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Han pasado ya 64 años de los bombardeos a Hiroshima y Nagasaki, los cuales junto con los trágicos efectos de la segunda guerra mundial, representan un hito de enorme alerta para que cada uno de nosotros vigilemos porque se aseguren los destinos de la humanidad. Desde entonces hasta el fin de la guerra fría se realizaron importantes pasos para lograr una reducción y gradual eliminación de armas nucleares, especialmente entre Estados Unidos y la Ex Unión Soviética; no obstante, se ha venido retomado el camino de la proliferación del uso de la energía nuclear, no sólo por las tradicionales potencias en armamento de este tipo (EU, Rusia, Inglaterra, Francia y China), sino que ahora otros países conocen como construir estas armas, entre ellos India, Pakistán e Israel, atrayendo a esta carrera a más países de distintas latitudes bajo los argumentos benéficos del uso de la energía nuclear.

De acuerdo con el Instituto para el Control Nuclear (www.nci.org) “el siglo 21 marca un punto de inflexión cuando más material para construir bombas atómicas entra en el comercio civil que el que existe en armas nucleares en el mundo”. El problema ahora es que la industria tiende a reprocesar el plutonio degradado y a promover el uso de uranio enriquecido, elementos con los cuales se pueden construir armas nucleares de destrucción masiva. Y es tan delicado el uso de la energía nuclear que aún los desechos de la ya utilizada para fines benéficos representan un dolor de cabeza para la salud social y para el calentamiento global; tan sólo recordemos el caso de los desechos de la bomba de cobalto del antiguo Hospital El Retiro enterrados bajo estricta supervisión de Naciones Unidas en un lugar que ahora se ha tornado comercial y recreativo.

El incremento del uso de la energía nuclear es una amenaza que no tiene color político-ideológico, es una amenaza real para toda la humanidad sin distinciones de ninguna naturaleza. No importa si Brasil sea de izquierda moderada, si Irán o Venezuela de izquierda radical; o si sus gobiernos terminan alineándose con Rusia o China; tampoco importa si Colombia o México asumen posiciones de derecha, ni si están alineadas con Estados Unidos y otras potencias capitalistas. No debe haber pretextos para que países de nuestra región permitan que las potencias o países emergentes involucrados en la proliferación de armas nucleares, los lleven hacia la aventura “dizque humanitaria” para propiciar un crecimiento peligroso de la energía nuclear y hacer posible conflagraciones inimaginables.

Desde hace décadas los científicos han explicado con bastante detalle cómo el potencial destructivo acumulado en armas y otras formas de energía nuclear es suficiente para destruir varias veces al planeta --para la caída del muro de Berlín la capacidad acumulada en energía nuclear era para destruir alrededor de 27 veces el planeta, y esto se ha incrementado sustancialmente--. Un desencadenamiento destructivo de la energía nuclear dejaría por miles de años una aurora invernal, la cual impediría que posibles navegantes espaciales se acercaran desde enormes distancias a nuestro sistema solar. No es ciencia ficción, desde la distancia quizás sólo podría reconocer algún vestigio de nuestro planeta e intuir que estuvo habitado por seres vivos, en donde la inteligencia no pudo prevalecer sobre intereses egoístas.

Considerando las lecciones aprendidas de la humanidad, como la de Hiroshima y Nagasaki, los accidentes en la industria o reservas como Chernobil, las actitudes desenfrenadas de potenciales personas esquizofrénicas como Hitler, o sencillamente de tomadores de decisiones que como seres humanos en cierto momento pueden dejarse llevar por meros impulsos de preservación del poder, no se deben escatimar esfuerzos para lograr un verdadero control en el uso de la energía nuclear con fines humanistas, poniendo extrema seguridad verificable. Lo contrario sería un asunto de lesa humanidad.

Con la proliferación de programas nucleares, de los cuales no están fuera los países latinoamericanos, se tienden a cerrar nuevas oportunidades para que las naciones inviertan en la diversificación energética, cuya explotación es en general inocua y sus fuentes son aptas para el desarrollo sostenible. Debemos pensar en un mundo donde todos los hogares puedan contar con energía a largo plazo: solar, eólica, bioenergética, hidroeléctrica o geotérmica. Un mundo más verde, limpio y accesible para todos, donde el uso de energías biodegradantes y no contaminantes sea lo normal y nadie se vea limitado por la dependencia de energía no renovable ni se sienta amenazado por desechos radioactivos o posibles enfrentamientos nucleares sin sentido.

Si bien la Cumbre de Copenhague mostró escasos avances entre los tomadores de decisiones, ha quedado demostrada la importancia de hacer cambios en la política energética para todos los países del mundo, independiente de su signo político-ideológico. Nuestro país, sin ser una amenaza nuclear ni uno de los principales contaminantes por los cuales el planeta se calienta fuera de control, debería ser un ejemplo de cómo se construye un jardín con el uso inteligente y ético del enorme potencial multienergético que posee. Esto daría una señal de responsabilidad ambiental y para la coexistencia planetaria. Nuestro pueblo y la humanidad se lo merecen.