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Ochenta y seis años después de haber sido fundada por los invasores y usurpadores españoles en las tierras de Imabite, a orillas del lago Xolotlán, la ciudad de León fue trasladada a las cercanías de Sutiaba, en enero de 1610. Entre los factores que influyeron en el éxodo se pueden mencionar los siguientes: el desastre ecológico debido al despale de los árboles sin reforestación, implementado por los conquistadores hispanos, lo cual significó el agotamiento de las fuentes de madera para construir casas y para leña que ardía para cocinar y fundir los metales preciosos y no tan preciosos; el agotamiento de la mano de obra gratuita (muchos indios muertos, asesinados, empalados, descuartizados, “perreados” y llevados hasta el último suspiro por el excesivo trabajo de esclavo en las minas y como bestias de carga); y las erupciones del volcán Momotombo con sus cenizas, temblores o terremotos que aterrorizaban a los indios esclavos, mestizos y españoles esclavistas. 400 años después, los Sutiaba siguen justificando sus reclamos de tierra, ahora ante el gran capital privado azucarero y licorero, mostrando orgullosos los títulos reales de tierras que algún rey español malandrín les usurpó primeramente. Es la paradoja sarcástica del despojo. Para contentarlos, les mandaron a pintar su iglesia, la primera construida por los españoles en la ciudad. Cuatro siglos después, la plaza de Sutiaba sigue siendo de tierra pura y no hay señales de construcción de un parque decente para la recreación sana.

Hoy, cuatrocientos años después, León, contradiciendo al poeta, no es ni como Roma ni como París. La otrora llamada Atenas de Centroamérica y más recientemente Ciudad Universitaria o Metropolitana y Primera Capital de la Revolución tiene una población de 200 mil habitantes en el casco urbano y 50 mil más incluyendo sus comarcas. Ha crecido mucho. La cantidad de calles adoquinadas y la extensión del alcantarillado sanitario en los últimos 30 años son llamativos. Reconocida como la ciudad donde siempre se gestaron las ideas más avanzadas, rebeldes o revolucionarias desde el grito de “A la m…el Rey” de los hermanos Contreras; pasando por la independencia de España en el siglo XIX; la resistencia contra piratas invasores europeos; la lucha contra tropas salvadoreñas; la actitud vendepatria de los liberales de Francisco Castellón y Máximo Jerez que trajeron al filibustero yanqui William Walker para no permitir la reforma constitucional del conservador Fruto Chamorro, que sostenía la necesidad de que el Director Supremo fuera sustituido por la figura de Presidente de la República y pasara a gobernar, en vez de sólo dos años, cuatro años consecutivos (lo cual ahora se ve tan normal), siendo esto la causa de la llamada Guerra Nacional, cuyo origen fue una guerra intra-oligárquica; la lucha contra la dictadura somocista; la formación del FSLN; la insurrección de septiembre de 1978; la liberación de la ciudad el 20 de junio de 1979; la toma del fortín de Acosasco el 7 de julio del mismo año; el triunfo de la Revolución Popular Sandinista; la toma del búnker de Somoza por guerrilleros urbanos leoneses; y la contribución, puesta a toda prueba, de los leoneses ante la agresión contrarrevolucionaria financiada por los Estados Unidos durante diez años (mandando a sus mejores hijos a combatir o trabajar en otros departamentos para evitar que “la contra” formara una cabeza de playa o se tomara alguna ciudad importante del norte de Nicaragua). Las páginas del heroísmo de los leoneses dan para escribir varios libros.

León continúa teniendo una desproporcionada relación entre el número de iglesias y el único hospital que posee. La cantidad de iglesias aumenta vertiginosamente toda vez que la generación espontánea de iglesias protestantes o evangélicas con nombres extravagantes, rebasa en mucho a las tradicionales y antiguas iglesias católicas. La religión como la política, en ciertas condiciones, se vuelve un negocio. Dicen que hasta un sector de los combatientes históricos, valientes guerrilleros urbanos, está en peligro de ser adoctrinado religiosamente o de ser conversos. ¡Inverosímil!

