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El creciente escepticismo y las negociaciones estancadas han culminado en el anuncio de que la Conferencia sobre el Clima de Copenhague no resultará en un acuerdo climático global e integral. ¿Una desilusión? Por supuesto. Pero la cumbre sobre el clima de Copenhague siempre estuvo pensada como una medida de transición. Lo más importante a considerar es hacia dónde vamos desde aquí.

La frase “el día después” con frecuencia está asociada con la palabra “resaca”. La falta de un acuerdo vinculante podría implicar una resaca global, y no sólo por un día. Harta de las predicciones apocalípticas, la gente quería que en Copenhague se produjera un milagro. De modo que la percepción de un fracaso puede causar una pérdida de confianza masiva y tal vez irreversible en nuestros políticos. No sorprende, entonces, que los gobiernos hayan intentado manejar con cuidado nuestras expectativas.

Quienes toman decisiones no han percibido lo cerca que puede estar el mundo del “punto de inflexión” climático. Pero, mientras que el clima desbocado sigue siendo un riesgo, la política fuera de control ya es un hecho. Las negociaciones oficiales están alejadas de la realidad. De acuerdo con la ciencia más reciente, las propuestas actuales en proceso de negociación resultarán en un calentamiento de más de 4ºC durante este siglo –el doble del máximo de 2ºC acordado por el G-8 y otros líderes-. Eso deja una probabilidad superior al 50% de que el clima del mundo vaya más allá de su punto de inflexión.

Un acuerdo basado en los parámetros que hoy están sobre la mesa de negociaciones por ende nos pondría en una posición más peligrosa que un juego de ruleta rusa. Para evitar tanto la resaca global de un acuerdo inexistente como el autoengaño de un acuerdo débil, se necesita un gran avance –y todavía se lo puede lograr en Copenhague.

Nuestra mejor apuesta hoy es un proceso de dos pasos. Los estados deberían asumir un compromiso político con un esquema que incluyera objetivos generales, un marco institucional y promesas específicas de una pronta acción y financiamiento. La declaración debe estipular que es necesario finalizar un acuerdo legalmente vinculante mediante una eventual COP15-bis en 2010. Esto les permitiría a Estados Unidos y a otros países sancionar la legislación necesaria, y les daría tiempo a los negociadores de las Naciones Unidas para traducir la Declaración COP15 en una estructura legal apropiada y factible. Si esto implica una reformulación total del documento actual, que así sea.

Por otra parte, podría resultar necesario realizar una conferencia de revisión en 2015 para ajustar nuestros objetivos y planes a las nuevas realidades. Por lo tanto, es más importante que nunca que los jefes de Estado asistan a la conferencia de Copenhague, ya que esta solución de dos pasos sólo funcionará con una intervención fuerte y directa por parte de los líderes.

En 1985, durante el punto álgido de la Guerra Fría, cuando se estancaron las negociaciones en la Cumbre de Ginebra de Estados Unidos y la Unión Soviética, los negociadores recibieron instrucciones de sus líderes, fastidiados con la falta de progreso: “No queremos que nos den explicaciones sobre por qué no se puede hacer esto. ¡Háganlo!” Y a la mañana se hizo. Los líderes de hoy deben ir a Copenhague y decir “Queremos que se haga esto”.

Para avanzar, la reunión de Copenhague debe romper el estancamiento político entre los Estados industrializados y los Estados en desarrollo. Debe repararse la injusticia climática, ya que los países en desarrollo sufren lo peor del impacto y enfrentan costos de adaptación masivos. Los países ricos necesitan poner dinero fuerte sobre la mesa. Los argumentos de que carecen de los recursos necesarios suenan huecos, ya que sí supieron encontrar billones de dólares para rescatar a los bancos en la crisis financiera.

Los países pobres son conscientes de su poder para bloquear el progreso. El poder de veto está virando efectivamente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas al G-77 más China. ¿Quién habría imaginado en Occidente hace diez años que el futuro y el bienestar de sus hijos dependerían de decisiones tomadas en Beijing o Nueva Delhi o Addis Ababa?

De modo que es necesario que los países industrializados pongan una oferta real de financiamiento sobre la mesa lo antes posible para dar tiempo a una reacción positiva y a anuncios de compromisos por parte de los países en desarrollo. En particular, es crítico un compromiso con un fondo inicial –al menos 20.000 millones de dólares para asistir de inmediato a los países menos desarrollados-. Esto ayudaría a establecer la confianza que hoy lamentablemente no existe, y a que se den las condiciones para reiniciar negociaciones productivas.

Los líderes deben ser honestos respecto de la magnitud del desafío y reconocer que hace falta un cambio sistémico y transformacional, no gestos incrementales. La respuesta oficial al cambio climático debe adaptarse al nivel y la urgencia de la amenaza. Un nuevo acuerdo global debe estar basado en la ciencia, no en un acuerdo de denominador común más bajo aguado por intereses personales.

Una gestión de riesgo sensata hoy dicta que el carbono atmosférico debería estabilizarse a 350 partes por millón de equivalente de CO2, no el sendero actual de 450-500 ppm de CO2e. Esto requiere reducciones de las emisiones de 45-50% en lo países industrializados en 2020 y una decarbonización casi total para 2050, no los niveles de 15-25% para 2020 y 60-80% para 2050 que hoy están sobre la mesa. Los principales países en desarrollo también deben comprometerse a emprender acciones de mitigación apropiadas a nivel nacional. Pero los ricos deben tomar la iniciativa. Su inacción en los últimos 20 años no les da derecho a señalar con el dedo.

Los gobiernos no deberían ocultarles la verdad a sus ciudadanos. Todos tendrán que hacer sacrificios. Ahora bien, ¿usted quiere que su casa sea barata, sucia y peligrosa o limpia, decente y segura? ¿Está dispuesto a decir “Muy bien, chicos, heredé esta casa, pero me negué a mantenerla, así que tendrán que tener cuidado porque el techo podría venirse abajo en cualquier momento?” Ese no es el tipo de legado que querríamos dejarles a nuestros hijos.

Mijail Gorbachev, ex presidente de la Unión Soviética, es presidente fundador de la Cruz Verde Internacional; Alexander Likhotal es presidente de la Cruz Verde Internacional y miembro de la Climate Change Task Force (CCTF).

Copyright: Project Syndicate, 2009.

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