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Segunda Parte

El presidente Daniel Ortega Saavedra, entrega la banda presidencial a la señora Violeta Barrios de Chamorro después de su estrepitosa derrota en las urnas electorales tras diez años de guerra civil. La economía nacional se encontraba en bancarrota debido a los estragos de la guerra tanto en vidas humanas como infraestructura, además de la inflación que acabó convirtiendo al Córdoba en papel para jugar Monopoly.

La nueva administración con Ortega gobernando “desde abajo” no tuvo mas remedio que implementar medidas de ajuste estructural y luego de ajuste macroeconómico, a fin de procurar el saneamiento de las finanzas públicas, la estabilidad monetaria, el fortalecimiento de la balanza comercial y el apoyo al presupuesto, lo que lamentablemente se tradujo en mayor desempleo, reducción del gasto social y abandono de los rubros de educación, salud y seguridad ciudadana.

Período 1997-2001: La era Alemán

En esta etapa iniciada por la administración del doctor Arnoldo Alemán Lacayo, el modelo democrático neoliberal continuó con el esquema excluyente de la administración Chamorro, aunque también, es justo reconocerlo, fue en este periodo, en el que se dio un significativo impulso a la aplicación de políticas públicas de desarrollo social.

Lamentablemente, en este período y debido a los constantes cuestionamientos a la gestión gubernamental por parte de los medios de comunicación y la sociedad civil, propiciados más que todo por la desmedida ambición de algunos funcionarios públicos que se enriquecieron inmoralmente con los recursos estatales, el orteguismo vio en ello su oportunidad de oxigenarse políticamente luego de su estrepitosa derrota electoral de 1996, recurriendo para ello a la extorsión y al chantaje en contra del gobernante Partido Liberal Constitucionalista, lo cual motivó el “pacto” de 1999.

Como consecuencia de este pacto, el Orteguismo fue preparando las condiciones para su retorno al poder, insertando en las instituciones del Estado a sus caballos, alfiles y peones, mientras las torres, el rey y la dama se apoderaban totalmente del tablero a partir del mes de enero del año 2007… como en efecto ocurrió.

Período 2002-2006: La nueva era

Con la llegada al gobierno por parte del ingeniero Enrique Bolaños Geyer y su equipo de tecnócratas made in Harvard, Yale, Stanford etc., el neoliberalismo salvaje llegó al pináculo de su desarrollo, y por ende, se inició el principio del fin de la democracia. El gobierno de la Nueva Era o también conocido como “el gobierno de los bancos” priorizó la persecución de los funcionarios del gobierno anterior por casos de corrupción, y fortaleció la macroeconomía, el sistema financiero y comercial, pero descuidó la implementación de programas sociales, tan necesarios para lograr avances significativos en los índices de desarrollo humano.

Fue en esta etapa final del paréntesis democrático iniciado en 1990, que se oficializó en forma casi definitiva la división de las fuerzas democráticas, preparándose las condiciones para el retorno de la oscuridad.

Periodo 2007 a la fecha: La nueva noche oscura

En efecto, el hoy dictador, comandante Daniel Ortega Saavedra, se encontró frente a un electorado conformado por miles de personas desilusionadas con nuestro fracasado experimento de 16 años de democracia “Zona Hippo”. A miles de jóvenes, nosotros los demócratas, les negamos la salud, la educación, el trabajo y la dignidad de sentirse nicaragüenses, obligándolos a convertirse en la cena de voraces rotwailers por no tener opción de conseguir una cena digna en su suelo patrio.

Por consiguiente, no era de extrañarse que Daniel Ortega fuese visto como un libertador que rompiese el yugo neoliberal de opresión y miseria que les impusimos en los años 90 y la mitad de la primera década del siglo XXI, cuando en ese período, el señor Ortega era el abanderado de la oposición y de los desposeídos, y no el dictador que hoy todos conocemos y lamentamos, incluso los que votaron por él.

Muchas de esas multitudes embrutecidas fueron a las urnas a votar por Ortega, sin saber quien es Ortega, pero sabiendo muy bien quienes fuimos nosotros. Le servimos la mesa al tirano con miles de personas victimas de analfabetismo, sin futuro ni esperanzas, aún sabiendo que eso es lo que necesitan los déspotas fascistas y marxistas para apoderarse de la voluntad de los pueblos que sojuzgan.

Para las dictaduras totalitarias es más fácil enajenar las conciencias de los pueblos, si estos son víctimas de la exclusión social, desempleo y analfabetismo, en virtud de que un pueblo educado y con trabajo digno en un sistema democrático, es difícil que se trague los cantos de sirena de los populistas.

Realmente el pueblo sí es presidente… no es un mito. Es presidente, no porque al pueblo como tal se le respete su voluntad, es presidente, porque a estas alturas, la simbiosis caudillo-pueblo, se está consumando inexorablemente, de tal manera que lo que diga Daniel Ortega, es lo que dice el pueblo; lo que diga el pueblo es lo que dice Dios; cumplirle a Daniel, es cumplirle al pueblo, cumplirle al pueblo es cumplirle a Dios; el pueblo es presidente, el pueblo es Daniel, El pueblo es Dios… luego: Daniel es Dios.

Esto es el axioma perfecto de la maldad consumada en nuestra patria: El pueblo sí es presidente… y nosotros los demócratas somos los culpables, ya que lo único que se necesita para que el mal triunfe, es que los hombres buenos no hagan nada.

Parafraseando al ministro de propaganda del III Reich, Joseph Paulus Goebbels, si “una mentira es mil veces repetida, termina siendo asumida como una verdad por la totalidad de las masas”. Entonces queda mucho por hacer para contrarrestar esa mentira; porque al menos Ortega tiene un programa definido, y aunque sea basado en una mentira, tiene un proyecto, al igual que lo tuvo Hitler… Pero, ¿que proyecto de Nación tenemos nosotros los demócratas, además del trillado “todos contra Ortega”?

¿Qué hicimos después de derrotarlo en 1990?

*El autor es abogado y master en Administración Pública