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A finales de los años ochenta y comienzos de los noventa colapsó el sistema leninista. El momento más dramático de ese episodio fue la caída del Muro de Berlín. Ese mismo año cayó del poder el Partido Comunista de la Unión Soviética y ésta se desintegró. Menos dramático fue el colapso del socialismo en China una década antes, y, años después, en Vietnam. Y aun más silencioso fue el abandono que la India hizo, en 1991, de la planificación económica socialista que Neru había introducido en los años cincuenta. El modelo estatista de la economía se vino abajo prácticamente a finales del siglo XX.

Treinta años más tarde, el sistema que supuestamente había ganado también se desplomó cuando se reventó la burbuja inmobiliaria en 2007 y la financiera en 2008. El modelo de libre mercado o neoliberal, que abogaba por la no intervención del Estado en la economía, colapsó por segunda vez en nuestra historia reciente: ya había colapsado en los años treinta cuando contribuyó a crear la Gran Depresión. Ahora, la Gran Recesión, como se le llama a la recesión actual, ha enviado a millones de personas al desempleo, y la economía no se va a recuperar en 2010 si los gobiernos no intervienen. ¡Qué mejor prueba de que el sistema de libre mercado no funciona!

A pesar de eso, los ortodoxos de ambos sistemas todavía defienden las bondades de los mismos. Es cierto que ambas instituciones sociales, el mercado y el Estado, tienen sus cosas buenas. El mercado, o sea, la empresa privada, es bien innovadora y puede satisfacer muchas de las necesidades de los consumidores (el mismo Lenin lo reconoció en los años veinte cuando propuso la Nueva Política Económica). El Estado potencializa los recursos productivos de un país y redistribuye la riqueza, mejorando el nivel de vida de mucha gente. Pero como única forma de producir y distribuir bienes y servicios, ambos conducen al estancamiento. Pueden funcionar por un período corto, pero después colapsan, mostrando cuán insostenibles son en la práctica. El colapso se da por debilidades inherentes a ambos sistemas: la falta de instituciones democráticas y competentes que regulen la ambición desmedida de los individuos que logran posiciones de poder. Sólo un proceso político democrático puede penetrar a las casas confortables o de protocolo, a los hoteles lujosos, donde viven ellos alejados del pueblo.

Los colapsos recientes también demuestran que ni el Estado solo, ni sólo el mercado, son suficientes para satisfacer las necesidades básicas y no básicas de los individuos. Basta analizar el modelo cubano y el norteamericano para darse cuenta de eso. El mercado no es completamente libre en los Estados Unidos, pero es uno de los más libres del mundo (pero no existe una relación de causa y efecto entre libre mercado y desarrollo, la relación es más compleja); el modelo cubano es estatista. Una de las fallas del sistema cubano es que no ha podido ofrecer bienes y servicios no básicos a su población. El mercado haría un mejor trabajo en producir y distribuir ropa, zapatos, teléfonos celulares, calcetines, restaurantes, etc., además en estilos diferentes que satisfagan el gusto de la población. El Estado no tiene la capacidad de producir y distribuir todos los bienes de consumo que necesitan los individuos para vivir una vida cómoda, especialmente los bienes y servicios que no satisfacen necesidades básicas.

Por otro lado, y sólo para poner un ejemplo, en los Estados Unidos, hay un alto porcentaje de la población que no tiene acceso a los servicios básicos. El 13 por ciento de la población (32 millones de personas) es pobre y muchos millones más son casi pobres (para usar un país con el mismo nivel de desarrollo, compárese con el 6% de pobreza de Suecia). Cuarenta millones de norteamericanos no tienen seguro médico y otros millones más están sub-asegurados lo que prácticamente no les permite tener acceso a un sistema que le garantice una vida saludable. Cuba tiene ventaja en la distribución de la salud.

Los que proponen el libre mercado se olvidan que el mercado, sin la intervención del Estado, tiende a crear desigualdad social, y, por lo tanto, inestabilidad política y estancamiento económico. En un sistema de libre mercado, los ricos (países e individuos) se hacen más ricos y los pobres (países e individuos) más pobres. El que ha logrado acumular capital tiende a acumular más, el que no ha podido acumular se queda atrás, consumiendo sólo lo que gana, y el que sólo tiene deudas entra en un círculo vicioso del cual es difícil salir. Si los bienes y servicios básicos se venden en el mercado, entonces se benefician sólo los que pueden pagar. La salud, la alimentación, la vivienda y la educación, si se quiere que todos gocen de ellas, tienen que ser aseguradas por el gobierno, proveyéndolas directamente o incentivando a la empresa privada para que las provea. Esto obviamente es lo que diferencia a la derecha de la izquierda, ya que la derecha no se propone satisfacer las necesidades de todos.

