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A raíz del asesinato del obispo Fray Antonio de Valdivieso, el 26 de febrero de 1550, por Hernando de Contreras, hijo del Gobernador Rodrigo de Contreras y nieto del temible Pedro Arias de Avila, por contracción Pedrarias, primer Gobernador de Nicaragua, los habitantes de León Viejo se convencieron que la ciudad estaba maldita y pronto recibiría un castigo por el sacrílego crimen.

Las frecuentes erupciones del vecino volcán Momotombo, los temblores y terremotos que provocaba (1594-1610) y otras calamidades, (clima excesivamente caluroso, insalubridad, malas aguas) ayudaron a alimentar ese convencimiento, a tono con la mentalidad supersticiosa de la época. Para colmo, la mayor pobreza se enseñoreó en la ciudad, pues sus principales pobladores, funcionarios de la corona, recibían sus exiguos salarios con demora y éstos no les alcanzaban ni para cubrir sus necesidades mínimas. Llegó un momento en que ni siquiera disponían de casas adecuadas para albergar a sus familias ni para resguardar la propia caja del real tesoro.

Atribuidas las desgracias de la ciudad al asesinato del obispo Valdivieso, circulaba entre los vecinos la copla siguiente:

“Dios en su justicia
así nos ha visto
por haber matado
al señor Obispo.”


En 1603 sólo quedaban diez casas habitadas. El golpe de gracia a la ciudad se lo dió el gran terremoto acaecido el 11 de enero de 1610. En las diligencias levantadas sobre la mudanza de la ciudad se hizo constar que ese terremoto arruinó y dejó por los suelos casi todas las casas y edificios.

Convocado un cabildo abierto, los vecinos decidieron, sin esperar la autorización real, trasladar la ciudad a la mayor brevedad. Las gestiones para el traslado de la ciudad a un nuevo asiento se habían iniciado a raíz del fuerte terremoto de 1594. Pero la Audiencia de Guatemala no se había pronunciado al respecto, pese a que de hecho la ciudad estaba casi despoblada y las principales autoridades, incluyendo el obispo, habían trasladado su residencia a Granada, por ser de clima más fresco y considerada como más saludable y segura. De ahí que después del último terremoto, al contemplar sus habitantes la ciudad casi totalmente destruída, decidieron abandonarla, encabezados por el Capitán Pedro de Munguía Mendiola, el Síndico del Ayuntamiento, Agustín Díaz Larios y el Cura de la Catedral, Esteban Rodríguez.

“Procedieron, pues, los vecinos, escribe Alfonso Argüello, en su libro sobre León Viejo, a salvar todo cuanto tenían de más valioso iniciando la marcha con rumbo al nuevo sitio aledaño a la comarca indígena de Sutiava, saliendo en caravana con el Santísimo adelante y con sus haberes y utensilios cargados en carreta, animales e indios, encontrándose en los alrededores del nuevo sitio el día 16 de enero del mismo año de 1610”.

También se llevaron los materiales que pudieron para la construcción de la nueva ciudad, incluyendo las campanas de las iglesias, los adornos e imágenes, los altares, etc...

En 1613, el Padre Antonio Vásquez de Espinoza, fraile carmelita, visitó las ruinas de la ciudad abandonada y relató lo siguiente: “Cuando estuve en aquella provincia la primera vez, el año de 613, fui a ver las ruinas de la ciudad y la Casa del Obispo, que decían estaba la sangre fresca; y es cierto que había manchas de ella en la pared arruinada, en el lugar donde lo mataron. Que así esto, como ver las ruinas de la ciudad y sus templos derribados, que habían sido muy buenos y entonces andaban llevando materiales para la nueva ciudad, me movió a compasión”.

Quienes han investigado las capas de la tierra en las excavaciones de León Viejo sostienen que todo hace suponer que años después del terremoto de 1610, el Momotombo desató sobre las ruinas de la ciudad una tremenda lluvia de arena y lava que como un inmenso manto cubrió casi todo, plegándose a la forma que la que habían quedado las ruinas y escombros, sirviéndoles como sello protector.

Arropada en este sudario, la ciudad destruida y abandonada inició su sueño de más de tres siglos. Las ruinas, dadas por perdidas o imaginadas bajo las aguas del lago de Managua, no volvieron a ver la luz del día hasta que la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN) las relocalizó el 26 de abril de 1967, cuando quien escribe se desempeñaba como Rector de la misma y puso todo su empeñó en encontrarlas. Hoy día las ilustres ruinas forman parte, por declaración de la Unesco, de la lista del Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad.