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La naturaleza, con leyes misteriosas de armonía, impacta los sentidos y a cada paso da patrones de belleza que el arte intenta recrear en la imaginación. Pero, el gozo espiritual más intenso, probablemente se esparza a voleo sobre el terreno sensible de nuestras emociones cuando alguien se levanta incólume del fango, con el alma limpia entre los dientes (apretadas las mandíbulas en parte por la rabia, y en parte por la soledad de mantenerse a flote sobre la degradación moral que este gobierno vierte a manotazos en la sociedad).

Con la emoción con que un aficionado percibe una obra de arte, yo respeto la moral solitaria de Liseth De Trinidad, que de forma callada, sin alardes, resiste la degradación imperante. Hoy, ella encarna la bandera de lucha interna por la propia dignidad.

El gobierno desconoce cuánta moral y autorespeto permanezca íntegro en las filas de los empleados públicos. Sin mucha lógica, montó una maniobra torpe para desprestigiar a un opositor liberal, acusándole de bordear el medidor de agua con una tubería oculta, para robar agua. La mente burocrática que urdió el plan incurrió en la confianza oficinesca de suponer que cualquier empleado público, por definición, en la medida que se viese involucrado por la secuencia de la patraña criminal, participaría en ella sin cuestionamiento alguno (a pesar de no haber sido convencido, seleccionado y entrenado de previo en la conspiración).

El plan en sí, nace de un alarde de comportamiento marginal. Del mismo instinto nihilista de donde el pandillero toma también su inspiración para atacar al transeúnte, a fin de perturbar sin razón el curso tranquilo de la vida.

El gobierno ha confundido el rol del convencimiento ideológico, con la simple carnetización obligatoria. Incapaz de atraer a ningún sector social hacia una militancia partidaria voluntaria y consciente a partir de consignas que adelanten un programa concreto de acción social, se deja engañar por los efectos superficiales que administrativamente obtiene con la represión burocrática sobre los empleados públicos. Sin embargo, en cada peldaño de humillación que le hacen descender, el empleado público hace un balance interior de contabilidad con su propia conciencia, como precio a pagar por conservar un medio de subsistencia.

Éste, por ahora, fundamentalmente, es un balance moral de consecuencias prácticas, que encierra, sin embargo, una sublevación creciente en la conciencia. Que sólo espera una señal oportuna de carácter colectivo. Baste recordar a este propósito, la brutal represión de Nicolae Ceausescu a una manifestación en favor de los derechos humanos en la ciudad de Timişoara, Rumania, que originó una serie de manifestaciones populares que en un santiamén acabaron con su dictadura.

¿Existe la moral, como elemento que incida efectivamente en la política? Por supuesto que sí. La moral, como toda ideología, tiene carácter de clase. La burguesía, la pequeña burguesía, la burocracia, tiene cada una su propia moral, acorde con sus intereses y privilegios. Todas ellas, sin embargo, pretenden que la moral tenga carácter general, abstracto, con base a principios ideales (con los cuales, en el fondo, inducen a la resignación y a la pasividad a los trabajadores). De ahí que Ortega, ahora, desde el gobierno burocrático, sea el principal predicador de una moral divina que se origina en un ser superior, cuya voluntad él ha sido llamado a cumplir y a interpretar. En sus discursos, como un pontífice, proclama lo que en un diálogo íntimo le ha expresado el Padre Eterno, la virgen de Guadalupe, la Virgen de la Plata; Santo Domingo, etc. Con ello, pretende darle a su gobierno un carácter mesiánico, es decir, apela a la creencia más primitiva de los pueblos en la intervención divina, que les somete por fe a profetas ungidos por el misterio celestial. Por ello, limita cuanto puede el uso de la razón.

Sólo el proletariado expresa claramente que su moral tiene carácter histórico, concreto. La del proletariado es una moral de lucha, soportada en un programa de transformación de la sociedad, que se guía por el principio de los explotados: es decir, por la abolición de la explotación humana.

Por su parte, sin lógica alguna, el gobierno ha decidido despedir a De Trinidad por emitir una constancia, como funcionaria de INAA, en la que ratifica que no hay base técnica para suponer que en la casa del opositor liberal hubiese un intento de fraude en la medición del agua potable.

El gobierno argumenta, al despedir a De Trinidad, que ella es parte de una conjura para ocultar el fraude. La burocracia no parece percatarse de que se separa cada vez más de la lógica, a medida que continúa con un plan que atropella la independencia profesional del empleado público.

Para entender la base material, es decir, la base social, de esta falta de lógica de la burocracia política, recordemos la fábula de la rana y el escorpión.

El escorpión pidió a la rana que le permitiera cruzar el río sobre sus espaldas. Ésta le rebatió que a medio río le clavaría el aguijón. Entonces, el escorpión replicó: No es lógico; porque moriríamos ambos. Yo terminaría ahogado.

Accedió la rana, con base a la lógica que expresara el escorpión. Sin embargo, a medio río, el escorpión le clavó el aguijón. Entonces la rana, en trance de muerte preguntó: ¿Y la lógica, dónde falló? El escorpión, mientras se hundía en el agua, respondió: Es mi carácter… Es mi naturaleza de animal ponzoñoso… que prevalece sobre la lógica.

La naturaleza, el carácter de la burocracia en el poder es prepotente, embrollado. Por ello, improvisa; carece de ideología coherente; exalta lo superficial y anodino; predomina su gusto por lo inútil, si es exorbitante y llamativo; ama tanto la demagogia hasta el punto de caer en sus propios embustes; y no tiene otro programa para mantener su propio orden burocrático ineficiente, que la represión combinada con una dosis mayor de corrupción y de chapucería divina.

Ante ello, las fuerzas de oposición en el parlamento deberían promover una ley, con el nombre de Liseth De Trinidad, para que el empleado público que sea despedido por mantener su integridad profesional, acceda a una pensión con la que la sociedad estimula la dignidad personal, como un derecho humano básico frente a la burocracia. La lucha política, por un programa progresista, debe plantearse, también, en el terreno moral, donde De Trinidad ocupa, sin buscarlo, una posición de vanguardia que es preciso resaltar y mantener.

*Ingeniero Eléctrico