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En forma de publicidad comercial o de propaganda política, estos sinónimos son el dolor de cabeza de la vida actual, sin analgésico posible. Cierto público las ve como una expresión artística y promoción cultural. Otro sector las ve como un mal necesario para poder acceder al medio tranquilizador de sus mentes agotadas por el trabajo del día. Para los del sector en cesantía, es la forma de aturdirse aún más, con eso de poder ver y no poder obtener.

Para la sociedad en su conjunto, diversa y contradictoria, sería muy difícil --cerca de lo imposible-- pasarla bien sin la publicidad, por razones prácticas: saber dónde conseguir el producto necesario con la menor pérdida de tiempo, conocer el precio que puede pagar o el precio más conveniente, la marca considerada la mejor para satisfacer un deseo, y… muchos etcéteras.

Los entendidos descubren lo que la publicidad no puede hacer: repetir la venta de un producto que no representa un valor equivalente al dinero que se pagó por el mismo (nadie se engaña más de una vez); vender un producto cuando la distribución del mismo no responde al contenido de la publicidad. En este aspecto… también hay muchos etcéteras. Ahora, lo que según los mismos expertos puede hacer la publicidad: vender una gama de productos y de servicios a millones de personas; aumentar las ventas, permitir rebajas de costos e informar sobre rebajas de precios; hacer tangible y garantizar la calidad del producto que publicita; permitir al consumidor escoger lo más conveniente. Y, desde luego… tiene más etcéteras.

A este montón de etcéteras, podemos agregar todos los defectos posibles a la publicidad comercial: ver, algunas veces, cara de tontos a los probables clientes; manipular el físico de la mujer, irrespetándola incluso; idiotizar a cierto público con pésimos mensajes; estimular el mal gusto; o cansar con lo repetitivo del mensaje. Y también… los etcéteras que quiera.

Pero, ¿qué tal la publicidad o propaganda política? En general, ésta se funda en los mismos “principios” de la publicidad comercial: vender la imagen (el “producto”) de los políticos, sus promesas y proyectos de gobierno. No obstante, la propaganda política contiene todos los defectos de la publicidad comercial, y muy pocas, y, a veces, ninguna de sus ventajas. Y el peor de todos los defectos de la publicidad política: manipula al potencial cliente, y cuando llega a convencerlo, sigue manipulándole y de las peores formas.

Hay muchas diferencias entre ambos tipos de publicidad, y una de ellas, es que la publicidad comercial no insistiría, después de vender un mal producto, en decirle al cliente que le ha vendido lo mejor del mundo. Un cliente comercial sólo compra lo malo una vez, o dos veces en el colmo de la estupidez, porque compra tangibles, y al momento de su uso no habrá manera de convencerlo de que es bueno, si ya probó que es malo. En cambio, la propaganda política vende intangibles: programas, promesas, ilusiones, bondades que no existen en el “producto” --el candidato--, y como el cliente tardará años en descubrir el engaño, antes de que esto suceda, la propaganda política ha buscado de una y mil formas, cómo prolongar el efecto de sus mentiras.

El cliente potencial enciende el televisor, sintoniza el Canal oficialista, oye las radios afines al gobierno, transita por cualquier calle o carretera, y encontrará, inevitablemente, la propaganda política burda y mentirosa. La propaganda, nada tiene que ver con su realidad. Tomemos un ejemplo: la Nicaragua “cristiana, socialista, solidaria.” Al querer “comprar” estos “productos”, fácil se dará cuenta --si aún no esta manipulado-- de cuán poco se corresponde las bondades anunciadas con la realidad cotidiana.

La calidad “cristiana” publicitada es manipuladora de la religión, de la fe de los creyentes. Es un “producto” intangible, le basta ofrecerlo por la creencia sin tener que probar nada, pues el significado de lo “cristiano” que pregona el gobierno sólo existe en sus palabras demagógicas. Luego, ¿cómo se traduce ese su “cristianismo” a la vida social? En ninguna forma positiva. Porque creer que dice la verdad, es como creer que la pobreza es una condición “cristiana” de quienes la padecen, o que el “cristianismo” es inherente a quienes practican la repartición de migajas. Sin contar que se trata de un gancho publicitario, agresivo para la conciencia, para manipularla políticamente.

La condición “socialista” de Nicaragua está a millones de años luz de la teoría socialista, ya no digamos de la práctica. Sólo veamos la premisa básica del socialismo --apenas un ejemplo teórico esquemático--: el socialismo se basa en la propiedad social sobre los medios de producción y en la distribución social de los bienes, a cada quien según su trabajo. Hasta preguntar en dónde están esa propiedad y esa distribución sería una idiotez. Ofendería la inteligencia de los nicaragüenses. Lo que aquí existe, rige y se extiende es la propiedad privada y una desigualdad social escandalosa. El colmo de la mentira oficialista se expresa en que los promotores y beneficiarios de esa publicidad mentirosa, cada día se están convirtiendo en grandes propietarios.

La distorsión de la realidad por la propaganda política no se le facilita a la publicad comercial: ésta vende tangibles, de cuya calidad el cliente, al usarlo, se convence él solo de si es buena o es mala, y está en capacidad de descubrir a los estafadores, al que publicita y al que vende. Vender lo que no tiene la calidad que la publicidad comercial le atribuye, ni el precio corresponde a su calidad, es un delito comercial que, mediante demanda legal, es punible. En cambio, vender lo que no tiene la calidad que la propaganda política le atribuye, es sólo un delito ético, que ninguna autoridad ni institución persigue ni castiga, porque el “producto” y la “autoridad” son partes del mismo sistema político demagógico.

La Nicaragua “solidaria” que el orteguismo publicita, sencillamente no existe si se refiere al sistema político imperante, a menos que llamen “solidaridad” a la repartición de baratijas para engañar el hambre y las necesidades de los más humildes. Si se refiere a la “solidaridad” de Nicaragua dentro del ALBA, es practicada en una sola dirección y manipulada por este gobierno: de Venezuela viene el petróleo en términos comerciales favorables, pero sus beneficios los monopoliza el orteguismo. Que los productores vendan a Venezuela granos y carnes al precio “justo”, no es una acción de solidaridad, sino comercial.

Y ésta no es propaganda, sino verdad: con la publicidad comercial se puede engañar una vez a la gente; con la propaganda política, se la engaña todo el tiempo.