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Ella te mira tan sincera y de frente que antes de hablar y de que vos te des cuenta, ya te tiene a su favor. Porque sientes que ella posee la razón. Nadie que mienta, mira de esa forma. Y tampoco hace falta que le preguntes mucho porque ya sabe lo que has venido a escuchar. Pero esa no es la cuestión. La cuestión es si tú puedes escucharle, si estás preparado para contarlo después, con ellas. Y aquí es donde la misma línea que escribo y lees, tiembla.

Vengo de platicar con Carmenza Gómez. Ella estaba sentada y sobre sus rodillas ha puesto la foto ampliada de uno de sus hijos, de 23 años, desaparecido por las Fuerzas Armadas que manda el presidente Uribe, de Colombia. El muchacho está ahí, en una foto debajo de la mirada de su madre, como si ella supiera que es más fácil que vos pongás los ojos en alguien que ya no está, que en quien quedó vivo con el dolor de su ausencia. Cuida hasta ese mínimo gesto de tacto. Como el hijo de Carmenza, se estima que hay miles. Yo vengo de platicar sólo con cinco madres del barrio de Soacha, en las afueras de la capital colombiana, una de sus zonas más pobres, y donde siempre buscaron refugio los millones de desplazados que ha dejado esa guerra, a la que no quieren llamar guerra. A Soacha vienen los que huyen de la crueldad de las FARC, de la del ejército colombiano, de la de los paramilitares y de las fumigaciones sobre todo tipo de cultivos, no sólo ilícitos. Vienen de su propia vida a una nada con forma de ciudad, y ahí se enfrentan a veces a los mismos peligros de los que venían huyendo. Hay ojos, y “sapos” en todos lados. Quién dice que Colombia no está en guerra.

De estos barrios, el ejército de Uribe según señalan muchos testimonios e indicios, hizo que se capturasen bajo un engaño disfrazado como oferta de trabajo a decenas de muchachos, los últimos en 2008, de los que pensaban que eran de esos que nadie reclamaría. Los llevaron hacia Ocaña, a 19 horas de Bogotá, donde nunca habían estado y los vistieron de guerrilleros, antes de golpearlos y dispararles por la espalda y enterrarlos en fosas comunes. Eran muchachos de un barrio pobre, que esos soldados de Uribe afirmaban haber eliminado en combate. Porque, al parecer, cuando los soldados daban pruebas de una captura, o de una baja de un guerrillero en combate, recibían prebendas, becas, ascensos, etc. Como los enfrentamientos con la guerrilla disminuyeron por ese tiempo, algunos pensaron que podían pasar por la vida de muchachos que creyeron sin nombre.

Pero aquí están ellas, sus madres, con los retratos de sus hijos y los nombres que ellas mismas les pusieron. Una a una, nos cuentan su historia. Como la de uno de los hijos, con una dificultad de aprendizaje que le hacía parecer de una edad mental menor de la que tenía. Se lo llevaron también, y al matarlo le pusieron una pistola en su mano derecha, para hacer creer que había muerto peleando. Su mamá nos explica que su hijo era zurdo.

De esto se trataban los peores años de las peores dictaduras. De esto se trata la guerra en Colombia, la que el mismo Uribe niega. Los relatos de las víctimas, como los indígenas Awa, que sufrieron una matanza a manos de las FARC, son espeluznantes. De la guerrilla no se espera nada bueno. Sus intereses con el narcotráfico son evidentes, y además ya no tiene sentido si es que alguna vez lo tuvo. Pero que las desapariciones y ejecuciones de inocentes las realice el propio Gobierno, y además en masa, rompe todos los esquemas de una democracia. Uno y otro bando se igualan en maldad y en culpabilidad. Eso sólo lo justifica una guerra. El problema es que ésta es una guerra tan vieja que ya ha sobrepasado todos los límites.

Uribe ha tardado año y medio en querer escuchar a las madres de Soacha. Les ha dado una cita en su casa de gobierno para el 12 de febrero. En lugar de ir al encuentro de esas madres, a escucharlas en su barrio y en sus casas, una por una. Durante el pasado año y medio insinuaba que esas madres no habían engendrado más que delincuentes, con otras palabras. Y ahora que se acercan las elecciones, le interesa mejorar su imagen con estas madres. En Colombia, la política de seguridad democrática ha hecho que las FARC controlen menos territorio. Se puede viajar ahora en carro de la capital hacia algunos pueblos. Es cierto. Eso antes era imposible. Pero a costa de cuántas muertes. La guerra no ha terminado y no parece que lo vaya a hacer. En algunos lugares se está pagando a los estudiantes para que sirvan de informantes. Se militariza a la sociedad civil y se le hace partícipe de este despropósito.

Dan ganas de gritar que no se permitan más reelecciones en América Latina, si eso justifica la crueldad. Ésta es la historia negra del gobierno de Uribe. Si se reelige, se reeligirán entonces todos los asesinos que matan mientras él, según cuentan, reza un rosario en su despacho junto a algunos miembros de su gabinete, todos los días a las seis de la tarde.


franciscosancho@hotmail.com