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La ruina de Bosawás continúa bajo la lógica espantosa de la corrupción política, un defecto de nación que ha convertido a Nicaragua y Haití en los países más pobres del continente. Ortega como Duvalier en el 64, está a punto de declararse presidente vitalicio de Nicaragua con derecho a sucesión. Antes de su tragedia Haití ya había perdido hasta el significado taíno de su nombre, “Tierra montañosa”. Su aridez, que contrasta con el verdor de la República Dominicana, es producto de varios siglos de inestabilidad y corrupción política. Con la haitianización de Nicaragua, adiós Bosawás, no solamente a su categoría como “Reserva de Biosfera”. La corrupción no protege la naturaleza, no permite la ciencia, ni respeta la sabiduría y los derechos ancestrales de los pueblos indígenas.

El portal de Marena ofrece fotografías de Castro y Ortega, pero ninguna de Bosawás con sus llagas abiertas. Inútiles han sido más de $ 20 millones de dólares y la prótesis burocrática de su Secretaría Técnica para preservarla. Mientras el gobierno permite la venta y la tala de miles de hectáreas en la reserva, sus legítimos dueños los indígenas Mayagnas, tienen prohibido incluso aprovechar la madera tumbada por el huracán Félix. Este despojo mafioso con protección gubernamental es común en toda Nicaragua, abarca zonas costeras y áreas protegidas. Un cayo miskito en la costa caribe por ejemplo puede costar hasta .5 millones de dólares.

Al despale, las quemas y otras prácticas agropecuarias que destruyen Bosawás, hay que agregar las actividades del narcotráfico y los impactos sutiles imposibles de medir con la Huella Ecológica. Las quemas por ejemplo, producen “isletas forestales” separadas por espacios calcinados dentro del bosque. Los árboles que dependen de un polinizador para reproducirse, quedan castrados ecológicamente cuando el espacio entre las isletas es mayor al radio de acción del polinizador. Además los agujeros en su masa boscosa, la vuelven presa fácil de los fenómenos meteorológicos.

Perder Bosawás es perderlo todo, de ella depende la vida en la región. Se sabe poco sobre los tesoros genéticos que guarda, no se sabe exactamente qué hay o cuánto se ha perdido. Además, el área de la reserva es el corazón mesoamericano de una macro zona continental donde se besan y se despiden el norte y el sur biológicos, una franja cada año menos verde de 769 mil km cuadrados que atraviesa la región desde el sur de México hasta Panamá y que entre otras maravillas probablemente contenga hasta un 12% de la biodiversidad mundial.

A excepción de Costa Rica y Panamá, la crisis de la reserva retrata toda Centroamérica. Una región rica con millones de pobres aplastados por el peso de la ignorancia y la corrupción política. Una población que con sus recursos naturales bien podría satisfacer sus condiciones óptimas de vida. Desde su descubrimiento el istmo sólo produce materias primas. Si Colón se hubiera desviado al norte y el Mayflower al sur, a lo mejor no tendríamos capitalistas inútiles y políticos corruptos. Tal vez la región ya no vendería cacao para comprar chocolates. En cinco siglos esta gente además de plantar banano y adular dictadores, solamente aprendió a refinar azúcar y ron.

La región cedió la mitad de su bosque original como terrenos de pastoreo al auge ganadero del siglo pasado. En su obra, “Somos parte de un gran equilibrio”, Ingemar Hedstrom describe este fenómeno como La Hamburguerización de Centroamérica. En parte, el éxito mundial del insípido menú de los hermanos MacDonal en California, fue posible porque unos “empresarios” idiotas estuvieron dispuestos a talar la región para vender más carne a Estados Unidos. Sin ellos, la tenacidad del difunto Ray Croc no hubiera tenido quizás el mismo impacto planetario y el globo no tendría que colgarse el ridículo arco dorado y soportar al patético payaso.

Sin dictaduras militares pero sin pistas para el desarrollo sostenible, la mayor parte de Centroamérica continúa a la deriva con universidades de fantasía e instituciones científicas tan oscuras como un sótano. Un escenario perfecto para repartirse el botín ambiental entre políticos ruines y capitalistas con corazón de pollo. Una potente lupa ecológica se necesita también para observar el Corredor Biológico Mesoamericano y el Plan Puebla Panamá. Dos propuestas regionales de desarrollo sostenible sospechosas de que la mentira cabalgue de nuevo sobre el lomo de la verdad. Los pobres que logran producir a favor de la naturaleza en las comarcas marginadas de Centroamérica, se merecen algo más útil que la retórica ecologista y la letrita ilegible que viene con el patrocinio del Banco Mundial.

El futuro apocalíptico y otras tonterías que realmente no existen, sólo nos distraen del caos cotidiano. El esfuerzo por instaurar la democracia y la ecología como valores en la región es una batalla que debemos librar hoy. El escritor checo Iván Klima, que pasó parte de su niñez en un campo de concentración nazi lo explica mejor: “No es posible asegurar el futuro, sólo es posible perder el presente”.