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Pese a sus detractores, Fidel Castro Ruz es una de las personalidades más importantes de la historia. Es el último dinosaurio de la era de Indira Gandhi, Francisco Franco y Charles De Gaulle, entre otros. Hace unas semanas me di el inmejorable banquete de leer “Cien Horas con Fidel”, la larguísima entrevista de Ignacio Ramonet, que prácticamente constituye la única biografía sobre el líder cubano. Leyendo esta magnífica obra, el comportamiento de Fidel ante la “Crisis de los cohetes” de 1962, no parece encajar en una personalidad de profunda sensibilidad social, como parece serlo.

Fidel llevó al pueblo cubano a altísimos índices en salud y educación, a la par o mejor que los países más desarrollados, lo que constituye una conquista asombrosa que todo el mundo debería reconocer. Pero está aplazado en libertades, y éstas y la justicia social son dos caras de una misma moneda en el modo de vida de todo ser humano. En Cuba las libertades sólo existen en función de compartir los postulados del partido en el poder. Fuera de ello, no hay nada.

Salvo Chile, Costa Rica y Uruguay, en el resto de América Latina los pobres están excluidos de la salud y la educación, y, por supuesto, de la riqueza, y con ello el sistema los condena, también a sus descendientes, a las peores condiciones de vida. La insensibilidad de la derecha le impide ver que hay una obligación ineludible del Estado para salvaguardar los derechos humanos políticos y socioeconómicos de las personas.

Con su inteligencia fuera de lo común, Fidel Castro ha sido la gran fuerza motora que ha conducido a la isla a sus logros prodigiosos también en biotecnología y deportes, y ha practicado una solidaridad internacional difícil de imitar. Estados Unidos, por ejemplo, con todo su poderío económico, no puede mandar educadores y médicos a Nicaragua y a otros países pobres, a asistir a los más necesitados, como lo hace Cuba.

Ciertamente, junto a los extraordinarios beneficios que recibe el pueblo cubano, están también múltiples y profundas limitaciones. La riqueza del país permite satisfacer las necesidades básicas, pero más allá, no puede haber mayor consumo, ni siquiera para pintar la casa. Los más pobres del resto de latinoamericanos tienen libertades formales, pero, ¿cómo no desearían tener la poca comida y la mucha salud y educación que reciben los cubanos?, cuyo promedio educativo es noveno grado, mientras en nuestro país apenas llegamos a cuarto, y cancaneando.

Hay asuntos sumamente controversiales junto a la lucidez y capacidades fuera de serie de Fidel Castro, como las ejecuciones de la última década, pero la sombra que más me llamó la atención leyendo su biografía, es su posición en la llamada “Crisis de los cohetes”, de 1962. ¿Cómo es posible que de una inteligencia portentosa haya salido una exhortación a la Unión Soviética para que lanzara un ataque nuclear a los Estados Unidos, si éste invadía a Cuba?
Cuando leí los fragmentos de las cartas que en esos días terribles para la humanidad intercambiaron Nikita Kruchev, Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética (URSS), y Fidel Castro, me quedé atónito. Durante una reunión en Ginebra del líder soviético con el Presidente John F. Kennedy, de Estados Unidos, éste hizo pensar al primero que Cuba sería invadida por EU, lo cual fue comunicado de inmediato a La Habana. Moscú confirmaría los planes invasionistas de la Casa Blanca.

Para enfrentar la amenaza de intervención militar de Washington, Fidel y Kruchev decidieron instalar cohetes nucleares en Cuba, a tan sólo unas millas de territorio estadounidense. Además, Moscú perseguía que EU retirara los cohetes nucleares que había instalado en Turquía, apuntados hacia los dominios soviéticos.

En carta del 26 de octubre de 1962, Fidel le plantea a Kruchev: Si tiene lugar la segunda variante y los imperialistas invaden a Cuba con el fin de ocuparla, el peligro que tal política agresiva entraña para la humanidad es tan grande que después de ese hecho la Unión Soviética no debe permitir jamás las circunstancias en las cuales los imperialistas pudieran descargar contra ella el primer golpe nuclear.

La única manera en que Estados Unidos no pudiera ser el que diera el primer golpe nuclear, era que lo propinara la URSS. Fidel subordinó los intereses de la humanidad a los de Cuba, pues un ataque nuclear a EU era desatar una guerra mundial termonuclear que incluso habría amenazado la supervivencia de la especie humana. No deja de tener cierto misterio esta actitud de un hombre tan inteligente. ¿Qué lo llevó a tan alucinante planteamiento?
Menos mal que Kruchev estaba en su sano juicio, porque no le hizo caso a Fidel, y cinco días después le responde al líder cubano: En su cable del 27 de octubre Ud. nos propuso que fuéramos los primeros en asestar el golpe nuclear contra el territorio del enemigo. Usted, desde luego, comprende a qué llevaría esto. Esto no sería un simple golpe, sino que el inicio de la guerra mundial termonuclear.

Querido compañero Fidel Castro, considero esta proposición suya como incorrecta, aunque comprendo su motivo.

Pese a la racional, contundente pero comedida y educada respuesta de Kruchev, el Comandante Fidel Castro no fue capaz de una posición autocrítica, y más bien justificó su posición, de acuerdo al siguiente texto que le envió el 31 de octubre al líder soviético. Y yo no sugerí a usted, compañero Jruschov, que las URSS fuese agresora, porque eso sería algo más que incorrecto, sería inmoral e indigno de mi parte; sino que desde el instante en que el imperialismo atacara a Cuba y en Cuba a fuerzas armadas de la URSS destinadas a ayudar a nuestra defensa en caso de ataque exterior, y se convirtieran los imperialistas por ese hecho en agresores contra Cuba y contra la URSS, se les respondiera con un golpe aniquilador.

Hay que reconocer que estos documentos fueron suministrados por el mismo Fidel a Ignacio Ramonet, pese a las profundas implicaciones de los mismos, en el sentido de que esta equivocación del líder cubano constituye quizás el principal error de su extraordinaria vida política, sobre todo como conductor por más de medio siglo de una revolución social. No hay otro personaje en la historia contemporánea que haya gobernado tanto tiempo una sociedad y que haya incidido tanto en cada hecho o acontecimiento no sólo decisivo, sino medianamente importante, de su país.


*Editor de la Revista Medios y Mensajes.

gocd56@hotmail.com