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Si hace más de cuarenta años el norteamericano Oscar Lewis descubrió y describió —para la antropología social— una cultura de la pobreza en el D.F. de México, hoy el nicaragüense Henry A. Petrie (Managua, 1961) registra en su tercer poemario una poética de la marginalidad urbana o, como lo revela en su título, una urbanidad marginal. Y la ejecuta con lucidez, sin llegar a la maestría, en un preludio (“Bienvenido al margen”), tres secciones I. Urbanidad parapléjica; II. Patentes turísticas; III. Baches para el marketing) y un complemento o ipegüe: “No olvides el grafiti”.

En su caso, esta lucidez obedece tanto a una observación ávida como a una invitación para asomarnos a un escenario, al mundo de los bajos fondos, o a un submundo que no se denuncia; simplemente lo canta, advirtiendo su vida cotidiana, trazando una reflexión creadora. No otra cosa deja entrever la scholar chilena-norteamericana Eugenia Toledo-Keyser, Ph. D., en el “Prólogo” y lo señala el poeta panameño David C. Robinson en el “Epílogo”, titulado “Declaración pública”: un manifiesto compartido de la poética desplegada por Petrie. Una poética que éste asume para otorgarle espacio, presencia viva, a los anónimos seres marginales que pululan en la capital de Nicaragua o, mejor dicho, en sus barrios parapléjicos —por reiterar uno de sus sintagmas— o periféricos.

Así, en la formulación de esta propuesta, Petrie proclama desde sus primeros versos: “Estas son las palabras urbanas, / surgidas en reductos, barriadas, / cantinas y puteríos, de las vendetas alcohólicas y amanecidas en agrio”. Es decir, presenta un escenario dramático que Toledo-Keyer —radicado en Seattle, estado de Washington— bosqueja, Robinson se apropia y el propio Petrie enumera en el poema “Diapositivas (Sucesión)”, verdadero retrato e inventario —en flashes— de la Managua marginal. Otro poema-documento que debe destacarse es “Tan original como popular”, cuyo tema es el mayor mercado de Nicaragua y acaso de Centroamérica: “En la ciudad grita el campo, / navega en sus venas, aborigen, / mestizo, criollo, mulato, bastardo / que también es europeo, africano, asiático, / raza de razas, sangre de sangres, / fundidos, revueltos, en algarabía fornicando”.

No se podía esperar otra cosa del autor de Fritongo Morongo (2002) y de sus aciertos coloquiales que, de nuevo, incorpora a este poemario: “Amorcito, aquí tenés lo que buscás; vení ve, probá y me decís, aquí sólo yo; no te confundás, lo que es tuyo, llevalo” con una clara connotación erótica. Pero el poema donde logra un entero ejemplo de coloquialidad, y que adquiere por ello calidad antológica, es el titulado “Niñez traumada”, el cual se aparta por su contenido de ternura del contexto y de los demás textos:
“¡Mamá! ¡Papá! / ¡Truena duro! / ¡Tengo miedo! // Esas culebras en el cielo… / Me dan miedo… / ¡Uyuyuy! // ¡Mamá! ¡Papá! / ¡No quiero morir! / ¡No me suelten! // ¡La lluvia! ¡La lluvia! // ¡No me suelten! // ¡La lluvia! ¡La lluvia! / ¡Está lloviendo, mamá, papá! / ¡Tengo miedo! // ¡Que se callen los truenos! ¡No me suelten! ¡Tengo frío! // La corriente, mamá, papá / ¡Nos llevará la corriente! ¡No quiero morir! / ¡No, no, no, mamá! / ¡Papá, papá, / que se acaben los truenos! // Que se acaben… mamita”.

