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Los exponentes del Totalitarismo han argumentado que la injusta concentración y distribución de la riqueza en manos de unos pocos, es decir, en manos de la burguesía financiera e industrial, constituye la negación de la democracia que los ideólogos del liberalismo clásico han sostenido con vehemencia; de tal manera que en su plataforma ideológica han tratado de convencer al ciudadano de que la única forma de corregir esta injusticia, es que el Estado se convierta en el concentrador de esa riqueza, es decir, que ejerza el control total de la sociedad.

No obstante, aunque la concentración de riqueza es necesaria para el desarrollo comercial e industrial, ciertamente la igualdad económica no cumple la condición de Aristóteles de ser por “el común bienestar de los ciudadanos”. Por lo tanto, lo que nos queda del principio liberal de igualdad es la “igualdad ante la ley”, que da formalmente (aunque no materialmente) a todos la posibilidad de acceso a toda posición social y económica.

Por consiguiente, no habiendo una solución total para esta desigualdad inicial, lo que una moderna sociedad liberal puede y debe hacer es asegurar para cada niño alimentación adecuada, atención médica e instrucción a través de la construcción de un Estado Social de Derecho, a efectos de velar (e incluso intervenir cuando sea necesario) porque los ciudadanos tengan la posibilidad real de obtener bienestar y progreso sobre la base de reglas justas de previo establecidas.

Esta ha sido una importante aspiración del Liberalismo a lo largo del tiempo, que por desdicha no se ha cumplido a cabalidad, porque gran parte de los gobiernos abanderados en la ideología liberal se han caracterizado por centrar sus esfuerzos solamente en el crecimiento macroeconómico de sus países, dejando a un lado lo relacionado al desarrollo social de la población, por considerar que el Estado debe intervenir lo menos posible en ello, en aras de no obstaculizar la iniciativa individual (léase empresarial u oligárquica), la cual es un concepto icono clástico del liberalismo mercantilista.

El problema es que la igualdad ante la Ley casi siempre se traduce en una desigualdad económica, en virtud de que la tenencia de recursos materiales en manos de pocos individuos, posibilita el acceso de estos a mayores oportunidades de desarrollo en detrimento de las grandes mayorías. De tal manera que solo un tercio de los ciudadanos tiene garantizadas la satisfacción de sus necesidades, como el trabajo en primer lugar, y por ende salud, educación, vivienda y recreación.

La poca incidencia del Estado en lograr no una justa distribución de la riqueza como propugna la izquierda, sino promover una efectiva accesibilidad a los sectores sociales más desprotegidos, de procurarse los medios necesarios para obtener un disfrute razonable de esa riqueza, ha constituido el caldo de cultivo indispensable para que los movimientos de izquierda justifiquen su propia existencia.

Ciertamente no consideraría aventurado el afirmar lapidariamente que “si no hay pobreza no hay izquierda “; por cuanto los planteamientos de la izquierda casi en su totalidad vienen encaminados a la exhortación de la lucha de clases y la exigencia de reivindicaciones sociales a gobiernos que se niegan a cumplirlas, porque el cumplimiento de tales reivindicaciones además de no ser acorde con sus principios liberales de respeto a la iniciativa individual, no es rentable para el desarrollo macro de la nación por razones presupuestarias.

La izquierda promueve los movimientos de acción popular para presionar a los gobiernos al cumplimiento de tareas que por ley deberían de cumplir, tales como brindar o promover el empleo, la educación, la salud, la seguridad ciudadana y el respeto a los derechos de los trabajadores. Sus medios de presión se manifiestan a través de las huelgas, los motines callejeros, asonadas, proclamas y consignas; lo que deja entre ver una actitud de permanente crítica al sistema imperante, pero casi siempre estos movimientos, carecen de planteamientos propositivos objetivos y aplicables a la realidad del país una vez que reciban la oportunidad de gobernar, lo que constituye populismo.

Si los gobiernos de signo liberal enderezaran el rumbo de la nave que conducen hacia sus raíces ideológicas sustentadas en el liberalismo clásico, aminorando en lo posible el impacto que sobre las grandes mayorías tienen las políticas actuales de ajuste que realizan (léase neoliberalismo), interviniendo decididamente a favor de los sectores más vulnerables al abuso de algunos componentes de la iniciativa privada, que en aras de la libertad individual los oprimen sin piedad, probablemente los movimientos de izquierda tendrían que hacer un replanteamiento de sus bases ideológicas, para que (de acuerdo con los principios de la dialéctica marxista) en el contexto de la satisfacción de las justas necesidades de la sociedad en su conjunto, su participación en dicho proceso sea más bien como coadyuvante del Estado a través de mecanismos más eficaces como la participación ciudadana, y no seguir como en el caso de algunos de estos movimientos, desempeñando el papel de simple oposición oportunista, prebendaria y dogmática, los cuales una vez que alcanzan el Poder, como es el caso de Nicaragua y Venezuela, se constituyen en todo aquello que desde la oposición tanto criticaban, pero con el ingrediente fascista y populista del siglo XXI.

En la coyuntura, algunos componentes de la izquierda han logrado superar ese proceso de replanteamiento ideológico, adecuándose al contexto, circunstancias y retos del nuevo orden mundial (sobre todo al acceder nuevamente al poder), como en los casos de Brasil con Lula o El Salvador con Mauricio Funes, quienes sin renunciar a sus convicciones de servicio y apoyo a la clase trabajadora, retoman las ventajas del sistema de economía de mercado para que a través de un orden jurídico equilibrado, los sectores vulnerables a la desigualdad económica puedan acceder a los beneficios del sistema, sin que esto implique menoscabo de los derechos del sector empresarial, ni excesivo paternalismo estatal que acostumbre a la población a pedir o exigir sin producir nada a cambio.

Esto sin duda debe ser la reacción necesaria a la agresiva acción del mercado en contra de los sectores empobrecidos por el otro gran mal, enemigo del desarrollo social como es el Neoliberalismo; pero si la izquierda persiste en combatir este nuevo mal con actitudes populistas, o bien, si los gobiernos liberales comienzan a trabajar en la satisfacción de las justas necesidades de los obreros, campesinos y profesionales, promoviendo la humanización del mercado a fin de dejar sin argumentos a la izquierda, esta sin duda tendrá la respuesta que merece su histórico desafío.

*Abogado y Notario Público

Máster en Alta Gerencia de la Administración Pública