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El verdadero sentido de la Navidad es que Dios compartió nuestra vida humana para que nosotros pudiéramos compartir la vida divina. Dios vino a este mundo, haciéndose ser humano en Jesús, para que nosotros fuéramos Hijos(as) en el Hijo y Personas Nuevas caracterizadas por la compasión y la solidaridad.

En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba ante Dios, y la Palabra era Dios.... Y la Palabra se hizo carne, puso su tienda entre nosotros (Juan 1: 1, 14). Es decir, la Palabra, que es Dios, se hizo carne en la Encarnación (la concepción) de Jesús, y a todos los que lo recibieron les dio capacidad para ser hijos(as) de Dios (Juan 1: 12). Treinta y dos años más tarde, Jesús diría: He venido para que tengan vida y la tengan en plenitud (Juan 10: 10).

Es por esto que la Navidad es una celebración muy alegre, porque Dios está con nosotros en Jesucristo, está de nuestra parte, ha perdonado nuestros pecados y nos llama a ser personas buenas y nuevas que nos amemos unos a los otros y que seamos capaces de construir su Reino de justicia y paz. No sólo nos llama a esta tarea tan magnífica, sino que también nos regala corazones nuevos y grandes para amar y luchar por un mundo nuevo.

Estos corazones nuevos, de carne y ya no de piedra, laten con la vida divina que el Dios Encarnado (Jesús) comparte con nosotros. Así dice el sacerdote durante el ofertorio de la misa cuando echa vino y un poco de agua en el cáliz: “El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”.

Sigue en esta misma línea el prefacio de la misa de la Epifanía: “Al manifestarse tu Hijo en nuestra carne mortal, nos hiciste partícipes de la gloria de su inmortalidad”.

Y en la tercera Plegaria Eucarística que se proclama frecuentemente en las misas durante el año, pedimos a Dios que “fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu”. Aquí vemos la finalidad de la presencia real de Cristo en la Eucaristía: fortalecernos como miembros de su Cuerpo en el mundo, en la historia.

En este Cuerpo que es el pueblo de Dios, la presencia de Cristo es también real, como dijo San Pablo: ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno en su lugar es parte de Él (1 Corintios 12: 27). La celebración de la Cena del Señor, la misa, es la Navidad continua, en que Jesús nace en nosotros, alimentándonos para ser sus manos, pies, voz, y corazón en la construcción de un mundo nuevo.

En la misa que se dice en la tarde del 24 de diciembre, la oración después de la comunión pide: “Concédenos, Señor, sacar nuevas fuerzas de esta celebración anual del nacimiento de tu Hijo, que se ha hecho nuestro alimento y bebida en este sacramento de salvación”. Es decir, el fruto de la celebración navideña, como la finalidad del nacimiento de Jesús, es que saquemos “nuevas fuerzas”, para amar, servir, denunciar la injusticia, y mejorar el mundo.

La misa de la noche de la Navidad contiene una preciosa joya en la oración sobre las ofrendas: “Acepta, Señor, las ofrendas que te presentamos esta noche de Navidad, a fin de que, al recibirlas nosotros convertidas en el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, nos transformes en Él, en quien nuestra naturaleza está unida a la tuya”. Estamos pidiendo que la comunión nos transforme en Cristo --en “otros Cristos”, miembros de su Cuerpo, embajadores activos en el servicio a los necesitados y en la lucha profética que él practicó contra la injusticia, la avaricia, la corrupción, y la hipocresía.

El teólogo brasileño Leonardo Boff expresó nuestra unión con Dios en Cristo en “La misteriosa tarjeta de Navidad” que atribuye al niño Jesús: “Si piensan que este Niño es simultáneamente hombre y Dios, que por ser hombre es vuestro hermano, y por ser Dios existe una porción de Dios en ustedes, y por esta razón se llenan de alegría y de legítimo orgullo; si piensan en todo esto, sepan que yo estoy naciendo de nuevo y renovando la Navidad entre ustedes. Estaré siempre cerca, caminando con ustedes, llorando con ustedes y jugando con ustedes....”

Según la oración después de la comunión de esta misa, la gozosa celebración litúrgica debe ayudarnos a vivir de una manera nueva: “Tú, Señor, que nos has concedido el gozo de celebrar esta noche el nacimiento de tu Hijo, ayúdanos a vivir según su ejemplo”. ¡Nada menos que según su ejemplo!

Que este seguimiento a Jesús tiene que expresarse en hechos, en obras, es el mensaje de la oración colecta de la misa de la aurora del 25: “Señor..., que has querido iluminarnos con la luz nueva de tu Verbo hecho carne, concédenos que nuestras obras concuerden siempre con la fe que ha iluminado nuestro espíritu”. La luz nueva es la luz de Jesús que nos enseña la compasión y la solidaridad.

En el mismo sentido, la oración después de la comunión, de la misma misa, pide: “Concédenos penetrar con fe profunda en este misterio y encontrar en Él la fuente de un amor cada vez más generoso”. La participación en el misterio de la Encarnación nos ayuda a tener, en nuestra vida diaria, un corazón siempre más generoso.

Para ser incorporados en y transformados por Cristo en personas nuevas que viven el amor en su plenitud, no basta contemplar la escena del nacimiento del niño Jesús, sino ver ésta en todo el contexto de la vida, lucha, y enseñanza de Jesús adulto. Conociendo a Jesús y su causa en los evangelios, y entendiendo cómo su amor a los pobres lo llevó a criticar a sus opresores, podríamos crecer en el amor a Él, en la amistad con Él, para seguirle en la vida como compañeros(as) y colaboradores en su misión. (Igualmente, nadie va a sacar fuerzas para luchar si sólo contempla el lugar de nacimiento de Sandino en Niquinohomo y una foto de él como niño chiquito, sin conocer su vida activa y su doctrina).

En la oración colecta de la misa del 25, volvemos a encontrar una afirmación de nuestra participación en la vida divina de Jesús: “Dios nuestro, que de modo admirable creaste al hombre a tu imagen y semejanza, y de modo más admirable lo elevaste con el nacimiento de tu Hijo, concédenos participar de la vida divina de aquél que ha querido participar de nuestra humanidad”.

Ya hemos visto suficientemente que esta enorme dignidad que tenemos en Cristo debe conducirnos a amarnos unos a los otros como él nos amó, puesto que Dios, en cuya vida participamos, es amor (1 Juan 4: 8).