Vale la pena mencionar aquí que el libre mercado para los economistas políticos es el llamado laissez-faire. Muchos le llaman libre mercado a cualquier tipo de mercado, aun cuando está bien controlado, como el de los países asiáticos. Esos mercados regulados no son los que Adam Smith, la escuela de Manchester, la de Chicago y la austríaca (Hayek, Mises, etc.), los más altos exponentes del libre mercado, llamarían libre. Ellos creían, y sus discípulos creen todavía, que la empresa privada debe proveer si no todos, al menos casi todos los bienes y servicios que demandan los individuos. La verdad es que eso no funciona, por eso ni China, ni Brasil, ni Japón, ni Alemania, ni Corea del Sur, ni Chile, ni Estados Unidos, han seguido el modelo de libre mercado.

Dada esta situación, en la que ni el mercado ni el Estado pueden satisfacer completamente las necesidades de los individuos, uno se pregunta qué hacer. Lo que hay que hacer es no volver a inventar la rueda, hay cosas que ya se saben. En primer lugar, para satisfacer las necesidades básicas y no básicas de los individuos, se necesita una combinación de mercado y Estado. El gobierno, organizaciones sin fines de lucro y la empresa privada pueden contribuir al desarrollo del país, haciendo lo que saben hacer bien.

Como ya mencioné anteriormente, la empresa privada puede producir y distribuir bienes y servicios que satisfacen las necesidades no básicas de los individuos, necesidades que, dicho sea de paso, son ilimitadas. La empresa privada no los va a distribuir equitativamente, pero nadie tiene derecho a usar, digamos, camisas rojas o tangas, el que las quiera que las compre. (Se asume aquí que no es tarea del gobierno ni del presidente imponerle a la gente lo que debe consumir).

Ahora, si estamos interesados en que la gente deba satisfacer sus necesidades básicas, el Estado debe intervenir. Los servicios básicos, incluyendo el empleo, pueden ser asegurados por el Estado. El estado puede mejorar el nivel de vida del pueblo redistribuyendo el ingreso por medio de los impuestos progresivos. En el caso de un país subdesarrollado, el Estado debe invertir en infraestructura, en investigación y desarrollo, al mismo tiempo que debería crear una burocracia eficiente y profesional.

Además, el Estado debe asegurar que las reglas del juego estén bien claras, que se ejecuten con predictabilidad, que protejan los derechos establecidos por la ley, para que gane el que tenga derecho o el que haga el mejor producto, no el que tiene mejores conexiones. Cualquier sistema capitalista o socialista requiere de instituciones democráticas y de un Estado de derecho que controle efectivamente las ambiciones sin límites de los individuos. Porque son esas ambiciones las que llevan a un grupo pequeño a controlar la economía de una sociedad, y si el pueblo no tiene mecanismos para forzarlos a crear un sistema estable, que beneficie a la mayoría de la población, esos individuos es más probable que no lo harán por voluntad propia.

Los intelectuales que no estudian la economía objetarán que esta tesis argumenta que hemos llegado al final de la historia. ¿Será que al fin ha triunfado el capitalismo? Todo depende de como definamos el desarrollo histórico, el capitalismo y el socialismo. Todos estos conceptos realmente deben ser actualizados a la realidad del siglo XXI. Por ejemplo, la idea de que la historia avanza cuando se destruye un modo de producción, como lo define Marx, no toma en cuenta que la historia avanza sin que se terminen esos modos de producción: la derrota del somocismo, los derechos ganados por las mujeres y las minorías étnicas, son avances históricos innegables. El Estado y el mercado también han avanzado históricamente. Hay una serie de luchas culturales, políticas y económicas que continuarán. En ese sentido, la historia no termina.

El socialismo y el capitalismo también tienen que ser redefinidos y reimaginados, si queremos que beneficien a la mayoría de la población de una manera más duradera. O por lo menos hay que aprender de la historia para que esta no se repita con las consecuencias ya anunciadas.

*El autor es sociólogo.