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Es admirable la solidaridad ante las catástrofes socionaturales. La gente se mueve sin pensarlo dos veces. Ante un terremoto, un maremoto, un huracán, sobra ayuda, al menos al comienzo. Se comparte lo mucho y lo poco. Ver heridos, amputados, muertos, sobrevivientes, huérfanos, como en Haití, impacta y genera el desborde solidario. A mí me impactó también el relato de Ronie Zamor, haitiano residente en Nicaragua, que se sumó a la brigada de rescate, como traductor (END 20 enero). Esa historia de amor entre dos manos en medio de los escombros. La mano viva quedó amputada de la mano muerta. ¿Cuál dolor sería más grande, el de la mano se apaga o el de la otra que tiene que soltar la mano inerte? Conmueve. Precisamente por ese dolor que no puede ser curado, esto también nos debería con-mover a disminuir el impacto de los desastres naturales y a evitar los desastres sociales de siempre. Y para poder escuchar señales de vida, dicen los socorristas, necesitaban del silencio. Así es, haciendo un poco de silencio podemos escuchar no sólo los sonidos como símbolo de vida; también las necesidades, dolores y alegrías de los demás. Por eso se dice que el ruido puede llevar a la insolidaridad.

Estos fenómenos nos deberían dejar motivados a prevenir la vulnerabilidad. De todo tipo. ¿Por qué esperar que Tepalón se inunde, que el cerro Motastepe se derrumbe, los ríos se desborden o las casas se desplomen? Si se caen por mala construcción, ¿por qué no una solidaridad preventiva? Si vivimos en una ciudad amenazada por terremotos, nos podríamos con-mover para que los daños y pérdidas de vida sean lo menos posible. Se publican listados de puntos vulnerables y fallas geológicas que predicen un sismo, se dice que ya hay planes ante desastres. Debería haber un plan para antes del desastre. Desconozco si hay un censo claro, no un cálculo, de viviendas sobre fallas geológicas o “terremoteadas”, de casas mal construidas. ¿Cuántas que aguantaron el terremoto todavía están en pie? ¿Hay alguna valoración de sus condiciones? ¿Cuántas necesitan ser reforzadas o reconstruidas? ¿Cuántas personas pueden hacerlo y cuántas necesitan solidaridad preventiva? ¿Quién supervisa las construcciones de los pobres? Porque están bien las recomendaciones y el Código de Construcción; pero no sirven de mucho si no se pueden implementar.

Las universidades, especialmente las carreras de ingeniería civil y arquitectura, podrían hacer el censo, asesorar y supervisar. El gobierno y los organismos internacionales, financiar. Las alcaldías, facilitar las gestiones para construcción; pues seguramente en muchos casos no se solicita permiso porque falta dinero. Y la empresa privada, bajar el precio de los materiales, y evitar subirlo ante la demanda. De paso, se crearían empleos. Igual se podría hacer en caso de la vulnerabilidad ante huracanes, inundaciones, deslizamientos de tierra. Y no es sólo facilitar techo, sino asegurar la vida con casas bien construidas y en lugares seguros. Si se desaloja a la gente para desarrollar un emprendimiento, como una hidroeléctrica, ¿por qué no se le obliga a salir de un lugar inseguro? Por supuesto, dándole alternativas.

Y no sólo ante catástrofes que sangran a la vista de todos. Porque hay otras permanentes que van amputando sin gritos, sin sangre y sin hedor: la sierra estruendosa del hambre y la desnutrición va amputando el cerebro y la vida; el desempleo amputa la familia que se desgrana por las fronteras; y amputa la salud y la educación. La falta de agua amputa los derechos humanos y la vida misma. En una familia donde falta un hijo, el padre o la madre están lejos; donde el desempleo, la enfermedad o las deudas mantienen en zozobra, desesperación y hasta alteradas o inertes a las personas, también se amputan las relaciones, las ilusiones y las sonrisas. A veces hasta los consejos, la fe y la claridad mental son amputadas, porque quien está al borde del abismo está bloqueado. Quizás podemos contribuir para que al menos no se vaya la esperanza.

Entonces, ante cada causa de fenómenos socioambientales habría que tender un puente de prevención solidaria. Una redistribución de agua, de alimentos, de plazas laborales. Se tendría que hacer un censo de familias sin agua; de personas con varios empleos y de las desempleadas. Me refiero a quienes tienen buenos salarios, no a los que andan de trabajo en trabajo para poder juntar unas monedas. Y crear opciones para los jóvenes que salen de la Universidad con la ilusión de poder ayudar a su familia, pero que van directo a las filas de la migración y la incertidumbre. O darle oportunidad a una madre desempleada. También se podrían construir más centros técnicos, pues realmente ofrecen una salida laboral, tanto a jóvenes como a mayores. Y más promoción e incentivos a la creación de empleos.

Y creo que no deberíamos hacer gala de nuestra solidaridad. Sí reconocer el trabajo de quienes ayudan, de quienes se exponen por amor al prójimo; pero hasta ahí. Aquí el silencio también es necesario. El sufrimiento de otros y la solidaridad no deberían ser incentivo publicitario, de imposición o competencia.