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“Desde hacía mucho tiempo
ya no osaba pensar
sino en voz baja, que era una
manera de mentir”.
André Gide


Quien en su interior se acostumbra a convivir con la corrupción, llega a creer que la hones- tidad es una cualidad excepcional. Se ilusiona de ver gente honesta en el poder, sin distinguir que también con las manos limpias se construye un Estado reaccionario.

Lo trascendental en todo proceso progresista, es la participación organizada, activa e independiente de las masas en la solución práctica de los problemas políticos.

El doctor Moisés Hassan ha escrito un libro testimonial, que ha titulado “La maldición del Güegüense”, en cuyas páginas retrata el carácter moralmente deplorable de los principales personajes determinantes para la conformación del sistema político del país en la época post-somocista.

¿Qué importancia tiene para Hassan comprobar mil veces la perversión moral de cada personaje insignificante de la clase política del país? En realidad, elude, así, un análisis político de las causas de la realidad política; presenta, en cambio, fáciles explicaciones de tipo moral; de modo que la solución pareciera ser ética, y encarnarse en algún candidato electoral honesto.

Por más de seis años convivió diariamente con una parte de estos personajes, compartiendo la responsabilidad política de revertir el proceso revolucionario de participación directa de las masas. La inmensa mayoría de la población, a la que Hassan llama Güegüense, empobrecida y reprimida, miraba al Estado desde abajo (como individuos que reclaman derechos), mientras Hassan aún lo hace con una perspectiva de funcionario.

¿Se percataría del proceso de transformación social de la pequeña burguesía en el poder, en burocracia? Basta comprobar que ya antes de la caída de Somoza las componendas internacionales alcanzaban a diseñar el aparato estatal burocrático que arrebataría la iniciativa a las masas, y que impediría construir una nueva hegemonía revolucionaria en la sociedad. Entre las cabezas de ese aparato estaba Hassan. Este proceso de burocratización es mucho más significativo como responsable de la realidad política actual, que la propia corrupción (que será, de hecho, una secuela, más que una causa).

El derrocamiento de Somoza fue una experiencia brillante en la historia de la acción política independiente de las masas, que ha dado un considerable impulso para superar la tolerancia ideológica del apoyo norteamericano a dictaduras militares. Sin embargo, un pequeño grupo ha logrado expropiar esa iniciativa, y ha reducido su significado a un levantamiento armado inducido desde San José. El proceso reaccionario, burocrático, en el que participó Hassan, impidió que la iniciativa espontánea de las masas gestara formas organizativas propias de acción política popular e independiente, que condujera a una nueva construcción nacional.

El Estado burocrático postsomocista comenzó a reflejar la hegemonía de un sector social que rápidamente evolucionaría de burocracia a oligarquía, imponiendo a la sociedad valores ideológicos, morales y culturales, que Hassan superficialmente llama “Güegüensismo”, sin entender el proceso político y social reaccionario del cual ha sido partícipe, que está a la base de esa expresión cultural que él rechaza. Dándole, por demás, a esta ideología que justifica los privilegios y la rapiña de la nueva capa social que se incrusta en el tejido parasitario de la oligarquía, carácter nacional, que para Hassan proviene del cruce étnico-cultural de Pedrarias y Nicarao, y que a sus ojos es la causa del subdesarrollo. Su tesis es un bosquejo de prejuicio racial reaccionario, que explicaría el devenir de la sociedad desde una perspectiva ética innata.

No ha sido capaz Hassan, entretenido en contemplar su propio plumaje, de conocer, tampoco, el alma de nuestro pueblo que, obviamente, incide en los acontecimientos históricos con relación a elementos culturales, económicos, sociales y políticos. El alma aborigen es profundamente fatalista. La colonización misma era, para los indígenas, una maldición prevista, cuyos horrores se debían enfrentar sin que la voluntad pudiese revertirlos. Como haría Job, al que la mano del Eterno –según Gide- trituraba sin obtener de su corazón ni una blasfemia. Aquí, como expresión nihilista de la voluntad, las madres indígenas estrangulaban a sus hijos al nacer, para liberarles de las torturas que les deparaba el destino colonial. Actitud espiritual de una cultura en exterminio que, obviamente, constituiría una fase necesaria para una rebelión más consciente, con el progreso de la sociedad hacia la formación de una nación, caracterizada, sin embargo, por un sincretismo deformado por la prevalencia del poder económico y social de los criollos.

