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Los ratones insisten en comparar a Daniel Ortega con Adolfo Hitler. Ahora le tocó el turno al ahijado de la oligarquía -- quien lleva el apellido de un histórico luchador social-- redactor, por encargo, de las editoriales del diario “La Prensa“. Sánchez coloca juntos a Daniel, a Fidel y a Chávez y los compara con Hitler y Stalin.

Daniel Ortega, Fidel Castro y Hugo Chávez son iguales o peores que Hitler y Stalin, según este ilustre maniático. Lo interesante de este ridículo enredo es que Sánchez fue un arrebatado estalinista. Cuando Carlos Fonseca y todos nosotros criticamos las graves deformaciones del dictador soviético, el joven comunista, de aquellos años perdidos, lo defendía como si fuera su entrañable abuelo.

Fidel Castro es el Bolívar de un largo minuto histórico. Es objeto de respeto universal, lo embisten tan solo, todos los gusanos - o ratones que es lo mismo - de este planeta azul que, algún día, será mejor.

Hugo Chávez es, a toda evidencia, valiente, espontáneo solidario, de fructífero puñetazo limpio. Gladiador de tiempo completo.

Daniel Ortega es mi hermano. No me es posible referirme a sus virtudes porque prefiero señalárselas a sus espaldas y, en privado, así como criticarlo con respeto aunque mirándole a los ojos.

Comparar a estos dirigentes latinoamericanos con Hitler es como equiparar a las águilas con los zopilotes, es violar el raciocinio del conocimiento e insistir en su defensa sería transitar por los lugares equivocados del sentido común o reafirmar que estamos de día a la hora del almuerzo.

Con frecuencia pienso que, a lo mejor es preferible callarse frente a este lenguaje brutal que arremete contra la coherencia de las ideas y la gramática. Pero no me es posible guardar silencio, por razones de mi propio carácter, en presencia de la deformidad, del atropello, de lo escabroso.

Hay otras formas de oponerse al gobierno, señalándole sus inevitables errores, siendo imparciales, haciendo uso de la réplica constructiva, teniendo la nobleza de reconocer virtudes y aciertos, enviando al destierro la politiquería y los apetitos egoístas. La mentira, la calumnia, el propósito de hacer daño, el encono motivado por la codicia del poder, es, en última instancia, motivo de amargura y de pesadumbre. Es más eficiente, harto mejor, con resultados positivos para todos hacer una oposición sin demagogia, honesta y creíble.


Actitud imposible, por supuesto, para los conversos.