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(Primera Parte)

La incapacidad de la derecha nicaragüense y de sus aliados para conectarse emocional y discursivamente con los pobres de Nicaragua --que son la mayoría que necesitan para alcanzar sus objetivos electorales-- es impresionante. Los ejemplos de Eduardo Montealegre y Antonio Lacayo son paradigmáticos. A pesar de que ambos han vivido soñando con la silla presidencial, ninguno ha sido capaz de articular un discurso y una imagen que los identifique con el pueblo.

Esto quedó demostrado a finales del mes pasado, cuando ambos lanzaron la iniciativa de una coalición antidanielista. No se les ocurrió hacerlo en el Reparto Schick; o en Muelle de los Bueyes; o en Bilwi. Lo hicieron en las flamantes oficinas del Diálogo Interamericano en Washington, y, para remate, hablando en inglés.

La derrota de Daniel Ortega en las próximas elecciones, dijeron Montealegre y Lacayo en sus presentaciones, es un imperativo para la defensa de la democracia en Nicaragua. Y para alcanzar este objetivo, están dispuestos a reconocer el poder que tiene Arnoldo Alemán y negociar con él.

A continuación, mis observaciones sobre la reunión organizada por el Diálogo Interamericano, basadas en la grabación de las presentaciones hechas por los líderes de la derecha nicaragüense que participaron en ella, así como en fotos y reportajes difundidos por los medios de comunicación del país. La grabación está registrada en la página web del Diálogo Interamericano (http://www.thedialogue.org/). Desafortunadamente, ésta no incluye la sesión de preguntas y respuestas que tuvo lugar después de las presentaciones.

La pistola de la derecha

El primero en hablar fue Arturo Cruz Sequeira, quien ofreció una atropellada justificación de la necesidad de incluir a Alemán en la gran coalición antidanielesta para la que él ahora trabaja. Después de Cruz, el arnoldista Francisco Aguirre Sacasa correspondió a la propuesta de inclusión del PLC y de Arnoldo Alemán en la coalición antidanielista, señalando que los liberales también estaban dispuestos a asociarse con grupos como el Movimiento Renovador Sandinista (MRS).

Luego habló Eduardo Montealegre, quien expuso un plan de trabajo para lograr la unificación de la oposición nicaragüense y la victoria electoral en 2011. Su plan, dijo, contempla la eliminación del control que mantiene el FSLN sobre el Consejo Supremo Electoral y otras instituciones.

Finalmente, Antonio Lacayo habló para expresar su confianza en la posibilidad de derrotar a Daniel Ortega mediante la articulación de lo que él llamó una “gran unidad nacional”, en la que participarían los liberales de Arnoldo Alemán. Es interesante observar que si la “gran unidad nacional” llegara a convertirse en el nombre oficial de la coalición que propone Lacayo, ésta tendría como acrónimo las letras que forman la palabra GUN, que en inglés significa “pistola”.

Haciendo gala de la tradicional y torpe “viveza nica”, los expositores antes mencionados evitaron hablar de las brutales contradicciones que forman parte de su proyecto de unidad antidanielista. Esta “viveza” no forma parte de la “inteligencia política” estadounidense, por lo que las omisiones de los líderes de la derecha nicaragüense en la reunión de Washington deben haber lucido como muestras de desfachatez o puerilidad. ¿Qué otra cosa pensar de un Eduardo Montealegre que ahora disfraza de pragmatismo político su fracasado intento de desplazar a Arnoldo Alemán como líder de la derecha liberal en Nicaragua?
Los políticos estadounidenses mienten --y en grande-- pero no con la impresionante falta de sofisticación con que lo hacen los nuestros. Para mentir políticamente en los Estados Unidos es necesario vender la mentira como verdad. Así lo hizo –o por lo menos intentó hacerlo-- George W. Bush para justificar la invasión a Irak. Su antecesor, Bill Clinton, hasta tuvo que crear su propia (in)definición del acto sexual, para argumentar frente al público y frente a la justicia que él no había mentido cuando --bajo juramento-- negó haber hecho lo que hizo en sus encuentros íntimos con Mónica Lewinsky. Los ejemplos siguen y son interminables. Basta señalar que los Bush, los Clinton y hasta los Nixon, mienten, pero tienen que esforzarse para no lucir como mentirosos.

En Nicaragua, por el contrario, se practica una política que no necesita justificaciones. Los políticos cambian de posiciones o se contradicen abiertamente, sin tener que hacer un esfuerzo para explicar sus actuaciones. Así, en Nicaragua se puede ser socialista hoy, y corrupto empresario capitalista mañana, sin abandonar la identidad “socialista” y sin explicar las contradicciones que significan estos cambios. O se puede ser candidato presidencial anti-sandinista --como lo fue Antonio Lacayo en 1996--, para luego resurgir en el agitado escenario político nicaragüense disfrazado de canciller-designado de un posible gobierno dirigido por Daniel Ortega en 2001, antes de aparecer, en la reunión del mes pasado en Washington, como candidato a líder de la lucha para derrotar al que antes aceptó tener como su jefe. Y mejor resistir la tentación de usar el ejemplo de Arturo Cruz Sequeira, porque no terminaríamos. Señalemos, simplemente, que en el sórdido e impresentable mundillo de la política nica, los Lacayo, los Montealegre y los Cruz pueden condenar a Arnoldo Alemán como enemigo de la democracia, o presentarlo --como lo hicieron en Washington-- como un aliado imprescindible para la defensa de la misma. Todo esto, sin sentir la necesidad de explicar la lógica política y ética de sus posiciones.

