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Lo primero que piden es silencio. Lo piden a gritos, pero todo el mundo al final se calla. El momento es realmente intenso, único. Un montón de sonidos que trae el silencio se confunden, y ya no sabes lo que escuchas.

Ante la presencia de escombros, se requiere silencio, porque a veces, lo que parece el roce de una piedra, o el paso del viento, puede ser lo que quede de aliento a una voz con pocas horas de vida consciente. Los expertos saben identificar una voz humana del resto de sonidos. Y algunos perros adiestrados aún mejor que las personas huelen la vida entre las piedras.

Gracias al finísimo oído del personal haitiano de Médicos sin Fronteras, una amiga de Canadá, que estaba atrapada entre los escombros de la casa donde residía en Puerto Príncipe, pudo ser rescatada con vida, veinticuatro horas después de la tragedia. Ya la habíamos dado por desaparecida, esa palabra que anticipa algo peor.

Durante las primeras cuarenta y ocho horas que siguen a un terremoto, la confusión, el caos y la atención de los primeros heridos se hace con un esfuerzo extraordinario, pero al mismo tiempo, están los buscadores de voces, que se pegan como pueden a los escombros para sacar lo que haya aún de vida adentro.

Durante algunas ocasiones en las que he podido estar en Puerto Príncipe, la última hace unos meses, fue inevitable la angustia al ver la precariedad de muchos edificios que se arriesgaban a levantarse bloque sobre bloque hasta llegar a dos o tres plantas a la falda de los cerros que rodean la capital y se convierten en barrios. Muchos de esos edificios se convierten en colegios.

En Puerto Príncipe, a primeras horas de la mañana, solía ocurrir un espectáculo: el desfile de niños y niñas acudiendo a sus centros escolares vestidos con uniformes coloridos; y en el caso de las niñas con lazos de colores a juego en sus colochos. Una especie de aliento de futuro. Una manía de la esperanza.

En Haití hay una verdadera vocación por la enseñanza. Los padres se endeudan hasta las cejas para que sus hijos estudien. La mayoría de las escuelas son privadas, les cobran la vida, y se construyen con materiales que no resisten mucho. Pocos días antes de que hubiésemos llegado a Puerto Príncipe la última vez, un colegio se había desmoronado llevándose la vida de cien niños. No había ocurrido un terremoto. Se había caído de pura debilidad.

Puerto Príncipe entero es como uno de los peores barrios de Río de Janeiro, Managua, Caracas o Bogotá. Toda la ciudad es así, como el barrio. Apenas una colonia, como Petion Ville, y el parque donde se alzaba el palacio gubernamental (ahora también derrumbado) escapaba de la enorme miseria que ha sufrido siempre esta población. Tras su independencia como primera república negra, formada por esclavos, ha estado sometida a la dictadura, la invasión de Estados Unidos, la crisis del pasado gobierno y la intervención de la ONU por último. Pero con toda la comunidad internacional, incluyendo a los cascos azules de la Minustah (la misión de ONU en Haití), con los esfuerzos de personalidades como Bill Clinton, y los de países latinoamericanos como Uruguay y Brasil apenas se había podido soñar con que Haití saliera un poco del atolladero en el que estaba. Ya antes del terremoto, era un fracaso para la comunidad internacional y para los países hermanos de América Latina.

Un gobierno frágil, después de un extraño conflicto de intereses, mendigaba más ayuda para hacer despegar el país, pero nunca fue posible. Ahora el terremoto hace que todos esos esfuerzos se tiren por la borda, y haya que volver a empezar. La pregunta es ¿volver a empezar qué? El mismo cuartel general de la ONU ha caído, y con él muchos de sus mandos. Los hospitales severamente dañados, como el de La Trinidad, que gestionaba Médicos sin Fronteras, y que era el único lugar donde se daba atención quirúrgica gratuita también se colapsó. Los heridos se atienden a la intemperie.

Pero más allá de las preguntas, a estas horas, como otros muchos, sólo espero escuchar la voz de una buena amiga, enfermera en Haití, con la que no he podido establecer contacto. Sólo Skype y los teléfonos satelitales tienen algo de cobertura. La vida, que se empeña en seguir adelante, se convierte en voces débiles, esperando ser encontradas entre los escombros. De esas voces, muchas inevitablemente serán las de las pequeñas esperanzas vestidas de colegiales. Y hay que encontrarlas cuanto antes. La ayuda económica canalizada a través de las organizaciones de emergencia es lo más práctico ahora. Después, cuando venga la fase de reconstrucción, se podrá hacer otro tipo de ayuda. Los debates de las causas, las culpas, las traicionas ya tendrán su lugar, pero ahora sólo estorban, hacen ruido, y es hora de guardar silencio para atender a las voces. América Latina tiene mucho que hacer por su parte más pobre. Managua supo por un terremoto semejante que sus consecuencias se sufrieron entonces y se sufren todavía. Nicaragua, cómo no, sabrá escuchar las voces de sus primeros hermanos de la libertad.


franciscosancho@hotmail.com