En dichos textos, Petrie reivindica el mensaje espontáneo y popular del grafiti, pero no lo explota, y también el pregón del vendedor callejero; opta por obreras manuales de las maquilas (“Las consumen, / las chupan / como naranjas / en zonas francas”); por la lavandera —imitando gráficamente el ritmo de su oficio— y por el recolector de basura: “El hombre / liviano como hoja de limonaria, / anémico esculca, / remueve / busca pasmoso / la botella vacía con sueños parapléjicos”. Describe a las víctimas del Nemagón, a las meseras y vendedoras de tortillas, a los ermitaños rinconeros, al “Churequero”, título de otro de sus poemas representativos (derivado de La Chureca: el depósito de basura más extenso de Managua) y que vale la pena transcribirse:
“Humos que vierten / costras del tiempo. // Arde. // Hiede. // Cartones, plásticos, papeles, / metales y vidrios rotos, tirados / como la vida misma, y / restos que se comen / con olores y sabores / de carroña. // Chureca de Acahualinca en Managua / que ya no es de pescadores, // hay un lago marchito. // (Payatas en Manilas / Antananaribo en Madagascar / Wewak en Papau Nueva Guinea) // La sociedad defeca consumo, / desechos sólidos en toneladas métricas / más de mil. // Y sobrevuelan zopilotes fornidos / en círculos rastreros de nubes. / También moscas mutantes, / zancudos con grandes espadas / y perros degradados con ojos diluidos // en abierta guerra contra la colonia / de humanos disputando desechos / en cuotas alimenticias, cuando hasta / gusanos en formas de culebras / y velludos como osos, se fríen. // Alas revolotean incisivas / estómagos picoteados… // almas de inocentes mendigos… // Aquí, señor turista, / la niñez tiene etiqueta de desperdicio / y la bandera feminista sirve de apósito / sosteniendo tripas de anfitriones. // En el hueco abismal se escucha / el griterío de parásitos inmunes. // Sol inclemente con noches serenas / de limbo y un coro caníbal / danzando sonámbulo / a ritmo de tormentas / en las montañas inmundas, saturadas. // ¡En el mundo y sus basuqueros! // En sus caminos sonrisas abatidas, / nombres invisibles y rostros / que no tienen gestos, apenas huellas / de peligros en tradición, el crimen. // Pero hay ánimas que andan, / muñecas decapitadas y biberones retorcidos. // Tomen la foto aquí. // Son entidades sin voces. // Ahí, inconsciente / un alcohólico soñando poemas, // está vivo. // Más allá… // Una sociópata amante de fantasmas. // Ah, / aquí está el futuro, la esperanza, / en los basureros del mundo… // Un dios en feto carcomido.”

Asimismo, Petrie traza estampas patéticas como “Entierros periféricos” o proclama la desperanza en “Ciudadanía de aquí”: “En este lugar-margen del mundo / el desarrollo es fantoche y / las teorías apestan inútiles / cuando bestias exigen sacrificios / multiplicados por intenciones bíblicas”. O canta a la mujer nicaragüense en busca de mejor vida, trasterrada por su firme decisión y voluntad de “Hormigas emigrantes”: “Afanan siempre sudores y adoban picardía / pintan sonrisas más vigorosas que el llanto / y se alimentan de gallo pinto y pinolillo / en el lado vecino o lejano de la tierra ombligo”.

Por otro lado, Petrie trasciende el ámbito local en algunos poemas que tienen de sujeto a la urbe moderna (“El no ser” es uno de ellos), pero su corpus se concentra en la Managua nuestra de cada día, por ejemplo en las estampas emblemáticas del “Centro historruinoso” y “Xolotlánico”; o la noctámbula de “Ciudad oscura”: “Ciudad apagada, / invadida de horas suspensas; / ojos expectantes y susurros diluidos. // Edificios tragados, focos rodantes, / flamas domésticas danzando con sombras; / silencio en las calles sin semáforos ni anuncios, / y aprisa se escurren siluetas góticas // Vuelo de murciélagos con luna epiléptica / en la ciudad de centros sin centro / y márgenes oceánicas al asalto. // Espera parapléjica; miedo telúrico. // Ánimas orilladas se escurren / —de cualquier margen el centro—, / cargan oscuros flagelos, densos, / que muerden, devoran sus luces / cual pirañas en estómagos… // Huecos, huecos, huecos… / Siempre vacíos y oscuros. // La vida se apaga; / se enciende la ciudad. // La luz, hágase… artificial” —dicen sus versos completos.

En fin, el poemario “Urbanidad marginal” está lejos de ser una obra maestra; pero aporta una escritura orgánica y una poética definida; elementos ausentes en la mayoría de los poetas actuales de Nicaragua y, por supuesto, en la totalidad de los innumerables publicadores de versos y de nuestras irreparables publicadoras de ídem.