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No practicó ninguno, lamentándose de ello en su madurez, pero los deportes no fueron ajenos a la pluma de Rubén Darío. Ocupan muchas de sus páginas en prosa, aunque la primera vez que se refirió a ellos —el boxeo en Nueva York— fue en un poema: “Aviso del porvenir” (Valparaíso, marzo, 1887). Me refiero a un coloquial anuncio en verso en que se apropia, irónicamente, de la voz de un hipnotista e incorpora el anglicismo box: “Se hacen almas virtuosas y magníficas / de cuarenta caballos a vapor / y se dan lecciones teórico-prácticas / para vencer a Lucifer al box.”

Primera crónica en Chile a sus veinte años
En El Heraldo, diario del mismo puerto chileno de Valparaíso, publicó su primera crónica deportiva (7 de abril, 1888), en la cual diserta sobre dos temas: los ejercicios físicos de los griegos y los gimnasios de las naciones sajonas: Alemania e Inglaterra, sobre todo. En relación a los primeros, habla del salto alto, la carrera a pie, el lanzamiento del disco, la práctica del arco y la flecha, la lucha personal o “choque de pechos”, forcejo de brazo con brazo y rápidas zancadillas. En cuanto a los segundos, figuraban entre ellos “el billar aristocrático, donde no tan sólo se hace rodar la bola de marfil con golpe hábil, sino que se da a los brazos la fuerza con el ejercicio, robustez y soltura”, el trapecio (“ahí donde todo el cuerpo tiene obra”), las barras paralelas (que “alivianan el pecho y dan movimiento vivo a las coyunturas”) y las argollas (“allí los brazos hacen de todo, las manos están firmes en el hierro y el resto del cuerpo gira y se mueve”).

En el Hipódromo de Viña del Mar

Rubén —tenía entonces veinte años— reportó en esa crónica la fiesta hípica del Hipódromo de Viña del Mar, ciudad vecina a Valparaíso. “Hubo verdaderos partidos, apuestas considerables y triunfos alegres”. Sin embargo, no ofreció mayores detalles; más bien recordó los ejercicios atléticos del circo neoyorquino de Barnum (1810-1891) y haber disfrutado de los espectáculos que ese rey paseaba en su procesión de maravillas por las más grandes ciudades americanas y europeas. Personalmente, Rubén admiraba a los gimnastas vagabundos que había visto en tantas partes (incluida Nicaragua) ganándose la vida, exponiéndose al azar de una caída de grandes alturas. “He encontrado en ellos algo artístico y fabuloso, algo que llama al aplauso y pone vigor a la imaginación”.

¿Y las gimnastas o acróbatas? No se olvide que, a sus trece años, se enamoró de una: la norteamericana Hortensia Buislay, casi de su misma edad. Ella pertenecía al circo de esa familia que administraba y dirigía su madre. Según la revista leonesa El Ensayo del 10 de diciembre de 1880, uno de sus miembros —el niñito Esteban Buislay— había fallecido en León. “Enviamos nuestro pésame a su señora madre, F. Buislay, y demás miembros de la compañía” —se lee en el número 13.

Las carreras de caballos y de automóviles

Entre los deportes que más impresionaron a Rubén, figuraron las carreras de caballos y de automóviles. No pocas páginas escribió sobre ambas. Ya el alemán Günther Schmigalle dedicó una investigación a las primeras, importadas en Francia de Inglaterra. En su libro La caravana pasa (1902), Darío incorporó la crónica que había enviado a La Nación de Buenos Aires, a finales de junio de 1901, cuando Chen —un caballo francés de dos años, y además un completo “outsider”— obtuvo el Gran Premio de París. Como todas las crónicas darianas, esta se caracteriza por la información periodística, la reflexión filosófica y la evocación poética.