Cuando se practica una política sin justificaciones, la mentira brota con la fluidez y naturalidad con la que emana la inmundicia de las cloacas de Managua después de un fuerte aguacero. Lacayo, por ejemplo, pudo decir, sin atragantarse, que durante el período 1990-2006 Nicaragua había mantenido la “ruta” de la democracia, a pesar de que estos años incluyen el gobierno de Arnoldo Alemán, denunciado en múltiples ocasiones por el mismo Lacayo como el líder de un gobierno profundamente antidemocrático.

Lacayo también habló de lo que él llamó el “milagro” de 1990. Y como si estuviese hablando frente a un grupo de extraterrestres desinformados, explicó que el triunfo de la Unión Nacional Opositora (UNO) en 1990, se debía a “tres causas”: la voluntad de los partidos de oposición para integrar una coalición anti-sandinista, la supervisión internacional electoral y la celebración de elecciones libres. El “milagro” de 1990, señaló Lacayo, puede repetirse en 2011.

En la mente de Lacayo --o al menos en lo que revelan sus palabras--, la ayuda de los Estados Unidos a la Contra y a la UNO, no tuvo nada que ver con el “milagro” de la victoria de la oposición anti-sandinista. ¿Ingenuidad? ¿Deshonestidad intelectual? ¿“Viveza” criolla? ¿O un mensaje subliminal que expresa la necesidad que siente la derecha para obtener nuevamente el apoyo de Washington para llegar al poder?

Arturito, Arturito ¿para dónde vas tan serio?
Todas las tragedias nicas --y el debut del circo ambulante de la derecha en Washington es una de ellas-- contienen algo de comedia. En el lanzamiento en Washington del proyecto político de la derecha nicaragüense, el toque cómico lo puso Arturo Cruz Sequeira, el inevitable, incansable, insufrible y cada vez más impresentable, “Arturito”. Cualquiera que escuche la grabación del evento en la página web del Diálogo Interamericano, podrá escuchar a Peter Hakim, el Presidente del Diálogo, bufoneando públicamente a Cruz. Podrá también escuchar las carcajadas de una audiencia que, obviamente, pudo captar la ironía contenida en las palabras de Hakim cuando, al presentar a Cruz, señaló que éste estaba situado, “como siempre”, en “el extremo izquierdo” de la mesa. La audiencia reaccionó con una explosión de risa, porque muchos de los que estaban presentes en la reunión conocen la errática trayectoria de Cruz y saben que su posición política es, para decirlo de alguna manera, inclasificable.

Hakim terminó de presentar al resto de los invitados nicaragüenses y luego le otorgó la palabra a Cruz, el primer expositor de la reunión. Hakim, sin embargo, parece que no pudo resistir la tentación de mofarse nuevamente de Cruz y preguntó: ¿“Qué está pasando (en Nicaragua) Arturo? ¿Y qué haces tú aquí?”

La risotada de la audiencia no se hizo esperar. Cruz tuvo que elevar la voz y hacer un esfuerzo para iniciar su presentación en medio de la hilaridad causada por la pregunta de doble carga de Hakim. Todo el mundo entendió que lo que éste realmente preguntó fue: “¿Qué carajos hacés aquí vos, Arturito, formando parte de una coalición antidanieliesta si hasta hace unos días viajabas en primera clase y te desplazabas en los corredores de Washington en representación del que ahora considerás el principal peligro para la democracia en Nicaragua?”

La risa que provocó la presencia de Cruz en la reunión del Diálogo, marcó el tono de la reunión. Todo lo que dijo Cruz y sus acompañantes tuvo como telón de fondo el eco de las carcajadas que produjo, en una capital que conoce muy bien el arte de la mentira política, la falta de sofisticación e inteligencia de los encorbatados derechistas nicaragüenses.

Montealegre y Lacayo seguramente calcularon que los “conectes” de Arturito en la capital estadounidense –exagerados ad infinitum por Cruz en Nicaragua--, y su “pegada” de profe del Incae, elevarían el valor de la propuesta que llegaron a negociar. A propósito del Incae, debo decir que lo más interesante que aprendí de la reunión de Washington es que Cruz participó en ella como “miembro” de ese instituto. “I am here as a member of Incae”, dijo al inicio de su exposición. ¿Participa entonces el Incae en los esfuerzos de la derecha nicaragüense para crear su pistola, la Gran Unidad Nacional (GUN)? Y conociendo que el Incae es sumamente riguroso con el cobro de sus servicios ¿quién financia la asesoría que presta Cruz a la derecha nica?