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Teilhard de Chardin fue un sacerdote jesuita. Fue un científico, paleontólogo y teólogo muy conocido en la Iglesia Católica a mediados y fines del siglo pasado.

Su pensamiento se centró principalmente en la superación del dualismo entre materia y espíritu. Asumió la teoría de la evolución como una de las nuevas conquistas de la ciencia moderna, adaptándola, a su vez, a la concepción de una teología revelada.

Teilhard se esforzó por mostrar que el universo total, tal como lo conocemos en la actualidad, gravita hacia la dimensión mas allá de sus configuraciones materiales, a saber, hacia una realidad que es “espíritu”.

Sus viajes continuos al Oriente, especialmente a la China, Japón e India influyeron profundamente su pensamiento tanto religioso como científico. En la China (1922-29) hizo importantes descubrimientos paleontológicos; en la India conoció y fundó la religión hindú que despreciaba el mundo por amor al Nirvana; y en Japón valoró sobremanera el altísimo sentimiento de solidaridad colectiva de esta cultura.

Sus mayores conclusiones después de estudiar la naturaleza de universo a través de su ciencia fueron:
Que la evolución del universo era de naturaleza “convergente”. Es decir, que todo este universo esta dirigido hacia un fin supremo.

Dicha convergencia hacia una unidad trascendental es de naturaleza espiritual.

Que esa materia (el universo) espiritualizada debe ser “consciente” y “personal” en grado sumo.

Para Chardin, la materia, la vida y el ser humano en general, forman un bloque solidario. Es lo que el denominó como la “cosmogenesis”, o génesis del mundo.

En una “cosmogenesis” de tipo convergente, el nacimiento del espíritu necesita la estructuración de la materia. Y mas adelante enfatiza que cuanto mas compleja es la estructuración de la materia en los organismos superiores, como por ejemplo, el Ser humano, la presencia del espíritu es mas patente. En otras palabras, tanto lo espiritual como lo material no son mas que dos caras de la misma realidad.

El mundo, dice Teilhard, esta en cosmogenesis, y el nacimiento de la vida o “biogénesis” es el siguiente paso de este magno movimiento universal. La aparición de la complejidad de la vida se manifiesta a través de sistemas cerrados cada vez más complejos, centrados e interiorizados.

La aparición del ser humano en el nacimiento de la vida o biogénesis es para Teilhard un “fenómeno”. A este fenómeno lo ha designado con el término de “hominización”. La vida se hominiza, y en esto consiste precisamente el salto cualitativo que nos diferencia de los animales. El animal sabe, pero no sabe que sabe. El ser humano, en cambio, sabe que sabe, hasta tal punto que ha llegado a ser capaz de tomar su propio pensamiento como objeto de reflexión. El hombre ha pasado del “homo Faber” al “homo sapiens-sapiens”.

Llegados así a la mas alta complejidad de la materia como es la inteligencia, Teilhard de Chardin acumulará un nuevo término que será toda una innovación tanto para el mundo científico como para el filosófico y teológico respectivamente. Personalmente este nuevo concepto lo encontré ¡fascinante! Veamos como lo explicamos:

La existencia tanto de la atmósfera terráquea como su biosfera, son como dos capas que nos envuelven. La atmósfera envuelve a la biosfera, sin ella, la vida seria imposible. Ahora bien, la biosfera, a su vez, envuelve a la “noosfera” que es como la zona del pensamiento reflexivo. Por lo tanto, todos aquellos que viven una vida intelectual pasan a vivir en esta dimensión psíquica, muy diferente a la meramente orgánica y animal.

Resumiendo: la materia en determinadas condiciones de complejidad, tiende a vitalizarse; la vida en idénticas condiciones, tiende a homogenizarse. De la “cosmogenesis” pasamos a la “biogénesis” y de esta a la “noosferera” o nacimiento de la inteligencia reflexiva.

Teilhard de Chardin también tuvo que enfrentarse con la teoría sobre el origen del hombre de Charles Darwin. En sus estudios paleontológicos, por supuesto, jamás encontró el “eslabón perdido” llamado semihombre o semi-simio, puesto que este no fue el objeto o meta suprema de sus investigadores.

Todo lo contrario, a semejanza de Nietzsche, buscó siempre el súper hombre llamado, por el mismo, “el ultrahumano”. Y esto calzo perfectamente con su teoría del universo convergente, a saber, en que es más importante el futuro que el pasado. Del pasado es “prácticamente” imposible reconstruir toda la verdad que uno busca, puesto que las evidencias ya no existen o si existen son escasas y limitadas para brindar toda la información que nos solicita.

Por esto mismo, Chardin se nos convierte en una especie de profeta. Dice textualmente; “el hombre debe superarse, ahora bien, la humanidad, concentrándose sobre si misma, por medio de la socialización, en dirección a ‘Omega’, su centro de convergencia tiende hacia un estado superior, el Ultrahumano”.

¿A que tipo de ser humano se refiere Teilhard de Chardin?

En primer lugar, a un ser humano responsable del Planeta Tierra y por ende, de sí mismo, un ser que viva mejor la dialéctica de su libertad y que sea, a su vez, hijo de la tierra e hijo del cielo; un ser mas moralizado no solo individualmente, sino también colectivamente; a un ser humano que trabaje mas para producir mas y contribuir así al progreso de la ciudad temporal, y a un ultrahumano mas pensante y mas espiritualizado por el amor, puesto que todo, dice Chardin, se mueve hacia un punto personal, que es la fuente y origen de todas las energías teológicas del cosmos. Esto, señores, es el “Punto Omega”, llámelo usted Dios, Jesucristo, Alá u otra divinidad.