Partiendo de la premisa, propagandizada en las carreras, de que “la más noble conquista del hombre es el caballo”, Darío señala: “lo lamentable es que en el sport moderno, en las carreras, no se tenga por mira el espectáculo estético, sino el lucro, el azar, la ganancia”, y enumera la enorme cantidad de dinero producida en esos eventos, para añadir: “Mejorar la raza caballar es una gran cosa. Se ha llegado en esto a resultados admirables. Mejorar las razas humanas sería indiscutiblemente mejor. Mejorar los cuerpos. Mejorar las almas”, porque —concluye— “la mejor conquista del hombre tiene que ser, Dios lo quiera, el hombre mismo”.

En relación con las carreras de automóviles, dejó una crónica terrible en junio de 1903: “Las tortillas de Moloch” —dios de la crueldad—, a propósitos de la carrera París-Madrid. Entonces el incipiente culto a la velocidad cobraba numeroso saldo anual de muertos. A Darío, pues, le interesaba ese deporte ante todo como fenómeno social. “Antes de la primera etapa —anota—, los muertos han sido siete, entre ellos sportmen ricos, y los heridos muchos. Fuera de los locos de las máquinas, han sido víctimas pobres gentes encontradas en los caminos y destripadas por la veloz y pesada cucaracha de hierro y caucho.” Incluso llegó a escribir una estrofa en heptasílabos y endecasílabos al automóvil: “Hipogrifo violento / que corriste parejas con el viento, / ¿dónde, rayo sin llamas, / pájaro sin matiz, pez sin escamas / y bruto sin instinto / natural, al confuso laberinto / de estas desnudas peñas / te desbocas, te arrastras y despeñas?”

Jack Johnson
Pero la más actual de sus crónicas deportivas corresponde a la motivada por el match de boxeo entre el negro “Jack” Johnson y el blanco James J. Jeffries, inserta en su libro Todo al vuelo (1912), muchos años antes que Ernest Hemingway escribiera su famoso relato “Fifty grand” o que Norman Mailer inmortalizara a Muhammad Alí en su libro “The Fight”. Escrita a principios de agosto de 1910 la crónica es bastante corta y refiere la pelea entre Jeffries y John A. Johnson (1878-1946) por el título mundial de boxeo el 4 de julio del mismo año, en Reno, Nevada.

Johnson ganó por K.O. en el décimo quinto asalto. Antes y después de la pelea, hubo disturbios violentos entre negros y blancos en varios estados de los Estados Unidos con miles de víctimas. El público —el racismo estaba en su esplendor— castigó duramente al ganador. Jeffries, según la ideología dominante del momento, era “la última esperanza del hombre blanco”.

Darío defendió en su crónica a Johnson, considerado uno de los veinte mejores boxeadores de todos los tiempos. Protagonizó más de cien combates y venció por K.O. en la mayoría de ellos, con solo siete derrotas en treinta y un años de boxeador profesional. Obtuvo su título mundial el 26 de diciembre de 1908 ante el blanco Burns y lo perdió en La Habana el 5 de abril de 1915 (Darío también aludió a esta contienda en su última crónica escrita para La Nación, pero que permaneció inédita) a manos de Jess Willard, tras 26 asaltos de lucha. Dicen que se dejó ganar para obtener el perdón de los Estados Unidos, devolviendo la corona mundial a un blanco.

En 1920 se entregó a las autoridades de su país (por el delito de trata de blancas), cumplió su condena y siguió boxeando hasta 1928, año en que dos derrotas a manos de boxeadores que podían ser sus hijos le obligaron a retirarse del ring. Acabó su carrera como promotor de su propio legado y haciendo de narrador en un museo de objetos estrafalarios, hasta su muerte en una accidente de automóvil.

Muhammad Alí era extremadamente consciente del paralelo entre su vida y la de Johnson. Años más tarde hablando con James Earl Jones, Alí afirmó que su retiro del cuadrilátero era “la historia que se repite”. “Me encariñé con la imagen de Johnson desde pequeño”, dijo. “Quería ser duro, intratable, arrogante, el tipo de negro que no le gusta a los blancos”.