León es de las muy pocas ciudades importantes en el mundo, sino la única, que mantiene un poderoso pito o alarma de fábrica como señal horaria para todos los habitantes; una bocina que suena durante un minuto, a las siete de la mañana y a las 12 del mediodía, en punto. Los tradicionalistas dicen que semejante ruido debe conservarse porque es parte de la “identidad” o “leonesidad” y porque atrae a los turistas. No sé qué pensarían Doraldina Zeledón y Onofre Guevara –críticos certeros y entusiastas en contra del ruido-, si estando en el Parque Central oyeran ese pito, que debería usarse sólo para alarmas o emergencias verdaderas. ¿Cuántos decibeles alcanza la alarma de los leoneses? ¿A cuántos decibeles son sometidos, diariamente y dos veces al día durante todo el año escolar, los centenares de niños y adolescentes que estudian en las escuelas cercanas? Más de un diplomático se ha levantado asustado del despacho del Alcalde, por la mencionada alarma, creyendo que se trataba de una alarma de combate, ataque aéreo o desastre natural.

León es una ciudad con un manto acuífero privilegiado que recientemente se dio el lujo de perder el financiamiento brindado por una ciudad europea, para construir tres grandes pozos de agua potable. La causa: centralización en la capital de parte de la institución gubernamental pertinente. León es la ciudad que hace poco perdió la oportunidad de construir un hospital materno-infantil de 45 camas con cooperación italiana debido a un manejo inadecuado de parte de los funcionarios gubernamentales.

León es la ciudad que probablemente dentro de dos años tendrá su primer parque regional de ferias permanente con apoyo del gobierno central. Es la ciudad que durante la administración municipal del sandinista Tránsito Téllez aseguró un nuevo vertedero de basura que durará por lo menos 20 años y que pretende obtener energía del gas generado por la biomasa del antiguo basurero. Sin embargo, sus habitantes y sus autoridades tienen pendiente la asignatura de mantener una ciudad limpia. León, la ciudad colonial, sigue siendo sucia. Y en este aspecto, tampoco es Roma ni es París.

En León persisten los enfermos mentales, los loquitos, deambulando con destino a ninguna o cualquier parte y nadie parece atenderlos. ¿Son los locos un atractivo turístico más? ¿La ciudad no puede hacer nada? ¿Es suficiente decir que las familias deben hacerse responsables de cada loco? ¿Es o no es un argumento neoliberal que el Estado y la municipalidad no deben asumir el cuido y la seguridad de los enfermos psiquiátricos abandonados? El paciente cirrótico víctima de la droga lícita y fiscal llamada alcohol, obra del gran capital nacional, es atendido e internado en el hospital. ¿Y los loquitos dónde? El espectáculo para la ciudad y su niños es inhumano: el loquito y la loquita van hambrientos, sucios, cargando basura, pidiendo, arriesgándose a ser atropellados, maltratados o abusados, mal vestidos, semidesnudos o desnudos.

400 años después, León tiene un índice de alcoholismo cerca del 30%, segundo lugar nacional, sólo después de Bluefields. ¿Qué pasará con la cocaína? Cuatro centurias después, León sufre de una devoción febril por el turismo –la nueva panacea del mercado global para salir del atraso-; pero ni la exportación de añil, pieles, especias, oro, plata, azúcar, algodón o maní, ni el enclave de las maquilas lo han logrado porque el mercado capitalista mundial es inmisericorde: compra barato y vende caro. Los leoneses ya no visten ropas bordadas de plata, como describe el dilecto hijo de la ciudad, Jorge Eduardo Arellano (END: 2-1-10; 10A), sino que están avocados a atender con alfombra roja a los turistas de Londres, New York, Roma o París.