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A raíz del reciente y devastador terremoto en Haití se han generado innumerables opiniones y análisis provenientes de diversos estratos políticos, económicos, históricos, sociales, intelectuales y hasta científicos, especulando y afirmando sobre el verdadero origen de la miseria y desgracias del Haití actual así como de las diferentes medidas presentes y futuras de su reconstrucción, pero se ha dejado de lado la responsabilidad espiritual que sobre el hecho pudo tener la practica del vudú en la sociedad haitiana. El día 23-1-10, EL NUEVO DIARIO publicó un interesante reportaje de El País sobre la autoridad del vudú reclamando por los muertos debido al maltrato dado a los cadáveres al ser valorados como basura, sin la dignidad y el respeto que merece cualquier ser humano.

Pero al margen de las expresiones vertidas en ese artículo por Max Beauvoir, autoridad suprema de los adeptos del vudú haitiano y de sus raíces filosófico-religiosas, no son ningún secreto las implicancias espirituales negativas que de su práctica le ha originado su mala reputación, a pesar de su reconocimiento oficial según una resolución suscrita por el otrora sacerdote católico y ex presidente Jean Bertrand Aristide en 2003, al ser considerado el vudú un elemento esencial de la idiosincrasia nacional y permitir su inscripción en el Ministerio de Cultos, luego de siglos de sobrevivir marginalmente.

Sin embargo, aún aceptando la explotación colonial y esclavista francesa en las plantaciones de azúcar, la discriminación racial de Europa, la invasión de los marines en 1915-1935, la influencia negativa de la dictadura familiar de Duvalier hasta su derrocamiento en 1986 y la nefasta mala adaptación de la democracia corrupta actual, es imposible dejar de observar la huella ancestral indeleble del vudú a través de su dominio en el espíritu de la comunidad haitiana.

“A falta de datos estadísticos confiables, se considera que en Haití hay un 80% de católicos, un 20% de protestantes y un 90% de vuduistas”, así respondió en tono sarcástico el sacerdote francés Gilles Dauroc y esto no es tan simple ni gracioso, son cifras que deben ser tomadas más en serio de lo que parece. El lugar preponderante de la religión en Haití procede de la historia, es decir, de la esclavitud africana vudú, los misioneros que llegaron con los conquistadores, y de la situación contemporánea, en la cual la creencia en el más allá permite afrontar la miseria cotidiana.

El catolicismo llegó a Haití de la mano de Cristóbal Colón. El protestantismo arribó en 1804, casi cuatro siglos más tarde, pero el culto vudú provino del Imperio de Dahomey en el siglo XVII, uno de los grandes productores de esclavos de la costa occidental de África, hoy territorio de Benin, y aunque su principal conexión es dahomeyana se sabe que existieron tres áreas que enriquecieron el culto de sus adeptos: sudanesa, guineana y bantú. La teogonía del vudú es animista, primitiva y carente de valores morales cristianos que integra a los vivos y muertos en un todo familiar desde una cosmovisión holística pagana y ritualista a veces salvaje. En la época colonial ser esclavo significaba la muerte social y como en la India, un paria, por lo que la muerte se entendió como una recuperación de la personalidad dentro de un karma espiritista.

Desde la época colonial, la sociedad haitiana se fue construyendo sobre una base de variadas oposiciones: la primera fue en el siglo XVIII que separó a amos de esclavos. En la Independencia y a lo largo de lo siglos XIX y XX ha distanciado a los campesinos de los ciudadanos (paysans vs urbanos), los primeros están asociados a la practica del vudú doméstico, lo cual incluye analfabetismo, la magia negra, la hechicería y el canibalismo como reminiscencia del culto dahomeyano de África y los segundos francófonos, católicos y civilizados vinculados al vudú público pero dirigiendo el país mancomunados con los invasores como en el resto de América
Latina. Al estar lejos de la estructura del estado y su jerarquía militar, no es extraña la indiferencia y poca beligerancia ante el Estado y una convivencia más mala que buena entre ambos.

Alfred Métraux, antropólogo francés refiere: “Durante todo el período desde la Independencia hasta el Concordato del Estado con la iglesia católica en 1860, Haití estuvo, de hecho, separado de Roma y fuera del marco de la Iglesia. Haití no era católico más que en las solemnes declaraciones de sus diversas constituciones. El culto católico no había sido suspendido pero había caído en manos indignas”. Por esta razón existió un decreto ley promulgado en 1835 y modificado hasta 1987 donde se consideraban prácticas superticiosas, sortilegios y maleficios la práctica del vudú. En 1996 se inició en Haití el movimiento de Leglise de Zantray por hounganes (sacerdotes vudú) reconocidos que han pretendido estructurar el vudú a la manera del catolicismo, realizando misas dominicales vuduizantes con bendición del pan y vino incluidos., revistiéndolo de una cubierta de respetabilidad ante el catolicismo y protestantismo, tratando de cambiar, evolucionar, transformándose y adaptándose a las circunstancias sin mayor esfuerzo.

El evangelismo protestante cristiano se desarrolló en Haití sobre el carisma de pastores autóctonos opuestos al catolicismo de Duvalier que se han integrado con las clases populares de las “villas miserias”, que hoy son un vivero de esas iglesias mal llamadas ”sectas protestantes” y que al contrario del esclavo y brujo Boukman que condujo a los esclavos en un ritual vudú en 1791, donde sacrificaron un cerdo y tomaron su sangre a la forma de hacer un pacto con el Mal, conviniendo en adorar y servir a los espíritus de la isla por 200 años a cambio de liberarse de Francia, los cristianos les están mostrando la redención a través de Jesucristo que los rescatará del apocalipsis espiritual endémico en que han vivido hasta el día de hoy. ¿O acaso valió la pena ese pacto?

*Médico Cirujano