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La cultura ha sido uno de los campos donde históricamente se han reflejado las relaciones sociales de producción en el mundo, y por tanto no ha estado ajena al proceso de globalización que el comercio internacional impulsara y estableciera en las últimas décadas, a gusto o disgusto de muchos. Consideraciones de este tipo deben formar parte de las políticas y estrategias culturales, teniendo claro que toda política internacional debe ser un reflejo de los mejores resultados de las internas.

Es claro que la globalización es un fenómeno resultante de muchos factores que facilitaron el intercambio a escala mundial, cuyo origen se puede ubicar desde la revolución industrial (segunda mitad del siglo XIX) en cuanto se sentaron las bases de diferentes roles para los países. En este caso, los centrales como productores y pioneros de la industria cultural, y los periféricos como consumidores, con roles de dependencia económica y asimilación de patrones culturales foráneos sin mayores cuestionamientos (transculturación).

Muchos han sido los esfuerzos en esos períodos de nuestra historia por superar la intromisión extranjera y la dependencia. Guerras, golpes de estado, progresos temporales, regreso a disputas políticas, etc. Una historia de altos y bajos con conflictos internos que no nos han permitido como país tomar una posición unitaria, siguiendo pendientes de completar nuestro estado nacional.

Por ello, al igual que el resto de los países periféricos, a fines del siglo pasado, con la recomposición después del fin de la guerra fría, en los noventa, Nicaragua recibe los inevitables efectos de la industrialización de la cultura que para entonces es parte de la globalización: globalización del Internet, el cine, la moda, la literatura, las artes, la ciencia, la tecnología, y abundante información de buena y mala calidad.

No obstante, como han dicho diferentes analistas, en nuestro país hay productos de alta calidad para la exportación, estos son los productos culturales, los cuales en realidad se han venido preservando y cultivando en forma más o menos colectiva apenas recientemente desde los ochenta, con la promoción que se hiciera de nuestra música, danza, arte plástico, literatura, y cine, entre otros.

Lamentablemente, por diferencias político-ideológicas persistentes en nuestro país, muchas de estas expresiones han continuado de forma independiente, dígase escuelas de música y danza, centros de escritores, asociaciones de artistas plásticos o artesanos, festival de poesía, agrupaciones de productores de cine y televisión, entre otros. También hay esfuerzos oficiales por rescatar las culturas locales por medio de ferias, asistencia técnica y organizaciones.

Los premios internacionales a obras musicales, de cine, televisión y literatura que han merecido algunos de nuestros artistas son una muestra del potencial que por mucho todavía está pendiente de explotar con apoyo de políticas culturales. De igual forma podemos hablar de las micro, pequeñas y medianas industrias, las cuales defienden nuestras raíces de la industria global de la cultura, en las cuales se debe invertir y promover su riqueza y diversidad creativa individual y colectiva, utilizando incluso el mismo marco de la globalización cultural, como las normas de origen, normas de calidad, derechos de autor, comercio electrónico, entre otros.

Pero hay todavía escollos importantes que superar para mostrarnos como nación cultural. Jean Pierre Warnier en su libro “La mundialización de la cultura” plantea que: “Las políticas culturales de la era moderna superaron el conflicto generado por la Revolución Francesa acerca del concepto de patrimonio, pasando de la decapitación de monumentos históricos a fortalecer la identidad propia de los pueblos y a la noción moderna de patrimonio”. Esta evolución no se ha asentado todavía en Nicaragua, donde los gobiernos de las últimas décadas, por la sencilla razón de suscribir ideologías diferentes, se disputan el patrimonio de nombres y monumentos, lo cual no contribuye a la identidad cultural nacional.

El autor mencionado también plantea que “la educación no presenta motivos de conflictos económicos ni políticos mayores, puesto que tiende a preparar para conocer y producir la ciencia moderna”. En realidad es más conocer en los países periféricos y más producir en los centrales. La educación es una vía fundamental para cambiar las relaciones sociales de producción a escala local y mundial; pero faltan estrategias que asuman la educación como una inversión para el desarrollo integral. Ojalá el plan decenal de educación logré incorporar esta visión y cuente con el correspondiente apoyo multisectorial para su ejecución.

Respecto a las políticas culturales, si bien el rol de la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) ha sido notable por la preservación del patrimonio cultural y su acción a favor de liberalizar el acceso a la información; sin embargo, en el nuevo escenario de un mercado globalizado donde los productos culturales son objeto de regulación por la Organización Mundial del Comercio (OMC), el rol de la Unesco parece debilitarse.

La construcción y defensa de la cultura nicaragüense en un sentido amplio (arte, ciencia, industria con sello nacional, educación, libertad de expresión, comercio de productos culturales, valores de nuestras diversidades territoriales, etc.) ha estado en juego a lo largo del proceso de globalización de la cultura, por lo cual es necesario coordinar intersectorialmente, sin distingos de credos políticos o ideológicos, políticas y estrategias nacionales e internacionales para su preservación y desarrollo.