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Los tratados de libre comercio que han firmado muchos de los países latinoamericanos con los Estados Unidos son muy duramente criticados por los presidentes de tendencia izquierdista en nuestra región.

Algunos con un razonable sustento, como el presidente Rafael Correa, de Ecuador, Doctor en Economía, que pone de relieve el aspecto central de la poca lógica de los intercambios comerciales Norte-Sur basados en el manejo arbitrario del valor, reducido --por virtud del sistema capitalista de comercio mundial-- a la subcategoría de mercancía.

De este modo, afirma con razón el doctor Correa, se confunden en los intercambios comerciales entre países con situación económica asimétrica a favor de los del Norte, nuestras materias primas o commodities, que tienen un elevadísimo valor de uso y un bajo precio, lo que implica una eficaz estrategia de las potencias mundiales para asegurarse el suministro de los mismos; con otros tipos de bienes que importamos los países pobres que tienen poco valor de uso, o un uso completamente suntuario, que poseen un elevado precio.

Los tratados de libre comercio, evidentemente, representan un enorme desafío para las economías latinoamericanas que enfrentan importantes obstáculos competitivos, para hacerle frente a la abierta competencia en un esquema de comercio de igual a igual a los países del Norte. Para muestra, tenemos el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, en donde México se ha visto en serios predicamentos para evitar el colapso de su sistema de producción agrícola, en vista de la sustancial caída de los precios de los granos básicos, como el maíz, ante la apertura de las fronteras con Estados Unidos, el país que más subsidios agrícolas asigna en todo el mundo a sus productores.

Otros países que han firmado tratados de libre comercio con Estados Unidos como el DR-Cafta, tienen una crisis en ciernes en los puntos de acuerdo de estos tratados en lo relativo al desgravamen paulatino para la importación de productos agrícolas subvencionados provenientes de los Estados Unidos. Es una crisis que por estar lejana, a más de dos elecciones presidenciales, nadie le ha puesto atención. El caso de México, se va a reproducir en Centroamérica, con toda seguridad.

Ante toda esta evidencia, ¿es justo satanizar los tratados de libre comercio? Los TLC han contribuido al aumento significativo y constante de las exportaciones de los países que en ellos se han visto involucrados. El problema de los TLC en América Latina ha sido la poca capacidad de negociación que han tenido los expertos que han estado al frente. Había que haber negociado importantes apoyos de parte de los países del Norte para fortalecer los sistemas productivos de nuestros países, en aras de prepararlos para el momento de la apertura comercial, no las victorias pírricas que nos han salido a anunciar con bombos y platillos tras la firma de los TLC en nuestra región.

La izquierda latinoamericana está trabajando en una propuesta alternativa de comercio que sustituya a los TLC. Ésta se basa en el comercio compensado y en los acuerdos bilaterales de país a país, como en el caso de Brasil y de Argentina, los que han renunciado al patrón dólar en sus intercambios comerciales.

Esta propuesta puede ser esperanzadora para muchos que no están de acuerdo con el libre comercio. Sin embargo, en patrones de intercambio comercial, como el que han establecido Brasil y Argentina, subyace una enorme debilidad al no tener una divisa fuerte como base del intercambio. Esta situación pone en extrema debilidad al real brasileño, por ejemplo, ante los embates especulativos de los que es víctima en los mercados de capital brasileño; situación que compromete la política monetaria que lleva adelante el gobierno y no da completa claridad al valor relativo de la moneda brasileña respecto al peso argentino. ¿Cuánto vale un real brasileño que recibe un exportador argentino? Sin divisa de referencia el comercio, queda sumergido en una gran limitante binacional.

Otra propuesta que viene tomando fuerza es la adopción del sucre como moneda de referencia para los países del ALBA. La creación de esta moneda requeriría la conformación de un Banco Central del ALBA --que con toda seguridad estaría radicado en Caracas-- el cual sería el responsable de armonizar las políticas monetarias de todos los países para garantizar una convertibilidad monetaria razonable entre las monedas de los Estados miembros y el sucre. Esta tarea no parece tan fácil de realizar.

Otra propuesta es la creación de una canasta de divisas para las exportaciones de los países con gobiernos izquierdistas. Esta canasta incluiría al euro y al yen, además del dólar y de otras divisas. El único problema acá, es que el principal mercado para las exportaciones latinoamericanas es el mercado norteamericano, entonces, seguimos dando vueltas en círculos, porque caemos nuevamente en las redes del “odioso” dólar estadounidense.

En conclusión, los TLC no son totalmente negativos, lo que ha faltado es negociar apoyo para nuestros países, con el fin de que se integren de mejor manera a este sistema de comercio. Las alternativas de comercio de la izquierda latinoamericana pueden llegar a ser razonables, pero mientras Estados Unidos siga siendo la principal economía del mundo y el principal mercado de nuestras exportaciones, la sustitución del dólar en nuestros patrones de comercio no resulta viable.

*El autor es especialista en Economía Gubernamental y Administración Financiera Pública.