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Los avances logrados en materia de libertad de expresión en el mundo, son un claro indicador para comprobar que los medios pueden traspasar las barreras que interfieren su vocación de informar. Las pretensiones orwellianas del Big-Brother, ese ojo invisible que espía incansable las veinticuatro horas del día, se acrecientan. El prodigioso desarrollo de la opto electrónica, los satélites militares y de localización, son un gigantesco visor para captar los movimientos más ínfimos sobre la tierra. Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación se han convertido en el más potente dispositivo para ganar la batalla de la mente y los corazones.

El maridaje militar-industrial continúa intacto. Las denuncias y recriminaciones oportunas del sociólogo norteamericano Wright Mills, durante los años sesenta del siglo pasado, sirvieron para evidenciar la creciente connivencia de los militares con los grandes emporios empresariales. El francés Armand Mattelart ha constatado en diversas investigaciones que los grandes descubrimientos y usos en materia de comunicación, ocurren en el campo militar y hasta después son transferidos al ámbito civil. Arpanet, el ambicioso proyecto impulsado a finales de los años cuarenta, sin el cual no hubiese sido posible lograr el desarrollo de internet, fue auspiciado por el estamento militar norteamericano.

No hay que olvidar tampoco, que toda invención en materia de comunicación, ha ocurrido bajo el augurio de la liberación del género humano. Sustentada en esta premisa se inauguró el Trasmache, primer cable interoceánico. Con iguales pretensiones de redención nació la imprenta en Alemania hace más de cinco siglos. Desde entonces ha servido indistintamente para editar La Biblia de los católicos cristianos, El Corán de los musulmanes, El Capital de Carlos Marx, la creación imperecedera de William Shakespeare, Mi lucha de Adolfo Hitler, El libro rojo de Mao, El libro verde de Gadafi o el Libro blanco encabezado por Ernesto Sábato, donde se juzga a los militares argentinos por las aberrantes desapariciones de centenares de personas que adversaban a la Junta Militar.

La prueba más fehaciente acerca de las infinitas probabilidades de las nuevas tecnologías de comunicación es Internet. Sus usos son diversos y variados. Internet posibilita cada vez más la expresión del género humano. La creación de comunidades virtuales en todas partes del orbe, además de romper la hegemonía que los periodistas ejercían en el campo de información, contribuye a burlar los controles gubernamentales. La red de redes, una forma de comunicación nacida de las entrañas militares, con la intención de capear los riesgos que supone concentrar en un mismo sitio a los Estados Mayores, permite distintas posibilidades de uso.

La imbricación de las nuevas tecnologías de la información y comunicación, produce un entrelazamiento armonioso entre los tableros de los aviones de combate, los satélites, los ordenadores y la televisión. Algunas almas iluminadas en Estados Unidos han dado rienda suelta a los militares en Irak, a la vez que han frenado a los periodistas en su deseo de informar al mundo de sus tropelías. Dos usos distintos de los mismos artefactos. La actitud asumida por los estrategas militares en Irak, testimonia que los medios de comunicación trascienden la censura de campo. Escapan a los dictados de los militares, no obstante su férrea oposición a que los medios revelen al mundo un comportamiento que ofende la dignidad humana.

Irak demuestra que la libertad de expresión, convertida en jirones por el Pentágono, continúa formando parte del credo militante del periodismo mundial. Todo deseo de imponer el silencio será siempre rebasado. No sólo de pan vive el ser humano, también desea tomarse sus copitas de libertad. Nadie ha perdido más con la guerra de Irak que el propio Estados Unidos. El respeto a los derechos humanos ha quedado maltrecho, igual ha quedado su imagen. Las guerras constituyen uno de los más grandes negocios. No importa las vidas humanas que se pierdan. La máxima de Hobbes de que el hombre es lobo del hombre, sigue siendo una práctica común para los gendarmes del mundo.

Medios y periodistas siguen los acontecimientos bélicos muchas veces con un interés morboso o en consonancia con intereses geoestratégicos confesos. Algunos países figuran en los medios sólo cuando ocurren guerras o grandes catástrofes. En medio de estas grandes turbulencias siempre surgen periodistas que se colocan a favor de la justicia, condenan los atropellos y el sometimiento brutal de los pueblos agredidos, convirtiéndose en conciencia crítica y en propiciadores de la paz y el entendimiento entre las naciones. Ni la condena a muerte decretada por los nazis, impidió a que Julius Fucick escribiera Al pie de la horca. En Nicaragua Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, asesinado alevosamente por la dinastía somocista, irradia su luz a nivel centroamericano y continental. Su lucha casi solitaria de varios lustros, su coraje y persistencia, son resaltados por Gregorio Selser, uno de los más altos exponentes del periodismo latinoamericano.

