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Vos lo sabés bien. Sólo los ojos de los jóvenes que en el año 72 vivieron el terremoto de Managua, son capaces de alzar la mirada sobre el desorden de sus calles y levantar con la memoria aquella ciudad que algunos sólo hemos visto en blanco y negro. Conozco gente que reconstruye Managua con los ojos cerrados, como en los sueños.

Hoy revisado mis notas del último viaje a Haití, antes de esta catástrofe. Puerto Príncipe nunca tuvo el encanto de la vieja Managua, pero al menos, vivía de la esperanza. En estas notas, aún no había sucedido el seísmo, y recordar la ciudad como era es una manera de desear que pronto pase este pisotón dramático del olvido.

Marzo. 2009

Si para llegar allí pasas por el JFK de Nueva York, o por el aeropuerto de Miami, te cruzas con ellos, te preguntan cómo quieres el café, o te dicen que mejor utilices otro lavabo porque están limpiando en el que ibas a entrar. Si te quedas un poco más en Nueva York, también los verás firmando cuadros impresionantes en el museo metropolitano o conduciendo un taxi por la Gran Manzana. Los hay también excelentes escritores, profesores que un día emigraron como cientos, como miles, y forman hoy esa pequeña gran Haití que en Estados Unidos es tan abundante y te hace presentir que algo pasa en un país que expulsa a tantos de sus habitantes a punta de miseria.

Por segunda vez en mi vida, llego a Haití, un lugar que te engancha o te produce una sensación de estupor, de extrañeza, que nunca llegarás a comprender, no ya sobre lo que aquí ocurre, sino lo que siempre parece estar a punto de ocurrir. Y es curioso, porque en mi memoria, hace muy poco, se trataba de un país que se preparaba para una posible negociación de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Existía la esperanza de que algo estaba a punto de cambiar. Te hablo de hace sólo cinco años. Sin embargo, muy poco después, veo que el aeropuerto está tomado por los helicópteros de la ONU, y no sólo el aeropuerto, sino Puerto Príncipe entero lo patrullan los carros blindados de los cascos azules brasileños, uruguayos, nepalíes, entre otros.

Difícil explicar, comprender lo que ha pasado desde mi última visita hasta hoy. He seguido desde lejos las noticias de esta transformación, pero aun así impacta contemplar el cuerpo herido de un país así. Aquel año de 2004, la última vez que vine a Haití, ahora parece tan lejos como la Sudáfrica en la que se refugia el que era entonces presidente, Jean-Bertrand Aristide, un antiguo sacerdote de la Teología de la Liberación, con un gran apoyo popular que aunó muchas esperanzas en un país desangrado por las dictaduras de los Duvalier (padre e hijo). Sin embargo, Aristide terminó al frente de un Gobierno acosado por las sospechas, las intrigas y todo lo que degeneró en una violencia que se cobró la mayoría de las vidas donde siempre, en los barrios más pobres de Puerto Príncipe.

Si estuvieras aquí, verías que la vida se hace no sólo posible, sino impresionante. Mira, son las siete de la mañana, y es uno de los espectáculos más bonitos que puedes ver en el mundo. Sólo por esto, merece la pena venirse a Haití. Son las niñas pequeñas que van de la mano de sus padres a la escuela. El pelo negro se les riza como un reto, y entonces se lo arreglan en pequeños lacitos del mismo color que el del uniforme escolar. Cada colegio tiene uno diferente. Bajan o suben hacia sus centros de la mano de sus padres. Recién bañadas con el orgullo del agua limpia, aún no han podido vencer por completo al sueño, pero los padres les toman de las manos como a un seguro de vida, en el buen sentido de la palabra. Son la única esperanza de Haití, esos pequeños y los centros a los que van, porque a diferencia de muchos países en una situación parecida, aquí la gente se endeuda hasta los dientes por dar educación a sus hijos.

Mientras vamos en carro hacia un barrio que se llama Martissant, el conductor ve a su niña y nos la señala. El mismo orgullo del que antes hablaba. “Allá va mi hija, camino de la escuela”. Y es precioso ver esto. Probablemente el conductor está endeudado hasta las cejas, pero viéndolo como él mira a su hija, eso parece lo de menos.

En Martissant, como en Cité Soleil, nos encontramos con pequeñas escuelitas en las esquinas más insospechadas. Imagina una vara de hierro que se retuerce. A eso se parecen las calles de los barrios de Puerto Príncipe y todo Puerto Príncipe. Pero ni siquiera se hacen fuertes como el hierro, sino débiles como los techos de cinc podridos que hacen el amago de protegerte de la lluvia y el viento. Son amagos, mentiras, porque aquí, cuando llueve, el cinc no te salva. Y bajo el mismo cinc, débil, oxidado, y caliente como los malos sueños, ves a un profesor que combate, o imparte, no sé cuál es el verbo correcto, su clase frente a decenas de niños de diferentes edades. Qué asignatura les explica. Qué pueden aprender si cada uno debiera estar en diferentes grados y no allí, como sostenidos. Imagino que les enseña una clase de historia de Haití. Imagino porque es imposible saber lo que ocurre en medio de ese relajo. Los niños nos miran curiosos. Qué busca un grupo de periodistas por aquí. A lo mejor, yo lo miro todo aún como el atardecer de Puerto Príncipe: “de lejos es bello, ¿no te parece?”, dicen un compañero y le contesto que sí, sin atragantarme. Puede ser, pero en todas las tierras del olvido, te juro que emociona ver una escuela levantada sólo a punta de tiza y pizarrón, y un maestro que a pesar de encontrarse frente a niños de diferentes edades, se levanta, prepara una clase de historia de su país sin libros y se la cuenta a viva voz a unos chavalos que hacen relajo.

Esos niños son como un banco de sueños, a plazo fijo, aunque algunas veces ocurran cosas como las de que una escuela se derrumbe llevándose la vida de unos 100 pequeños. Esta mañana, cuando iban camino de la escuela, niñas con uniformes escolares y lacitos del color del uniforme, no suponían tan sólo un espectáculo hermoso, era una forma de lucha contra el futuro al que todas las fuerzas del mundo les quieren condenar a punta de miseria.



franciscosancho@hotmail.com