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Con sobrada y tardía razón, el VI Festival Internacional de Poesía de Granada (15-20 febrero 2010) ha sido dedicado a Azarías Henry Pallais (1884 – 1954), el poeta místico. Su obra poética y su prosa son para los hispanohablantes, continuidad y ruptura, innovación y conservación, originalidad y expansión.

La imagen del hombre alto, espigado y calvo, con la espalda un poco arqueada, vestido de sotana negra y sombrero arrugado a quien en ocasiones dedicaban una oración o recordaban a partir de algún pasaje cotidiano, fue en mi niñez una visión frecuente y próxima. Mi padre, quien trabajó en la Aduana de Corinto desde fines de la década del cuarenta, compartió durante algunos años, por la conocida generosidad del Párroco de la iglesia de Santo Tomas, la misma pieza del padre; por su cercanía y profesión de músico tocando el violín, acompañó desde su juventud muchas misas, anécdotas y tertulias al carismático sacerdote, quien fue un confeso entusiasta y amante de la música y la literatura clásica y de la cultura popular. Recordando a Alejandro Vega Matus, el poeta escribió que los músicos estaban en el penúltimo peldaño subiendo de la tierra al cielo, en el último escalón ubicaba a los santos (1939). Cultivó en vida y siguió desarrollando después de su muerte: gratitud, admiración, respeto y veneración. Fue quien casó a mi padre con mi madre (1950) y fue padrino de bautizo de mi hermano mayor (1951). En la modesta casa de Mercedes Oviedo (abuela materna) y donde residía la familia en Chinandega, aquel curita de pueblo de andar quijotesco de andariegos pies franciscanos, vestir raído y empolvados zapatos negros de baqueta ordinaria, asiduo visitante de las casas de los pobres, tomaba en ocasiones una siesta en un sencillo pero limpio catre, se le remendaba o lavaba su desgastada sotana y comía lo que decía era el fruto de la cocina exquisita de la Maruquita, como le decía a María Rosa Lara. Durante muchas ocasiones, sobre una mesita de madera, alta y redonda, escribía en hojas sueltas sus sermones, esbozaba sus poemas o simplemente se apoyaba para comer o leer.

Para conocer al padre desde su actuar cotidiano, humano y cristiano, comparto tres anécdotas contadas por Publio Bautista Díaz (1927 – 2009):
1) La misa de mañana. A pesar de su ferviente fe y su benevolencia, tenía un defecto o una fragilidad: era miedoso a la oscuridad y a las cosas de esa índole. El joven Publio, vivía con el sacerdote Pallais; él le pedía que le acompañara cada vez que iba de noche al servicio higiénico por su “fobia a las oscuridades”, en eso se podría decir que se asemejaba a Rubén Darío.

No acostumbraba usar reloj porque tenía una filosofía: “no quiero ser esclavo del tiempo.” Además, si tuviera alguno (comprado o regalado) seguramente lo regalaría a cualquiera que considerara lo necesitaba más que él o lo vendería para comprar comida y darla a los hambrientos. Padecía, sin embargo, de una excesiva puntualidad basada en su propia intuición.

En una ocasión le solicitaron celebrar una misa a las seis de la mañana en la iglesia de El Realejo. Como siempre se fue muy temprano, de tal forma que llegó al pueblo como a las 3:45 de la madrugada, por lo que se dispuso a darse una dormidita en una banca de la orilla de un puente que cruzaba el estero. El sacerdote se durmió doblando su cuello y declinando su cabeza. En la mermada claridad de la madrugada sólo se lograba distinguir una sotana en un cuerpo sin cabeza. A las 5 de la mañana acostumbraban llegar un grupo de mujeres para lavar su ropa. Cantando aquellas baladas de antaño, una de ellas observó con curiosidad al lado del puente y vio con asombro un bulto oscuro que supuso era “un padre sin cabeza” acostado en la banca. Gritó: “¡El padre sin cabeza! y las otras miraron y confirmaron asustadas gritando lo mismo. El sacerdote, quien dormía incómodo, pero dormía, fue despertado súbitamente por el tropel y el griterío de las escandalizadas mujeres; al recuperar la conciencia, escuchó: “¡el padre sin cabeza!” Inmediatamente se puso de pie, tomó su bolso y corrió sorprendido huyendo del lugar. Corrió tras las mujeres buscando refugio; ellas, sin distinguirlo aún, continuaron corrieron desesperadas, pues el “padre sin cabeza” las perseguía… El asunto fue aclarado poco después. El sacerdote celebró su misa aunque un poco más cansado que de costumbre.

El sacerdote tenía una cualidad por lo que no era querido por algunos colegas y jerarcas de la arquidiócesis: no cobraba por las misas, sobre todo a las personas humildes, tal vez recibía algo voluntario solamente para darlo a los músicos que le acompañaban en las ceremonias. Vivía de la caridad de otros y confiaba en la providencia divina.

2) Una virtud. Decía el poeta: “política es el arte de engañar al pueblo”. Siempre veía con reserva a los políticos locales y nacionales que se dedicaban al deteriorado oficio.

Hace mucho tiempo existía en Chinandega un personaje que estaba a tiempo completo en la política de oposición al gobierno, y como no desempeñaba puesto alguno, ni tenía mayores recursos, la pasaba pobremente, algunos días en la cárcel y mucho tiempo en el exilio.

Mientras tanto mantenía amores con una heroica mujer, comprensiva y resignada de sus particulares relaciones, prudentemente guardaba la distancia para no interferir en la vida política de su amado. Ella le metía el hombro, preparándole sus alimentos, alistándoles sus vestidos y trabajando en otras faenas. Pero tras la vida de vacas flacas, vino el repunte, cayó el gobierno y subió el partido del político opositor, este retornó a la patria y llegó a ocupar un importante cargo. Más para algunas personas nunca llegan las vacas gordas, al poco tiempo la fiel mujer murió. Su amante la atendió en su enfermedad y se mostró adolorido en sus funerales; y como estaba arriba mandando, muchos correligionarios lo acompañaron. El político presidió el cortejo fúnebre inmediatamente después del féretro, lo cual se presentó para que no pocos de los asistentes, no obstante su aparente actitud, hicieran comentarios cáuticos y maliciosos. Uno de ellos se acercó a Azarías Pallais, quien estaba presente entre los acompañantes del entierro:
-¡Habrase visto Padre!, el colmo de la desvergüenza: un político importante presidiendo el duelo de su querida-
-Ay, hijo-le contestó el sacerdote- a veces hay errores que persistir en ellos es una virtud.

3) Cuando se ganó la lotería. Pallais no era jugador de lotería, no le gustaba, pero los vendedores le insistían tanto que les terminaban dejando el billete en una mesa de la casa cural, lo cual Pallais les pagaba, al fin y al cabo decía, para ayudarles.

A comienzos de los años 50 resultó favorecido con el premio mayor con una buena cantidad de dinero. Fue motivo de noticia para toda Nicaragua y notición para Occidente. Al siguiente día, después de haber leído la buena nueva en el periódico, un amigo de Managua le envió un telegrama urgente diciendo: “Padre Pallais, guarde ese dinero para que le respalde en su vejez”. El telegrama le llegó por la tarde. Al siguiente día el sacerdote le contestó, mediante otro telegrama así: “Gracias amigo por el consejo, pero me llegó tarde”. El altruista hombre ya había distribuido su recién adquirida “fortuna” entre los necesitados de El Realejo y Corinto, hasta promovió posteriormente un caserío popular…

Cuatro años después el ilustre poeta, erudito, religioso comprometido y sobretodo muy humano y amigo de los pobres, falleció.



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