El Güegüensismo es una expresión de respuesta individual, desde el seno de los sectores empobrecidos, a una sociedad económicamente atrasada y degradada, con un sector dominante dueño de enormes privilegios inmerecidos, donde, sin expectativas de ascenso social, sólo se sobrevive gracias a la astucia, a la estafa y al engaño. El Güegüense, como obra literaria, implica una aceptación resignada de la realidad social, a la que, no obstante, critica y ridiculiza. La novela picaresca, que aparece en Europa entre el siglo XVI y XVII, de igual forma refleja la decadencia económica de la sociedad que da origen a personajes populares sin escrúpulos, casi lumpenes, que suponen un rechazo a la sociedad y a sus valores. Este elemento de rechazo político sin alternativas expresa una actitud nihilista popular, que escapa a Hassan como fenómeno histórico en sociedades atrasadas que aún no logran conformar una nación bajo la conducción de la burguesía.

El enemigo para Hassan es la cultura del mestizaje, a la que llama funesto legado de Pedrarias y Nicarao que ha forjado nuestra desgraciada cultura política y nuestra caótica visión del mundo; la exaltación de nauseabundos comportamientos a valores dignos de ser admirados e imitados.

¿Cómo pretende Hassan, entonces, romper con el güegüensismo? Virus que a su modo de ver está presente y aceptado en nuestro pueblo en mayor proporción que en cualquier otro lugar. Del cual, la clase política actual, en estado de extrema descomposición moral, no es más que una expresión representativa, seleccionada por el voto de una población influida por dicha cultura.

Hassan señala la solución con una pregunta: “¿Qué se puede hacer para que algún día los políticos decentes lleguen a detentar el poder político?”.

Y, como es obvio, resuelve la incógnita y se lanza a la presidencia como candidato decente. Sin falta se oye el canto egocéntrico del cisne: “el Güegüense, es lógico, no vota por mí”. Hassan no logra ver la relación que existe entre economía y cultura. Y que la pobreza, por tanto, presenta características universales, en las que se incluye el autoritarismo y el güegüensismo. De modo que el Güegüensismo que él critica como fenómeno moral, no es más que un síntoma de degradación social de un país que no sólo es de los más pobres del continente, sino que está lejos de formar una nación, como lo indica su degeneración en somocismo y en orteguismo en las estructuras del Estado; y la emigración escandalosa del 20 % de su población. Hoy el país enfrenta un fenómeno de involución cultural y civil. En cierto sentido, el somocismo fue un proceso distinto, una forma de progreso nacional bajo conducción reaccionaria.

El enemigo a vencer para construir una sociedad progresiva, que dé unidad al proceso de formación de una nación, no es el Güegüensismo. Ni se avanza hacia una nación en armonía con la unidad del género humano con el simple voto pasivo, socialmente indiferenciado, por personas honestas.

El mesianismo reaccionario delega la actividad política de las masas a personalidades: ya sea con las características de un dictador demagógico (como Ortega), o con los escrúpulos morales de un profeta reaccionario (como Hassan).

La tarea, por el contrario, es unir la iniciativa popular autónoma con la actividad consciente, en la solución de los problemas de la nación. La teoría con la praxis. La voluntad colectiva manifiesta en la acción, en especial, la voluntad de la mayoría campesina de nuestro país, organizada en un nuevo tipo de Estado. Tanto más difícil cuanto la actividad crítica, científica e industrial ha faltado en nuestra historia, así como el desarrollo cultural independiente de los sectores marginados por el Estado y la sociedad.

Gide en su diario sostenía que la felicidad del hombre no radica en la libertad, sino en la aceptación de un deber. En este sentido, las masas deben ser en grado de luchar por su propio destino, no esperar que hombres honestos enderecen el país. Más bien, son los hombres “honestos” quienes no tienen otra alternativa que apoyar una política de masas.

*Ingeniero Eléctrico