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“Usted ya tiene el premio Nobel… ¡ahora gáneselo”! Ese fue el mensaje del cineasta estadounidense Michael Moore, a su presidente Barack Obama, el día que éste daría su mensaje sobre Afganistán en la academia militar de West Point. Pero el hombre en el cual el pueblo pacifista de Estados Unidos y del mundo había depositado su confianza en que no seguiría el belicismo de su antecesor, George W. Bush, decidió no ganarse el premio Nobel de la Paz, aunque sigue dispuesto a recibirlo.

En menor grado, este premio Nobel de la Paz para Obama es el segundo que ha dejado perpleja a la humanidad, después del premio otorgado a Henry Kissinger. Son dos situaciones y personalidades distintas, pero la misma ironía. A Henry Kissinger se lo dieron después de haber sido uno de los autores de la agresión al pueblo chileno, por medio del golpe militar fascista de Augusto Pinochet, y ahora se le entregará a Barack Obama, cuando ni siquiera había ido más allá de la promesa de ponerles fin a las guerras de Bush, y lo recibirá después de haber confirmado continuar la matanza en Afganistán, enviando treinta mil soldados más.

No son contradicciones conceptuales las que provocan la perplejidad universal por los premios Nobel de la Paz para quienes, aunque de formas distintas, están vinculados a las guerras, sino la persistencia de mirar positivas las buenas intenciones de salvar a la humanidad del terrorismo –y, por ende salvar el sistema capitalista— con el terrorismo estatal. Y la predilección es hacia los gobernantes del país autoproclamado policía del mundo.

Es el autoconvencimiento de que ser juez y parte sobre la paz y la guerra, la vida y la muerte para millones de personas, es para salvar a la humanidad, la cual, en la práctica, para ellos tiene su mejor expresión en el país que más guerras ha desatado en el mundo. Barack Obama, lo reafirmó en su discurso. Continuar la guerra contra Afganistán es para transferir a su gobierno cipayo la seguridad de que sabrá defenderse solo del terrorismo. Y mientras más y de mejor manera se luche contra el terrorismo lejos de sus fronteras, más estará defendiendo la libertad, la democracia y el bienestar de la sociedad norteamericana. En palabras más cultas, Obama reprodujo las ideas de Busch –que han sido las de todos los gobernantes estadounidenses—, ajenas a todo sentido humano por la suerte de millones de seres humanos no estadounidenses. Chouvinismo, racismo y otras aberraciones se reflejan en la psicología imperial que ve, ubica y trata al resto de los seres humanos como de tercera o cuarta categorías, y sólo merecedores de su desconfianza de ser una permanente amenaza a su sistema “democrático” de vida.

¿Quiénes ganan con esas aberraciones? No son todos los que habitan en los Estados Unidos y otros países del primer mundo, sino las elites del poder y dueñas del complejo militar industrial, del gran capital financiero y quienes les prestan sus servicios dentro del círculo de poder que controla las políticas del Estado. El presidente Barack Obama, no está ni siquiera próximo a este círculo de poder, pese a ser el presidente, pero atrapado por sus férreas estructuras, junto a sus ideales y promesas liberales de que hace gala en sus discursos. Y un representante de esa elite, Robert Gates, entró por la puerta grande –la Secretaría de Defensa o de Guerra, que es lo real— de su gabinete. Bien pudo no haberle gustado, pero tampoco está en capacidad de opinar que no le gusta.

Millones de ciudadanos estadounidenses, igual que Michael Moore y Susan Sarandon, están frustrados con la debilidad demostrada por Obama ante el poder de los monopolios que hacen negocios con las guerras. No es que ellos, ahora están descubriendo la existencia del poder real que orienta las políticas del gobierno de su país –sea cual sea el color de la piel que tenga el presidente—, sino que se habían esperanzado, como todos en el mundo, con la idea de que con Obama se iniciaría, sino la ruptura, al menos la resistencia a que cumplir fielmente los dictados de las políticas imperiales emanadas de los reyes del capital.

Comienza a desinflarse el globo de las esperanzan en los cambios en la orientación del gobierno de los Estados Unidos. Sin restarle aún el crédito a la sinceridad de Obama, millones de ciudadanos del planeta acompañan a los estadounidenses en su frustración. Entre estos millones de desencantando con la actitud de Obama, no faltan políticos y gobernantes de izquierda que sumaron sus esperanzas de que una nueva época nacía con su presidencia. No se puede negar que todavía sus discursos las alientan esas esperanzas, pese a la contradicción que está creando con sus hechos.

De República Dominicana a Irak y Afganistán –pasando por Vietnam, Grenada, Haití, Panamá, Chile, los gorilatos del Cono Sur y Nicaragua en sólo 44 años, de los doscientos años de injerencia y agresiones militares estadounidenses en el mundo—, la humanidad no ha conocido en la política exterior estadounidense ningún interés por la paz. A pesar de ello, y descontando a quienes se identifican económica e ideológicamente con el sistema político de los Estados Unidos, millones de personas creyeron ver y aún esperan ver que Obama haga alguna modificación de su política exterior.

No es posible ignorar corresponsabilidad en las acciones imperialistas, al papel ominoso y traidor de las clases gobernantes de los países agredidos por los Estados Unidos. En Irak y Afganistán, como en Nicaragua, ha habido alcahuetes de los agresores. Pero también están los pueblos, que no renuncian a la defensa de su soberanía. En Afganistán, en el ejército de los cipayos hay deserción y aumento de drogadicción, como falsa respuesta a la invasión de su país, y fruto de la descomposición moral generalizada.

Las simpatías hacia Barack Obama no mermarán considerablemente por este traspié de su política exterior. Unas personas, porque conocen la naturaleza imperialista del sistema, y saben cuan difícil puede ser para un gobernante como Obama enfrentar su influencia; otras, porque sinceramente anhelan la paz para el mundo; y unas más, por sus simpatías por el pueblo norteamericano. Pero aún hay poca conciencia del peligro cierto de que a Obama no sólo le impidan cumplir sus promesas, como su proyecto de cambiar el sistema de salud en pro de los treinta o más millones de personas que carecen de asistencia médica. Se lo impiden los representantes de las elites del gran capital en el Congreso, que no ponen reparos al gasto miles de millones de dólares para la muerte en otros países.

Las concesiones de Obama no calman el odio de los racistas que no ocultan sus intenciones homicidas en su contra. Las clases populares y medias están sometidas a una poderosa campaña de deformación ideológica, condicionándolas para que justifiquen el odio contra su presidente y su intención criminal. La concesión que les hizo en la guerra contra Afganistán, es también una amenaza a la paz del resto del mundo, lo cual mantendrá en dudas la efectividad del Premio Nobel.