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Este es el segundo de una serie de tres artículos que elaborarán sus lectores en base a los elementos de juicio que nos provee la historia de los totalitarismos, representados entre otros por los Somoza, los Ceausescu, los Hitler, los Pinochet, los Mussolini, etc., hoy a mi modo de ver reencarnados en los señores de todos los totalitarismos; nuestros monarcas. A quienes no les gusten los resultados hacia los que nos conducirán las lecturas fragmentarias de los libros –en ese orden- de Emilio Filippi, “Libertad de pensar, libertad de decir” (CISEC, 1979), y de Jackes Bourquin, “La libertad de prensa” (Editorial Claridad, 1952), pueden aceptar el axioma de que cualquier parecido de esos siniestros personajes con nuestros monarcas, es tan solo casualidad o pura coincidencia. ¿Se parecen nuestros monarcas al Duce o al Führer? ¿Es Daniel el conducator elegido por Dios? ¿Es el Reino Socialista de Nicaragua el Cuarto Reich?

No olvidemos que en el artículo anterior especulamos con que un día los monarcas se despertaran con las agallas de plantear un debate sobre la libertad de opinión en el contexto de lo religioso. Lo que realmente ocurrió la semana pasada es que los monarcas siguieron disfrutando en sus camas el saberse los regentes de un protectorado venezolano, siendo por ello inmensamente ricos. Lo primero que hicieron en el dulce sopor de sus sueños fue descalificar, como apostasías, los textos sobre el tema, de Puebla, Medellín y el Concilio Vaticano II. Charlatanerías les parecieron las opiniones de Pío XII y Juan XXIII. Para sanos consejos ellos tenían al Cardenal Obando, e inundarían el Canal 8 venezolano de pastores evangélicos inflamados por la estridente palabra de ese Dios a imagen y semejanza de ellos mismos.

De manera que como nada nuevo había ocurrido en el Cuarto Reich y/o Reino Socialista de Nicaragua, regresemos donde nuestro buen amigo Emilio Filippi para seguir relacionando todos los totalitarismos con el nuestro, y quien cuando fue director del semanario “Hoy”, en aquel Chile de Pinochet, tuvo la siguiente experiencia: Según el general Morel, la revista HOY había incurrido en una violación a disposiciones legales vigentes, al publicar sendas entrevistas a los dirigentes socialistas Clodomiro Almeyda y Carlos Altamirano, ambos en el exilio, en las cuales dichos personeros, «junto con reafirmar su adhesión a la doctrina marxista, desarrollan ampliamente sus estrategias en acción política para el presente y futuro de Chile…lo que la autoridad no puede aceptar». El Ministro del Interior Sergio Fernández opinó así para justificar la suspensión de la revista: «constituye ya una estrategia sistemática de HOY (¿Esta Semana?), coincidente con la conocidos grupos de oposición, supuestamente democráticos, al procurar valerse del debate institucional, tanto para cuestionar directa o indirectamente la legitimidad del actual régimen, como para dar tribuna a personas que propagan doctrinas o integran movimientos clara y definitivamente proscritos.» El propio Pinochet cerraba con broche de oro: «Hemos demostrado probada amplitud para permitir que se difundan puntos de vista discrepantes con los del Gobierno, pero quienes crean que ello representa abrir una compuerta para desbordar los marcos claramente señalados, sentirán caer sobre sí todo el rigor de la ley y toda la autoridad del gobierno.»

“Oliveira Salazar, el que fuera mitológico dictador portugués, sostenía que el periodismo podía ser libre, pero que el Estado estaba en la obligación de intervenir para evitar una deliberada cuanto perniciosa tergiversación de los hechos. Y para preservar a la prensa portuguesa de la tentación liberal que él condenaba, Oliveira Salazar impuso en la Constitución un artículo a través del cual se daba al Estado la misión de defender a la opinión pública de todos los factores que la desorientaran de la verdad, la justicia y el bien común. La ley soviética respecto a la libertad de expresión sostenía que la libertad de prensa, y otras formas de expresión, son patrimonio de todos los ciudadanos de la Unión Soviética, bajo la única condición que se las utilice de acuerdo a los intereses de los trabajadores…En nuestro Estado –decía esa ley- no hay ni puede haber lugar para la libertad de expresión, prensa, etc., por parte de los enemigos del socialismo. Esas tentativas deben clasificarse como un crimen contrarrevolucionario. Naturalmente los ejemplos mencionados se refieren a regímenes totalitarios o absolutistas…En los regímenes totalitarios, la tendencia es la de contar con una prensa dirigida directamente desde el poder.”

“Hace ya más de 200 años, en la Enciclopedia –la obra magna dirigida por Diderot- se publicaba uno de los análisis más lúcidos sobre el papel de la prensa de cuanto se haya escrito. En breves frases, el autor del artículo, Chevalier de Jaucourt, se preguntaba si la libertad de prensa era ventajosa o perjudicial para el Estado. La respuesta –señalaba- no es difícil. Es de la mayor utilidad conservar esa costumbre en todos los estados fundados en la libertad. Más aún: los inconvenientes de esa libertad son tan poco considerables frente a sus ventajas, que debería ser éste el derecho común del universo y deberían autorizarlo todos los gobiernos.”

luisrochaurtecho@yahoo.com
“Extremadura”, 11 de febrero del 2010