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Como dice el dicho, cuando baja la marea sabemos quién no trae puesto el traje de baño. Y vaya que la crisis económica global desnuda a México, país que padece una contracción de 8 por ciento de su PIB, la caída más alta en América Latina.

México además descendió dos lugares en el índice global de competitividad, se está quedando atrás en indicadores de desarrollo social, ha sido castigado por las agencias calificadoras de inversión, y se enfrenta al prospecto de caídas severas en su ingreso petrolero como resultado de un descenso dramático en la producción.

Según datos oficiales 50.1 millones de mexicanos --de una población total de 104 millones -- están oficialmente bajo la línea de la pobreza y 19.5 millones no tienen dinero suficiente para comer. Un país capaz de producir a Carlos Slim, el segundo hombre más rico del mundo, también produce a tantos más que sobreviven con sólo dos dólares al día.

Durante las últimas dos décadas, el petróleo funcionó como salvavidas. Ocultó las distorsiones económicas, financió el status quo y permitió que sucesivos gobiernos pospusieran reformas estructurales necesarias. México logró nadar de muertito, sin verse obligado a patalear más fuerte o a dar brazadas más rápidas que otros nadadores en el mar de los mercados emergentes.

Pero ahora que la producción petrolera de Pemex va en picada, el país comienza a descubrir lo que la bonanza petrolera sumergía. El gobierno se había vuelto demasiado dependiente de un recurso natural no renovable, y por ello hizo poco para ampliar la base fiscal. El sector manufacturero se había vuelto demasiado dependiente de la demanda de exportaciones para el mercado norteamericano, y la población se había vuelto demasiado dependendiente de las remesas enviadas por inmigrantes mexicanos trabajando en los Estados Unidos.

La crisis financiera global reveló que México ha sido incapaz de innovar, promover la inversión, crear empleo o proveer condiciones de movilidad social para su población. Y la culpa no es exclusivamente de Felipe Calderón y de sus tímidas medidas contra-cíclicas, ni de la política social, ni de la caída en las exportaciones manufactureras, ni de la crisis financiera estadounidense.

El problema fundamental detrás de la falta de crecimiento acelerado en México está en otra parte. Se suele culpar de la ausencia de crecimiento económico sostenido a la baja productividad laboral, a la mala administración macroeconómica, al andamiaje institucional de una democracia dividida que dificulta los consensos.

Pero la explicación fundamental está en un sistema de “capitalismo de amigos” donde hay demasiados intereses atrincherados que mantener. Gobierno tras gobierno ha privilegiado la preservación del corporativismo por encima del crecimiento económico; ha promovido la distribución clientelar por encima de la innovación empresarial y la creación de un terreno nivelado de juego en la economía.

México está atrapado por una densa red de “rentistas” y monopolios en sectores que son claves para él; crecimiento económico, incluyendo telecomunicaciones, energía, transporte y servicios financieros. Esta red opera a base de favores políticos, colusión, captura regulatoria y el mantenimiento de privilegios que el gobierno ofrece a los sindicatos públicos a cambio de apoyo político.

Como lo explica el nuevo libro editado por Santiago Levy y Michael Walton, No Growth Without Equity -Inequality, Interests and Competition in Mexico, la razón del rezago se halla en la persistencia de intereses que han logrado bloquear cambios que harían más productiva y eficiente a la economía mexicana.

Hay demasiados sindicatos, monopolistas y burócratas que se comportan como tiburones hambrientos, acostumbrados a vivir de las rentas petroleras, y a apropiarse de la extraordinaria riqueza que México produce pero no logra compartir de una forma más equitativa o democrática.

Lamentablemente, la promoción del crecimiento económico no ha sido una prioridad para el gobierno de Felipe Calderón, y tampoco lo fue para su predecesor, Vicente Fox.

Durante demasiado tiempo, la clase política ha hecho reformas minimalistas a la estructura económica, con el objetivo de asegurar la estabilidad, pero sin encarar los obstáculos fundamentales que frenan la innovación y la competitividad.

Y los resultados son cada vez más obvios y dolorosos: una economía que ha sufrido de los estragos de la crisis más que sus vecinos en el resto del continente; una elite empresarial rentista que no quiere competir; monopolios públicos y privados que nadie parece tener la voluntad política para desmantelar; y pactos corporativos que canalizan recursos públicos a sindicatos improductivos, frenando la productividad y el crecimiento.

Lo que la crisis actual ha demostrado es que México ya no puede ni debe seguir flotando. Necesita repensar los fundamentos de una economía y de un sistema político en el cual los intereses atrincherados se han vuelto “centros de veto” para las reformas. Si no lo hace, cuando suba la marea México se encontrará intentando sobrevivir en un mar repleto de tiburones.

Denise Dresser es profesora de Ciencia Política, Instituto Tecnológico Autónomo de México.
Copyright: Project Syndicate, 2009.
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