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Más de 100 asesinatos. Más de 600 personas heridas y golpeadas. Centenares de personas torturadas. Decenas de desaparecidos. Más de 4000 personas detenidas desde el día del golpe hasta la fecha. Retorno de los escuadrones de la muerte. Manifestaciones pacíficas de ciudadanos que se atreven a resistir y expresar sus ideas son reprimidas brutalmente. Clausura de medios de prensa que rechazan el golpe. Periodistas secuestrados y torturados. Centenares de hondureños en el exilio. La Canciller del gobierno electo por el pueblo secuestrada y expulsada del país. Decenas de funcionarios del gobierno legítimo perseguidos y amenazados. El presidente constitucional de Honduras, Manuel Zelaya, asaltado a balazos en su residencia a horas de la madrugada, secuestrado y luego tirado como un bulto en el aeropuerto de San José, Costa Rica. Hoy se encuentra prisionero en la Embajada de Brasil en Tegucigalpa.

Éste es el saldo de barbarie, hasta el momento, del golpe de Estado militar en Honduras que ha interrumpido el curso del orden constitucional en dicho país. Desde el Estado nuevamente se ejerce el terrorismo contra el pueblo, y Centroamérica ha retrocedido décadas en sus avances de institucionalización democrática. La jaula de los gorilas ha quedado abierta y la trágica memoria de las dictaduras militares súbitamente vuelve a emerger como un fantasma que amenaza a los pueblos latinoamericanos. Rápidamente vuelven a aparecer las urdimbres de golpes de Estado con el involucramiento de los militares. En Paraguay, en Guatemala, en Ecuador. En Nicaragua presenciamos el espectáculo alucinante de un eurodiputado holandés que tuvo la desvergüenza de insinuarle a la dirección del Ejército la ejecución de un golpe semejante al perpetrado en Honduras.

A los pueblos latinoamericanos, y al hondureño en particular, se les vuelve a plantear dentro de sus estrategias de lucha y resistencia, la valoración de una forma que con la excepción del caso colombiano ya se tenía como superada y descartada, la de la resistencia e insurrección armada.

En América Latina constituye la maniobra más efectiva del binomio imperialismo-oligarquías contra el proceso democratizador, de independencia política y de resistencia al neoliberalismo que se inicia en 1999, con la llegada de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela. Es una acción dirigida a debilitar la avanzada de este movimiento que son los países adscritos al bloque ALBA, e indudablemente introduce un cambio en la correlación de fuerzas del subcontinente en detrimento de las fuerzas populares.

No es casual la justificación del golpe, abierta o embozada, de que ha hecho gala el andamiaje ideológico que sustenta los poderes oligárquicos, a lo largo y ancho del subcontinente. Me refiero a sus formaciones políticas y religiosas, sus medios y sus ideólogos, como lo hemos visto con meridiana claridad en Nicaragua. Solamente tres ejemplos ilustrativos para el caso de nuestro país: a) la tergiversación informativa de las empresas mediáticas, poniendo como siempre la realidad patas arriba: Zelaya convertido en victimario, en el responsable de la ruptura del orden constitucional. b) El viaje de Eduardo Montealegre para otorgarle legitimidad a los golpistas, cuando los gringos y todos los gobiernos del mundo, hasta los de extrema derecha (Colombia, Israel, o Panamá por ejemplo) declaraban ilegal a Micheletti y su pandilla. c) El artículo de Gioconda Belli, publicado en END legitimando el golpe, haciendo uso de un argumento falso que como todas las mentiras que escribe, lo copió del diario español “El País”: que Zelaya había “violado todas las leyes de su país”.

Paralelamente a la apología oligárquica, USA, instigador del golpe, maniobró con habilidad para suministrarle legitimidad a los golpistas. Primero, con el espaldarazo a Oscar Arias para que jugara el papel de “mediador”; después con la declaración desfachatada de la señora Clinton aceptando como legítima la farsa electoral que forma parte del proceso golpista. Por su parte, la Unión Europea hasta el momento adopta una posición de ambigüedad calculada. Oficialmente, la Comisión Europea emitió una declaración que se presta para cualquier interpretación, condenando la ruptura del orden constitucional y apelando a su restauración, pero sin decantar a los responsables ni demandar la restitución del presidente constitucional, Manuel Zelaya. A la vez, no envió ningún observador para presenciar la celebración de la farsa electoral. Sin embargo, una vez realizado el simulacro de elecciones no lo ha condenado como un acto espurio que forma parte de la tramoya del golpe. Sus funcionarios recorren Centroamérica persuadiendo a los gobiernos acerca de la conveniencia del “pragmatismo”, lo que significa que hay que aceptar el status quo golpista y continuar las negociaciones del Acuerdo de Asociación Centroamérica – Unión Europea como si nada hubiese acontecido en la región.

Como la UE se empeña en jugar el papel de furgón de cola del unilateralismo que despliega USA en el mundo, no tengo dudas de que más temprano que tarde terminará plegándose a la posición estadounidense, aunque seguramente con un estilo más encubierto (cuestión de formas que, al fin, no variará los contenidos). De esta manera, se consolidará como logro el objetivo central de los poderes imperiales, que es el de “normalizar” en nuestras mentes el suceso golpista y sus secuelas de terrorismo de Estado, de violación sistemática de los derechos humanos, de desmontaje de los avances democratizadores y de retorno al fundamentalismo neoliberal. Se trata de convertir este hecho en una variable de la realidad que hay que aceptar “pragmáticamente” y con la que nos toca convivir.