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Debo estar tan loco como Carlota, fugaz emperatriz de México: “Me dicen que estoy loca, Maximiliano, y que parezco una niña porque tengo un teléfono invisible y con él hablo con los muertos y con los vivos.” Hace poco recibí un correo de mi amigo Ramón Barreda, fechado en 1864 en el despacho de Napoleón Tercero en Saint Cloud: “Me permito proponerte un tema para tu interesante columna, que vos seguramente tratarás con acierto. ¿Por qué necesita reelegirse Daniel Ortega, o elegir a su mujer o a uno de sus hijos? Seguramente por perpetuarse en un poder absoluto que le permite muchas cosas, sobre todo enriquecerse. Pero también porque no puede dejar el asiento que con tanto trabajo ha conquistado, pues si lo hiciera no faltaría quien le pidiera rendición de cuentas: ¿Qué hiciste durante tu gobierno. De dónde tomaste lo que ahora tenés? Y un largo etcétera que él no puede ni está dispuesto a satisfacer. De manera que el trono se ha convertido para él en una bendita maldición. Ni siquiera puede dejarlo, porque no es la primera vez en la Historia que un trono se convierte en un banquillo de acusado.”

Carlota Amelia de Bélgica, Emperatriz de México y de América, según ella de ochenta y seis años de edad y sesenta de beber, me grita que puedo hacer uso de su mensajero para responderle a Ramón: Tu pregunta lleva implícita la respuesta, sin olvidar que trono en Nicaragua también tiene otra connotación, y eso es lo que ambos monarcas se hacen en el país. Desde luego que les interesa, por sobre todas las cosas, el poder absoluto. Los pasos que están dando para apoderarse del Ejército y la Policía, es para no rendirle cuentas a nadie de sus acciones. Es un círculo vicioso: Sus allegados corruptos dependen de ellos, y a su vez ellos de sus allegados, quienes sin los monarcas están perdidos económicamente, y sin ellos los monarcas perdidos políticamente. Ahí es cuando se cierra el portón de hierro frente a las narices de la democracia. No se avizora retorno, pues esta presidencia es la inversión que hicieron los monarcas por la eternidad en el poder, y a cambio le vendieron sus almas al diablo. Las cosas están así, aún cuando ya las describió mucho mejor el gran narrador mexicano Fernando del Paso en , que trata de la trágica historia de un efímero imperio, impuesto a México en 1861 por Napoleón III.

La Historia, y en especial esta historia, demuestra que toda apuesta por la eternidad es irracional. Tiene como principal protagonista a la alienada voz de la emperatriz Carlota, quien va desgranando recuerdos vertebrados en torno a su esposo, el Archiduque austriaco Fernando Maximiliano de Habsburgo, Emperador de México, quien acaba siendo fusilado. No puedo evitar que Napoleón III se me parezca a Hugo Chávez. Sin embargo, aunque lo de aquel breve imperio fue un hecho histórico, cualquier parecido con personas reales de la actualidad, es pura coincidencia: “Yo soy Carlota Amelia, Regente de Anahuac, Reina de Nicaragua, Baronesa del Mato Grosso, Princesa de Chichén Itzá… Hoy ha venido el mensajero a traerme noticias del Imperio. El mensajero me trajo también algunas hebras de la barba rubia que llovía sobre el pecho condecorado con el Águila Azteca. Me han dicho que esos bárbaros Maximiliano, cuando tu cuerpo estaba caliente todavía, te arrancaron la barba y el pelo para vender los mechones por unas cuantas piastras. Al mensajero se lo contó Tüdos, el fiel cocinero húngaro que te acompañó hasta el patíbulo y sofocó el fuego que prendió en tu chaleco el tiro de gracia, y me entregó el mensajero un estuche de cedro con un pedazo de tu corazón y la bala que acabó con tu vida y con tu imperio en el Cerro de las Campanas”.

“Dicen que estoy loca, que parezco una niña porque aunque sé que estás muerto le pido a Juárez que no te mate, pero Juárez se niega a hablar conmigo. De todos modos no se me va a escapar. Él prometió que la historia los juzgaría a los dos y tendrá que entender que lo fuiste todo: Maximiliano el magnánimo, el bondadoso, el sordo, el mediocre, el mentiroso, el inocente, el arrogante, el falso, el cándido, el imbécil Maximiliano, para que entienda que como casi todos los seres humanos fuiste de todo un poco muchas veces, pero no una sola cosa siempre, para siempre usurpador e impostor como te quieren los que no te quieren, o , como yo y porque tanto te quiero te quisiera, para siempre víctima y mártir. Por eso, Maximiliano, el día que yo me muera te vas a morir conmigo. Yo soy tu miembro envuelto en hojas de plátano. ¿Te dije alguna vez, Maximiliano, que tu inventaste México y el mundo para mí? Eso también fue mentira: yo te inventé a ti para que tú los inventaras. Si te dicen que estoy loca de los pies a la cabeza, diles que yo tengo a México a mis pies. Diles que lo tengo en las manos porque cada día lo invento, y los invento también a todos. Les doy y les quito la vida.”


luisrochaurtecho@yahoo.com

“Extremadura”, 14 de enero de 2010.