Eran tiempos en que su política exterior granjeaba simpatías al PRI. Borge era uno de sus vicepresidentes.

La COPPAL era una especie de muro de contención. Durante sus cónclaves apoyaban a la revolución agredida por la administración Reagan, como expresión de solidaridad al gobierno sandinista. Borge era una figura reconocida en el ámbito continental. Su personalidad, una mezcla de revolucionario terco, vejado y torturado, inclaudicable, poeta de medio tiempo y orador inspirado, llamaba la atención. Temido por sus adversarios y amado por las multitudes que pedían a gritos que hablara en los mítines, pese a que no le correspondía dentro de esa división en el uso de la palabra que estableció el directorio sandinista. “Tomás”, “Tomás”, “Tomás”. Deseaban escucharle. ¿Hasta dónde esa popularidad generó celos y afectó finalmente su carrera hacia la presidencia del país dentro de las filas sandinistas?

En noviembre durante una de mis últimas giras acompañándole al exterior, me envió a Panamá como parte de una avanzadilla para medir la temperatura política. Con su proverbial hospitalidad, Francisco Quiñónez Reyes, me pidió hospedarme en su residencia en La Cresta, un barrio de clase alta. El embajador nicaragüense tenía buenas relaciones con buena parte del grupo de asesores personales del General Omar Torrijos. Chico nadaba como pez en el agua entre el mundo diplomático panameño. Me acompañó al Hotel Holiday Inn frente al Aeropuerto Tocumen. Leí los diarios panameños y platiqué con periodistas que cubrirían la reunión de la COPPAL. La temperatura transcurría cálida.

Borge llegó acompañado del comandante René Vivas y de Chepe León Talavera, Vice Ministro de Relaciones Exteriores. Desde su arribo se dedicó a dialogar con los delegados de México, Brasil y Panamá. Previo al inicio del encuentro Borge brindó una conferencia de prensa. Los periodistas tenían especial interés de saber cómo marchaban las cosas en Nicaragua. A las diez de la mañana comenzaron a interrogarle. A medida que avanzaba la conferencia Borge arreciaba los disparos de su carabina. En la pregunta acerca del balance de fuerzas regionales, subió aun más el tono.

Atacó con virulencia a Reagan y de manera especial al General Alexander Haig. Se había preguntado antes si el jefe de la diplomacia norteamericana no estaba en un siquiátrico. En ese momento indiqué que Borge únicamente respondería una pregunta más. Salimos hacia su habitación, en el camino me reprochó por haber terminado tan pronto la conferencia. Cumplo mi papel. Vine aquí para conocer el ambiente y de esta manera conducir la entrevista. Pero te paseaste en mí. ¿Por qué? México está proponiendo una tregua verbal. No ves que ya no podré despacharme hermoso durante un tiempo.

4. Las lecciones.

Su primer reclamo por no llevar los periodistas al aeropuerto ratificó que yo no servía para la vida militar. No tuvo ninguna consecuencia en nuestra relación profesional. En los cargos de prensa no basta saber sobre todo se requiere gozar de la confianza. En el segundo caso me dijo hiciste bien. De seguro hubiera desentonado. Desconocía los resultados del diálogo con la SIP. En el tercero cometió el error de no informarme cómo marchaban las negociaciones entre Estados Unidos y Nicaragua en ese momento. ¡Asumió con entereza que el error había sido suyo, no mío!