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Nuestros muchachos del ejército que se fugaron de la rutina para ingresar en la dicha y el dolor de la solidaridad, rescataron, debajo de las piedras, a dos victimas del cataclismo haitiano. Tengo la certidumbre de que harán nuevos rescates y distribuirán otros consuelos. Ellos se han repartido un territorio en Puerto Príncipe, junto con los peruanos, los franceses y los rusos.

Para rescatar a un ser humano atrapado entre los escombros y con el riesgo de las replicas, se requiere coraje, cariño del mejor, de aquel que solo pertenece y puede crecer, quienes fueron educados para la distribución de los mas nobles sentimientos.

Ya nuestro ejército no tiene el apellido institucional sandinista pero siéndolo, en esencia, porque es una institución de excelentes seres humanos. Del mismo linaje es nuestra policía.

Los detalles del copioso sudor y la bravura de los jóvenes nicaragüenses derramados, en medio del infortunio haitiano, me los comunicó Daniel Ortega, orgulloso y emocionado. También molesto por la ocupación militar norteamericana en ese desafortunado país. En efecto, los habitantes requieren manos extendidas, agua limpia porque tienen sed, el pan nuestro porque tienen hambre, ternura porque están tristes, médicos, rescatistas, monjitas de ojos dulces y sandalias leves y para nada pesadas botas militares, para nada fusiles en zafarrancho de combate.

Sería en extremo doloroso, si la naturaleza llegara a maltratarnos, resucitar entre los escombros y al mismo tiempo, defender, de acuerdo a nuestra tradición histórica, nuestra sagrada soberanía nacional.

Nuestro reconocimiento, admiración y afecto para nuestros valientes muchachos.