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Del 7 al 18 de diciembre del presente año se celebrará en Copenhague, Dinamarca, la 15º Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas para el Cambio Climático. El objetivo es negociar el documento que sustituya el Protocolo de Kyoto, el acuerdo internacional sobre cambio climático; sin embargo, según informaciones periodísticas sobre las cumbres previas, el clima de negociación no está para acuerdos, por lo que se espera que haya otra cumbre para la resolución definitiva.

Los gobiernos acordaron en diciembre de 1997, en Kyoto, Japón, el Convenio Marco sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas, conocido como Protocolo de Kyoto. Entró en vigencia el 16 de febrero de 2005, después de que 55 naciones lo ratificaron. La primera fase expira en el 2012. Mediante el Protocolo, los países desarrollados se comprometieron a reducir, entre el 2008 y el 2012, las emisiones de gases de efecto invernadero a un nivel inferior en no menos de 5% al que tenían en 1990 (Art. 3). Sin embargo, no todos han cumplido. Y Estados Unidos, el mayor contaminador (junto con la emergente China), ni siquiera lo firmó.

El “efecto de invernadero” es un fenómeno natural de gases que retienen el calor del sol en la atmósfera de la Tierra, lo cual hace posible la vida, de lo contrario habría mucho frío. Pero estos gases de origen natural y necesarios para la vida, se han incrementado desproporcionadamente por la acción de los seres humanos, a tal punto de aumentar la temperatura. Entre ellos se encuentran el dióxido de carbono, el metano y el óxido nitroso, ozono, que son liberados por la industria, la agricultura, la ganadería, los residuos y la acción de los combustibles fósiles (carbón, petróleo, gases naturales).

Además de los acuerdos sobre reducción de gases de efecto invernadero, el Protocolo de Kyoto incluye el Mecanismo de Desarrollo Limpio (Art. 12) que habilita a los países industrializados a comprar acciones en proyectos que reducen las emisiones; y a cambio, adquirir certificados de reducción de dichas emisiones. Es decir, este mecanismo les permite comprar aire limpio en los países pobres, mediante proyectos que capturen dióxido de carbono, como los bosques. Apoyan proyectos ambientales y como compensación obtienen un certificado que les permite seguir contaminado.

Si se busca reducir las emisiones, lo lógico sería que financien esos proyectos de reforestación o conservación de bosques (pero no de plantaciones exóticas ni monocultivos) y otros de desarrollo limpio; y a la vez disminuyan la contaminación en su propio país y en sus emprendimientos en otros países. Esta es una de las cosas que se deberían aprobar en los nuevos acuerdos; pero quienes verdaderamente negocian son los países ricos, mientras probablemente los países pobres no cuentan con recursos para tantas reuniones previas ni para varios asesores y participantes en todas las mesas paralelas de negociación. La única forma sería la participación en bloque de los subdesarrollados, mediante acuerdos concretos, además de protestas.

Después viene la puesta en práctica. Unos países no cumplen porque no quieren, otros porque no pueden, de ahí que se espera que la Conferencia de Copenhague también apruebe los recursos que los países que han contaminado van a disponer para el cumplimiento de los acuerdos y los planes de adaptación, mitigación y desarrollo de los países pobres. Porque los instrumentos internacionales implica darlos a conocer (comenzando por traducirlos a un lenguaje menos técnico), introducirlos al Derecho interno mediante leyes y reglamentos, programas concretos para su implementación. Todo lo cual requiere de tecnologías, personal capacitado y recursos financieros. Esto lo contempla el protocolo de Kyoto en sus artículos 10 y 11. En verdad, estos acuerdos, aun cuando tengan vacíos o contradicciones, son instrumentos con ideas valiosas. El único problema es cuando no se cumplen.

Desde ya, los efectos del cambio climático los están sufriendo los más pobres: sequías, inundaciones, migración, escasez de agua potable, enfermedades, más hambre: “Martha Wilson, quien ha vivido desde su infancia en esa comunidad, manifestó que si bien es cierto la crecida del río Wawa es normal cada vez que llueve intensamente, ésta no se compara con ninguna de las anteriores.” (END 8 noviembre). Igual sucedió con el huracán Félix, después que pasó, los ríos se desbordaron, ya lo sabemos. Y los científicos lo dicen una y otra vez: hay y habrá cambios en el clima, incluidas las temporadas de huracanes. Y nos lo reiteró el reciente huracán Ida fuera de la época de huracanes.

Ante esta situación y la poca incidencia de los países pobres en los acuerdos internacionales, no nos queda más que reducir la vulnerabilidad y adaptarnos a los efectos del calentamiento global, junto a acciones que eviten más contaminación y depredación. Es tarea de todos, no sólo del gobierno. Todas las instituciones, organizaciones, municipios, sectores, etc. debemos adquirir conciencia de la necesidad de tomar medidas en respuesta al cambio climático, inventando acciones para evitar mayores estragos a quienes sufren las consecuencias, pero que no tienen la culpa de la destrucción del planeta, especialmente los niños y las niñas, que se merecen y necesitan una herencia distinta, con alimentos, agua, salud, vivienda, educación. Parques, juguetes y sonrisas. Pero los sueños de los Objetivos de Desarrollo del Milenio ya ni se mencionan.