En la cobertura bélica, Ryszard Kapuscinski, Oriana Fallaci y Jon Lee Anderson, son grandes paradigmas por su repudio a la guerra, por escribir a favor de los pueblos bombardeados y defender el honor de las personas mancilladas por la arrogancia militar, convirtiéndose en arquetipos del periodismo mundial. Nunca pudieron ni han podido callarlos. Sus reportajes certeros y oportunos, desenmascaran los pretextos esgrimidos por los militares para avalar sus veleidades guerreras. Sus nombres flamean en las bibliografías de las escuelas de periodismo, son respetados y admirados en las salas de redacción de periódicos, radioemisoras y estaciones de televisión de diversos continentes.

La computocracia, como caracteriza Norberto Bobbio a los peligros derivados del uso irrestricto de los ordenadores, continúa siendo un grave riesgo, así como una enorme promesa de liberación. Sus señalamientos develan la indeclinable voluntad de los poderes establecidos de espiar los resquicios más insignificantes de la vida humana. La privacidad, sin la cual ningún ser humano puede eludir la esquizofrenia, esa enfermedad generada entre otras causas por el vértigo de la sociedad contemporánea, ha sido recortada, ya no existe. Cada uno de los gestos de las personas, hasta la actividad más banal, son registrados. Nadie está a salvo de sus persecuciones fanáticas.

Los poderes establecidos meten sus narices por todos lados. Una aberración detallada pormenorizadamente por Heidi y Alvin Toffler. El cambio de poder fue la clarinada para enterarnos que políticos, militares, banqueros y negociantes, han triplicados sus esfuerzos por apropiarse de los más mínimos guiños del ser humano. La información que demandan las tarjetas de crédito, la apertura de correos electrónicos y los localizadores colocados en los carros de alquiler, pecan de obscenos. Todo lo quieren saber. Como el Big Brother, rastrean nuestra correspondencia, comunicaciones telefónicas, sitios que frecuentamos, a qué hora y con quién nos acostamos.

Google escudriña sus bases de datos leyendo los correos electrónicos. Los escándalos derivados de la intervención ilegal de los teléfonos a solicitud de los militares en Estados Unidos y en Alemania, apenas constituyen la punta del iceberg. Más irritante aun, las grandes compañías telefónicas fueron exoneradas de responsabilidades. Una especie de carta abierta para que continúen sus desmanes. La razón de Estado continúa imponiéndose pese a que nada incomoda más a los neocons, que la misma existencia del Estado, al cual ya le cantaron una misa de responso y bajo cuyo frondoso árbol se guarecen para incrementar sus ganancias.

Con el mismo interés con que los poderes ocultan hechos y actuaciones que por su propia naturaleza deben ser del conocimiento ciudadano, también indagan todo lo que ocurre en las distintas esferas de la sociedad. Es el panóptico del que habla Michel Foucault, esa torre gigantesca donde se sitúa el carcelero para percibir cada uno de los movimientos de todas las personas sin ser visto. Hay que tener presente que en nombre de la Razón de Estado todo se justifica. Los militares son sus más fervientes propiciadores. Se autoproclaman como los representantes más genuinos de las leyes y valores nacionales.

La avalancha impetuosa de los poderes por achicar los espacios, congelar la libertad de expresión y apoderarse de los datos personales, ha demandado la creación de nuevos muros de contención. La Ley de Acceso a la Información Pública establecida en el ordenamiento jurídico nicaragüense, se ha convertido en un recurso vital, para conocer lo que los funcionarios públicos hacen en nombre de los nicaragüenses. La democracia es el gobierno público en público. Eso no lo entiende ni lo quieren entender los políticos. Ante esa vocación totalitaria de los poderes de inmiscuirse y registrar la vida cotidiana de las personas, ha nacido el Recurso de Habeas Data. Un instrumento jurídico tan importante como fue en su momento el Recurso de Habeas Corpus.

Mientras existan personas preocupadas por defender y ensanchar los espacios de libertad, las pretensiones por acaparar los medios, silenciarlos o cooptarlos, se vuelve estéril. Los medios de comunicación tienen una vocación libertaria. Ni los políticos, ni los empresarios, ni los militares, han podido doblar la cerviz de los periodistas. A la sociedad en su conjunto corresponde proteger y ampliar este derecho. ¡Toda concesión en el campo de los medios de comunicación se traduce en una pérdida irreversible de las demás libertades! Con justa razón, en uno de sus últimos artículos sobre la libertad de expresión, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, asegura “que sin libertad de prensa, esta disminuido incluso el derecho a la vida”. ¡Todos debemos darnos por enterados!