•  |
  •  |
  • END

Una vez, en una operación quirúrgica, un anestesista, de esos “bandidos”, me habló de fútbol para entretenerme mientras hacía efecto la anestesia. Me preguntó cuál era mi equipo preferido, y me dijo que en el momento que empezase él a contar maravillas del eterno rival (no diré nombres para no ganarme enemigos), y yo no reaccionase indignándome o defendiendo mis colores, entonces, comenzarían a operarme, pues la anestesia estaría haciendo su efecto. Y era verdad, cuando la droga te llevaba al sueño, ni la ofensa más grande te podía alterar. Estabas fuera, en otro sitio.

Cada lunes, en los últimos tiempos, Nicaragua desayuna un nuevo escándalo, y me temo que si el país fuese un cuerpo, entonces su piel se ha puesto ya tan dura como insensible a base de golpes. De lo contrario, este golpe con el que se daña a niñas nicaragüenses con toda la impunidad, habría traído consecuencias. He seguido de cerca la investigación periodística que realizó Carlos Larios junto a Pablo Avellán para El Nuevo Diario. Ambos hicieron algo que hubiera correspondido hacer a la Policía, la que ante las irregularidades del Consejo Supremo Electoral, no parece haberse inmutado. Ni cuando se habló de las cédulas falsas a los narcotraficantes, ni recientemente cuando se ha demostrado la implicación del CSE en la red de comercio con niñas para la explotación sexual.

La Policía ha reconocido que muchos negocios capitalinos han servido como centros clandestinos para el tráfico sexual con menores. Tras haber comprobado que las menores tenían cédulas falsas, ¿por qué no hicieron nada al respecto? Parece evidente que en algún lugar, estas investigaciones se detienen. Una llamada, una mano que no deja abrir una puerta, una amenaza. Ahora sabemos que por 50 dólares y un buen contacto se puede inventar la identidad de una persona para que, entonces, siendo mentira, se abuse de ella y se le viole, convertida por el CSE en un fantasma. ¿No es asco la palabra que produce esta corrupción? Muchas de estas niñas, después, desaparecen, o acaban en los clubs nocturnos de la Guatemala transitada por los camiones que van y vienen de México. Y más tarde, dejan de existir para cualquier Estado. Sólo son parte de esas noches sórdidas donde apenas se oyen sus gritos, y son pocas las que salen con salud y vida.

Si las dudas y sospechas de la actuación de Roberto Rivas y sus subalternos en el CSE durante las elecciones municipales fueron un escándalo; si las evidencias de los usos de privilegios diplomáticos de sus familiares en Costa Rica, fueron una prueba más de que este hombre tiene bendición y permiso para hacer lo que guste; me parece que ahora, con las investigaciones realizadas por Larios y Avellán en El Nuevo Diario respecto al CSE y su implicación en el tráfico sexual de menores, no queda otra salida decente que la dimisión de un hombre que, aunque no lo haya permitido ni dirigido personalmente, ha mirado para otro lado, o lo que casi es peor: ni se ha enterado. Éste es el gran escándalo.

Pero si la vida de las niñas nicaragüenses captadas para los centros de comercio sexual no vale nada para el presidente del Consejo Supremo Electoral, institución que ha convertido a estas niñas en mujeres violadas a punta de mentira y de creación de identidad falsa, al menos, por respeto a la vida y a la dignidad, quienes amparan y bendicen al presidente del CSE deben hacerlo dimitir. Es una opinión, claro, una opinión que la firma un nombre, el mío. Nada más. Pero la base de esa opinión es el espantoso fin de una serie de hechos que tocan a las instancias políticas más altas del Estado. Qué se puede esperar de un gobierno sobre el que planea, como la sombra maldita del pasado, escándalos de abuso sexual por el que nunca se han respondido.

La propuesta de que la cabeza del CSE se reelija es un espaldarazo a esta cadena de despropósitos. Al partido del gobierno no le importa tanto que la corrupción haya carcomido al CSE de arriba abajo, sino que los votos estén bien contados a su favor. Lo demás, no importa. Las niñas que ya perdieron su juventud a fuerza de miseria y engaño pertenecen a lo oscuro de los centros de tráfico sexual.

Mientras se genera interesadamente un debate público sobre acuerdos y desacuerdos del pacto, como si en ello se jugara el futuro de Nicaragua, la vida, la muerte y las desapariciones de cientos de niñas de Nicaragua ocurre sin que nadie ya se escandalice por ello. No valen nada. Ni siquiera existen sus nombres verdaderos. Y llega un día que te las encontrás en cualquier parte, quizá en Guatemala, y les hablás y te hablan de sus hijos que dejaron en un país, Nicaragua, al que si no es por ellos, nunca más regresarían. Allí ya no valen nada.

Y sin embargo, sigo creyendo que no hay crimen más peligroso para la estabilidad de un gobierno y de un Estado; no hay abuso que haga temblar los pilares de las buenas y malas intenciones del poder, que aquel que atenta contra la inocencia de un país, expuesta en sus menores. Que una ofensa tan grande a la dignidad de la población no cause efecto, puede significar que los anestesistas nos estén ganando, y hayamos perdido ya la capacidad de indignarnos, de escandalizarnos. La anestesia hace su efecto. Perdido el dominio sobre nuestro cuerpo, quedamos a merced de los cirujanos. Ni siquiera gritos de niña podrán despertarnos antes que el bisturí nos roce la piel.


franciscosancho@hotmail.com