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Ideuca

Una queja generalizada de los países es que, mientras el mundo se globaliza y las ciencias y la técnica avanzan, matemáticamente hablando, en progresión geométrica, la educación lo hace en progresión aritmética; las primeras multiplican, mientras la segunda sólo suma. Ello ha abierto una brecha profunda que se amplía y es más difícil de superar con el tiempo.

En este contexto, la brecha que ha separado nuestra educación de lo que la globalización, el avance de las ciencias y el país nos deparan, es significativamente amplia. Si a esta resistencia al cambio se suma el profundo descuido que las administraciones han tenido a lo largo de varias décadas, enfocándose en “modernizar” algunos de sus componentes, descuidando los más relevantes, es inmensa la deuda histórica y la urgencia de saldarla.

Dos enfoques se perfilan en estos procesos de cambio educativo. Desde una visión eficientista, la prisa de los partidos de gobierno por mostrar a la sociedad que la educación está cambiando, ha llevado por muchos años a emprender procesos de cambio galopantes, enfocando los esfuerzos a la resolución de los problemas más visibles, pero con una filosofía subyacente orientada a convertir la educación que es un bien público en un bien privado. Por otro lado, un enfoque orientado desde una filosofía de derechos, en tanto la educación es un bien público y un derecho natural y, como tal, merece que todos los estratos sociales logren acceder a ella con equidad, pertinencia y calidad. No obstante sus diferencias, ambos enfoques también suelen mezclarse en ciertos aspectos.

Desde esta mezcla de enfoques, la rapidez con que se generan cambios es tal que, tanto los funcionarios como directores y maestros no logran sopesarlos ni aprehenderlos, pues no tienen tiempo para profundizarlos ni asumirlos, más allá de la mera repetición de lemas, consignas o recitando políticas, modelos y normativas que no logran concretar más allá que para “salvar las apariencias”. La poca discusión y participación que se da en estos cambios hace que los mismos sean aplicados superficialmente, abarrotándose unos con otros y perdiéndose el sentido y significado auténtico que deberían tener. Al final, si es cierto que desde la Administración pueda percibirse que las transformaciones se están dando, lo cierto es que sólo quedan en la epidermis y no son sostenibles, siendo que gran parte de ellos ni siquiera logran traspasar los muros de la burocracia educativa e insertarse en los centros educativos. Una investigación que realizamos en 2006 sobre los cambios curriculares realizados en una década confirmó lo anterior en boca de los maestros.

Los países que toman muy en serio su educación, a la vez que han asumido una posición clara, desde la educación como un derecho, prefieren realizar la transformación de la educación de forma progresiva, sin “atropellar” los cambios, afincando éstos a partir de la investigación, el análisis, el debate y la formación. Si bien es cierto que los procesos son más lentos al dar el tiempo requerido para la maduración de cada cambio, también lo es que estos cambios logran aquilatarse, penetrar y sedimentarse en los centros educativos, dinamizando procesos y sinergias, y desencadenando dinámicas innovadoras de calidad.

Es de esta forma que el debate interno y externo al sistema educativo se convierte en la fuerza viva de la transformación, convirtiendo a ésta, ya no en una “obligación” orientada desde arriba que se ha de cumplir, sino en una necesidad sentida y en una construcción colectiva. Así, mientras en la visión centralista y verticalista operan “inteligencias individuales” desarticuladas, en la segunda perspectiva la transformación encuentra su mejor aliado en “la inteligencia colectiva”. Mientras desde la primera se responde a la “prisa” del partido político, desde la segunda se responde al país.

La educación del país, en esta nueva etapa, ha dado muestras de una vitalidad inimaginable y de una filosofía movilizada por el derecho a la educación de todos los nicaragüenses; los cambios e iniciativas surgen por doquier, las prisas por superar la deuda histórica son notables, los logros son visibles. No obstante, los retos aún pendientes son incontables y merecen ser atendidos como merecen. El Plan Decenal, seguramente, mostrará al desnudo estos requerimientos de la sociedad. El mayor peligro, sin embargo, podría ser dejarse embargar de tanta prisa, sacrificando el fondo por la forma, la sustancia por el condimento, la profundidad por la superficialidad y mediocridad. La discusión y participación democrática efectivas en los cambios, la profundización en sus sentidos y significados, incrementar en el magisterio la esperanza y reconocimientos perdidos, y entregar a la educación el presupuesto que se merece para servir de soporte a esta transformación educativa, son, apenas, algunas de las deudas que merecen ser asumidas con mayor rigurosidad.